GUAYABERAS
#LasPalabrasPrimas
Por Fernando Iwasaki
Hace un par de años, con ocasión del vi Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Panamá, muchos de los ponentes de España y del Cono Sur hispanoamericano pagamos la novatada de acudir trajeados a las cenas de gala previstas con jefes de estado y otras sofisticadas especies, mientras que los académicos centroamericanos y hasta el mismísimo presidente de Panamá lucían unas finísimas guayaberas de lino.
En las últimas Cumbres Iberoamericanas la guayabera blanca -bordada y de manga larga- ha sido la prenda casi oficial de las sesiones, pues desde S. M. el Rey de España hasta los presidentes anfitriones, pasando por toda la constelación de autoridades locales, llevaban garbosamente aquella prenda sobre la que Antonio Burgos ha escrito tantos y tan deliciosos recuadros. De hecho, antes de comenzar esta columna entré en el buscador de su web personal -www.antonioburgos.com- y al teclear «guayabera» aparecieron quince entradas donde el esmoquin caribeño se encontraba registrado. Ignoro si soy el primero en decirlo, pero el «Red-Cuadro» de Antonio Burgos es una suerte de Google Andaluz donde es posible hallar las referencias más curiosas, eruditas y divertidas sobre arte, habla, folklore, literatura, historia y cultura de Andalucía.
Pero el caso es que estoy en el Viejo San Juan de Puerto Rico y las guayaberas me han venido tan estupendamente para combatir el calor sin faltar al protocolo y la etiqueta local, que decidí que tenía que escribir algo al respecto pensando en esos inevitables compromisos donde los calores sevillanos nos hacen sudar como luchadores de sumo. Sin embargo, entré al Red-Cuadro por si acaso y Antonio Burgos ya había contado con más arte la historia de las guayaberas, su origen andaluz, la utilidad de sus bolsillos y cómo en Cádiz ya las llamaban «cubanas» desde fines del siglo XIX. ¿Qué podría añadir mientras contemplo a lo lejos el cementerio marino de Ballajá, donde reposa don Pedro Salinas?
La voz «guayabera» entró en 1925 en el DRAE como «Chaquetilla corta de tela ligera» y en 1956 los académicos añadieron «Fue importada de Cuba, donde la usan los campesinos». En 1970 la entrada cambió -«Chaquetilla o camisa de hombre, suelta y de tela ligera, cuyas faldas se suelen llevar por encima del pantalón»- y en la última edición quedó finalmente así: «Prenda de vestir de hombre que cubre la parte superior del cuerpo, con mangas cortas o largas, adornada con alforzas verticales, y, a veces, con bordados, y que lleva bolsillos en la pechera y en los faldones». No existe una sola referencia a su prestancia y polivalencia para las grandes ocasiones.
Las guayaberas más finas -Cubavera o Martínez Montiel- lucen unos bordados elegantísimos y han suprimido los bolsillos para evitar que nadie se meta el móvil donde no corresponde. Celebrando los cuatrocientos años de Cervantes en el Viejo San Juan de Puerto Rico, más de una vez imaginé lo fresquito que habría andurreado en guayabera don Miguel, por la feroz canícula sevillana.
࿙࿚֍࿙࿚

Comentarios
Publicar un comentario