La Victoria de Samotracia vuela por radar
(Mail anónimo)
Por Iván Loscher
#IndiosincraciaPura
Dilecto amigo Locher... Loser... Losher... en fin, como sea... y cualquier otro querido lector de este mail.
En definitiva, muy queridos amigos míos.
Tengo doce años pagándole rigurosamente a un psiquiatra todas las semanas un dineral.
¿Y todo por qué?
Porque uno viene sin manual operativo.
¡Cómo envidio a las máquinas!
¿Ustedes han visto a una máquina tendida en un sofá de psicoanalista o haciendo terapia de grupo? No, ¿verdad?
El problema con nosotros, los humanos, es que al no venir con un manual de instrucciones, la vida se nos vuelve experimental.
Pero no es ése mi único problema. Al fin y al cabo la vida es, en sí, un experimento.
El problema mío, además del problema de cualquier ser humano de ir por la vida sin un código operativo, es que yo soy muy torpe y по logro <«jallarme», como dice la gente humilde.
Yo le escribo este mail, amigo mío, porque el otro día leí un cuento suyo sobre una cola que le dio a un tipo y el hombre en cuestión, entre maldiciones, se quejaba de que parecía una tienda por departamentos.
Pues bien, yo soy igual, sólo que los departamentos los cambian día a día... como si Saks Fith Avenue cambiara los perfumes para acá y la ropa de damas para allá, y cuanta vaina venden de un sitio a otro a diario, sólo para que vivamos a la altura del azar.
¡No señor, eso no puede ser!
Una tienda por departamentos debe tener los departamentos siempre en el mismo sitio... y un mapita a la entrada para que uno vaya directo al que le interesa... ¡He ahí el quid del asunto!
Ya ve usted señor mío que, al fin y al cabo, una tienda por departamentos tiene (si carece de manual operativo), al menos un mapita que funge de tal para que uno no pierda el tiempo.
Yo en cambio vivo perdiendo el mío, buscando cuanta vaina guarde sobre mí -yesquero, anteojos, plumas- en la infinidad de bolsillos que los modistos en serie han creado para que uno se vuelva loco de bola hurgando sobre sí mismo.
En cambio las máquinas, o los artefactos, como usted quiera Ilamarlos, mi dilecto amigo, vienen con su Manual de instrucciones. Y por si fuera poco, con tareas preasignadas.
O si no métale un DVD a una tostadora a ver qué carajo pasa.
Por cierto que tengo a mis hijos asustados con que el quemador de discos de la computadora echa fuego... así no me tocan mi vaina.
Bueno, esta ausencia de un YO fijo y estático me hace huidizo de mí mismo en los más elementales asuntos del quehacer de la cotidianidad.
Buscar la llave del carro me toma unos tres minutos y medio, y así por el estilo invierto en mí, como tienda por departamentos, un abismal período de tiempo, aunque eso no deja de ser inmensamente enriquecedor, pues en el «jorungarme» los bolsillos en busca de la Ilave, aparecen yesquero, anteojos y cualquier vaina no requerida en el acto, lo cual me ahorraría un montón de tiempo si de una vez las sacara para dejarlas a la mano. Pero como no puedo tener en las manos más que una sola cosa a la vez, las devuelvo a su puesto, para después (y siempre entre palabrotas) comenzar a buscarlas en su debido momento: es decir, cuando les toque el momento de serme útiles.
De estas torpezas reiteradas, de las que otro humano normal sacaría conclusiones, como, por ejemplo, empezar a entenderse a sí mismo, yo concluyo ir cada vez con mayor frecuencia al psiquiatra.
Mi mujer dice que tengo dependencia psiquiátrica.
-¿Tú acaso eres psiquiatra, Catalina?
-Ama de casa y a mucha honra. Me contesta invariablemente.
-entonces no hables pendejadas y sigue cocinando.
Ahora bien, esta envidia que yo tengo por las máquinas no se traduce en amor por ellas. Al contrario, no hay nada que odie yo más que un artefacto.
Soy un analfabeta mecánico y electrónico, y todo lo que se encuentre a medio camino entre ellos. Eléctrico, por ejemplo.
Odio los artefactos en su impertérrita postración indignificante.
Siempre en un mismo lugar, inalterables, con un orgullo nada austero y una supremacía sin ecuanimidad, amén de su eterno silencio al saberse imprescindibles.
Imagino las máquinas con una carcajada perpetua, nada soslayada, en su más íntimo ser, ante nuestros aspavientos y dependencia por ellas.
Estoy convencido de que hay un complot de los aparatos contra la humanidad.
Comenzaron cuando el primer hombre que fabricó una hoja de cuchillo, no pudo vivir sin depender del adminículo.
¡Adminículo! ¡Qué gran nombre le conferimos a los artefactos chiquiticos! Una venganza verbal de los humano. ¿Quién habrá inventado semejante vocablo?
Así que al odiar los artefactos, máquinas, aparatos, y en escala sucesiva descendente, al adminículo, me aparto de los poetas del futurismo, sobre todo de Marinetti, quien dijo: «Una locomotora es más bella que la Victoria de Samotracia».
La frase lo hizo pasar a la historia. ¿Y si yo dijera que esa vocería la dijo Marinetti porque la Victoria no lo podría haber llevado a ningún lado pues vuela por radar (en vista de que es ciega, ya que le falta la cabeza) pasaría yo a la historia...?
Bueno, al menos me sentiría honrado de pasar a los anales del «Romanticismo irónico» del cual más nunca se volvió a escribir.
(Por cierto este mail me llegó escrito a mano... ¡aún no entiendo!).
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