El día que bajaron los cerros...
Los años duros
La realidad no contada
1989 -2004
Roberto Giusti
El oficial de la Policía Metropolitana aferró su revolver calibre 38 con ambas manos y, piernas abiertas asentadas firmemente sobre el asfalto de la avenida San Martín, disparó hacia arriba, hacia el cerro, a donde la gente subía cargada de bolsas, cajas y bultos informes.
Una sacudida y un humito se confundían con las nubes densas y blancuzcas de gas lacrimógeno. Otra sacudida, más humito y el brillo de la cacha niquelada en ese campo de guerra desolado y maloliente, de atmósfera irrespirable, donde los ojos lloran y la gente corre.
Entonces el hombre ascendió a una «jaula» repleta de mercancía saqueada que arrancó un estruendo de cauchos y sirenas.
Se liberaron las trabas y el bravo pueblo, o la canalla, según se mire, salió a la calle con una avidez, con un deseo, con un hambre que ni las balas pudieron parar. Y los policías no fueron la excepción.
Más allá guardias nacionales con traje de camuflaje bajaban en tropel de las tanquetas y ocupaban los alrededores. Pero ya no quedaban negocios sin saquear. Todas las santamarías de los comercios ubicados a lo largo de la avenida habían sido rajadas o forzadas y apenas uno que otro rezagado se aventuraba por esos paraísos de caos y escombros donde ya no quedaba casi nada de valor.
Los uniformados, excitados, en cierto modo también liberados de tanto freno, de tantas leyes, de tanta garantía constitucional, llegaron a defender lo que ya no requería defensa y encontraron dos o tres victimas propiciatorias, con tres o cuatro botellas de ron y una paca de harina pan. Salieron, entonces, a relucir las pelmillas, golpes a las cabezas, mientras los arrastraban hacía un autobús convertido en celda. Una mujer corrió detrás de ellos tratando de impedir que se llevaran a su marido.
-Ni pregunten ni respondan, me los meten a los dos -ordenó un oficial- Y a empellones hicieron entrar a la pareja.
Pero no había desaparecido el grupo de militares armados, cuando reaparecieron los saqueadores. Y ya más nadie los detuvo. La gente continuó bajando. Con un gozo, con una desfachatez, con una determinación que en pocas horas la anarquía era ley. El robo, el saqueo, la rapiña se convirtió, por obra de la presión popular, en acciones aceptables, en normas convenidas por la propia policía.
La gente bajaba por el desquite
En la calle de Atrás, en el Rosario, Antemano, un policía «dirige» el saqueo del automercado Central. Sentado en la patrulla, habla por un altoparlante.
- Me hacen el favor, doñitas, con orden. Poco a poco.-
Cientos de mujeres y niños entran y salen a través de una santamaría reventada. Cargan sacos de harina. Bolsas de café, pasta de dientes. El desabastecimiento se terminó. Sale a relucir el fraude de algunos comerciantes.
Eso no es necesidad, doñitas. Eso ya es egoísmo. No agarren todas las latas de sardinas. Cojan de a dos y dejen para los demás- En la madrugada hubo una auténtica batalla. En el tiroteo un efectivo de la PM resultó gravemente herido. Entonces se llegó a un pacto. Los hombres permanecerían arriba. Detrás de unas barricadas. Sólo mujeres y niños podrían hacer el arrase. Pero eso sí, con orden y cultura. Bajo la mirada y dirección de los policías, quienes se doblegaron ante la realidad.
Me hacen el favor los hombres y permanecen detrás de las barricadas. Se les agradece no consumir bebidas alcohólicas, ni disparar contra la policía.
El proceso, devastador y metódico, empezó en Caracas y siguió hacia Antemano. Con tanta saña y eficacia como la que distinguió a quienes sacaron más de 35 mil millones de dólares de este país en los últimos años. O la misma ansia de quienes se beneficiaron con las cartas de créditos por seis mil millones de dólares.
Sólo que aquí el proceso era sudoroso y violento. En medio de la relativa tolerancia de la impunidad parcial con que se realizaba el pillaje, es decir, el de ayer, centenares de personas resultaron muertas y heridas. Y, por supuesto, los favorecidos formaban parte de un colectivo, de una masa desatada y no de una élite privilegiada con objetivos concretos, cuyos componentes parecen haber salido indemnes en su tarea de saquear el país.
En la intercomunal de Antímano la turba invadió los depósitos y fábrica de Pastas Ronco, mientras los propietarios observaban impotentes un robo que parecía serio. Camionetas, camiones, motocicletas salían cargadas hasta los topes y algunos de los conductores disparaban al aire entre carcajadas y gritos.
Después vendría la distribución caótica y rumbosa en el cerro, donde la gente se repartía alimentos y bebidas como botín de guerra.
Si se continuaba a lo largo de la avenida, era posible observar hombres cargando televisores. Ancianas de pinta honorable introduciéndose sigilosamente en una frutería. Niños hurgando entre los restos.
Era la repetición de un fenómeno ya conocido en Brasil y República Dominicana, donde la aplicación de las medidas impuestas por el Fondo Monetario Internacional produjo respuestas populares de saqueos y pillaje. Movimiento anárquico, sin dirección totalmente espontáneo, de ninguna manera preconcebido por organizaciones subversivas, las cuales, sin embargo, surgen o resurgen por la proletarización de las clases medias y el desarraigo total de los marginales. Y Venezuela se parece cada día más a ese retrato.
Campo de guerra
Caracas respiraba aromas pútridos en unas calles cubiertas de basura, escombros y restos de quioscos de periódicos convertidos en chatarra quemada. La Avenida Intercomunal de El Valle se mostraba desolada y el silencio era roto por el chasquido de los FAL y por ráfagas de ametralladoras. Allí no había ningún tipo de flexibilidad. Los soldaditos apuntaban hacia el cerro y disparaban.
Desde el cerro les devolvían lo suyo.
-Soldados coños de madre. Ustedes son del pueblo...-gritaban.- El tableteo de las ametralladoras era la respuesta.
No había manera. Entre el humo y el tiroteo, a metros de una joyería, donde aún sonaba la alarma, una morena de pantalones embarrados, sonrisa desafiante y hueca, blusa pegada, sin sostenes, se recogía el pelo para exhibir plenamente un par de zarcillos que, a la distancia, parecían de oro.
En el Paraíso un camión sin barandas llevaba cuatro Disip con armas largas, pañuelos anudados sobre la cabeza que ni Rambo-custodiando una gran cantidad de cajas de cartón que debían contener artefactos eléctricos.
Debajo del puentes de los Leones dos patrullas de la PM lanzaron bombas lacrimógenas contra un grupo de jóvenes que saqueaba una fábrica de alfombras. Luego los agentes cargaron con la mercancía. Frente a Nuevo Circo la poblada invadió un supermercado. Pero ni los disparos de perdigones lograron moverlos.
Esa ansiedad estampada en el rostro de una vieja que desfallece por el peso de un radio robado, ese impulso oscuro y animal que removió iras congeladas en los pobres, los desarrapados, los esmueletados, ese movimiento desesperado y anárquico que transformó a Caracas en una ciudad de barbarie, es la respuesta a tanta ostentación, a tanto saqueo sofisticado, a tanta corrupción. Y una advertencia: no sólo los pobres y siempre los pobres son los llamados a sobrellevar el peso de los sacrificios. Y no sigo porque me agarra el toque de queda.
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