Se ruega no traducir
Por Daniel Samper Pizano
Los párrafos siguientes pueden contener términos que molesten o escandalicen a lectores sensibles, por lo cual sugiero a personas propensas a irritarse con las palabras de color subido que abandonen de inmediato esta página y pasen a las secciones informativas de cualquier diario, donde encontrarán guerras, asaltos, asesinatos, violaciones, corrupción oficial, pobreza y otros temas que no las indignarán.
Allá, sin embargo, podrían tropezar con la noticia de que Ruanda tiene nuevo presidente. En septiembre, cuando lo eligieron, lo oí mentar varias veces por radio y televisión. Los locutores siempre vacilaron al pronunciarlo, y hasta variaron el acento para hacerlo menos ofensivo a oídos hispánicos. Y es porque este señor se llama Paul Kagame: «Kagame gana»... «Se posesiona Kagame»... «La difícil misión de Kagame». Ni volviendo esdrújula la palabra (Kágame) mejoraba la cosa.
En octubre murió en Texas un reducidor de arte que vendía piezas robadas durante la Segunda Guerra. Su nombre: Jack Meador. Como lo oyen. Quizás en alemán o en inglés mejora el asunto. Pero, leído en español, habla de una detestable incontinencia. Kagame en septiembre y Meador en octubre me hicieron ver las trampas ocultas que acechan a los apellidos en otras lenguas. Nunca sabremos si nuestro casto nombre es una atroz grosería en un idioma extranjero.
Verbigracia, la familia anglosajona Kagan está compuesta, entre otros, por un columnista (Robert), dos libretistas de televisión homónimas (Janet), un ingeniero (Jeff) y una artista textil (Sasha). Todos ellos muy renombrados. Todos ellos de prestigio. Todos ellos Kagan. Uno de los mayores escritores sicilianos del siglo XIX fue Giovanni Verga (1822-1840), autor del libreto de «Caballería rusticana» y orgullo de las letras italianas. (Su versión francesa podría ser el político francés Guy Penne). Parientes de Giovanni deben de ser otros Vergas regados por el mundo: Lisa, modelo; Angelo, poeta; Adela, pintora; Alberto, médico; Anthony, diputado de Boston. Es injusto que ellos no puedan presentarse en un país hispánico sin que alguien estalle en carcajadas o muera de asfixia al reprimir la risa. A menos que le valga poco.
En el costado exactamente opuesto hallamos a la poderosa National Association of Local Goverment Auditors de Estados Unidos, que se identifica con la sigla NALGA. Y lo hace con profusión y entusiasmo susceptibles de abochornar a sus afiliados latinos.
Para no alejarnos del tema, ojo a la marca escogida por los magos canadienses del diseño de páginas web: Kulo. Hay otros kulos: la financiera Iska Kulo (no me imagino cómo castigará a sus clientes morosos), un ejecutivo norteamericano (David) y un artista nórdico: Ikka Kulo. Igual palabra figura en el título de una canción folclórica israelí (Todo el mundo). Si mis nociones de hebreo no andan mal, kulo quiere decir mundo. Resulta tristemente lógico.
Los Condones son otra rancia estirpe anglosajona inmortalizada en el documento oficial de Estados Unidos sobre platillos voladores: el Informe Condon. De allí se deduce que la posición del gobierno sobre anticonceptivos ha de llamarse Informe Ovni. En muchos campos sobresalen los miembros de la ilustre familia: Anne (profesora), Eddie (músico de jazz), Robert (guitarrista), Bill (director de cine) y Mark, líder cristiano. Sospecho que este no será católico sino protestante, porque el Vaticano prohíbe los Condones.
En concordancia con este apellido está el del fotógrafo inglés Frances Cuka, que lo comparten, entre otros, el sociólogo Dana Cuka, el futbolista Eric Cuka y el artista croata Milijovi Cuka.
Un poco más arriba es posible encontrar a la calígrafa Joyce Teta, a la eficaz voleibolista gringa Susan Teta y a una firma polaca que, ignorante del español, escogió este como su nombre comercial. No está demasiado lejos del que adoptó un banco holandés: RaboBank. Es el mismo de un profesor de teología sueco: Gabriel Rabo.
Un apellido que huele mal en español es el de la artista japonesa Ichikawa Chucha, fenómeno que también ocurre con cierto personaje de la literatura sueca, Pippi Longstrump.
Los usuarios de estos nombres quizás desconocen lo mal que traducen al castellano. Pero mi obsesión es: ¿qué significarán los nuestros en otras lenguas? ¿Será mala palabra García en farsi? ¿Despertará sonrojos Vargas en bagobo? ¿Qué tal si Hernández es término ginecológico en romaní? ¿Sonarán feo Lemus en chino, Pataquiva en zulú, Uribe en ucranio?
En cuanto a mis apellidos, albergo temores. El primero significa «sin padre» en francés, y el segundo contiene dos sílabas poco promisorias. Ni el «Piz» ni el «Ano» me permiten guardar mayores ilusiones.
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