Especulaciones sobre los humoristas

Por Iván Loscher 

#IndiosincraciaPura

La diferencia sustancial entre un mortal común y corriente y un humorista, está en que al mortal común y corriente LE OCURREN VAINAS, y a un humorista -si no le ocurren vainas similares- SE LE OCURREN VAINAS.

En estos días el gran Claudio Nazoa nos hablaba en su columna acerca de cómo la gente quiere que el humorista de oficio les haga reír a toda costa.

Si un humorista llega a una reunión, la gente espera que él sea «el alma de la fiesta», o al menos, que se robe el «show».

Situación, me imagino, muy incomoda.

En mi caso, la gente no espera que yo me robe ningún «show», por fortuna.

-¡Ah! ¿Tú eres Iván Loscher?
-Bueno, ¡Sí!
-A ver, háblanos como en la radio...
Anda, dinos algo... HBO, no eso es televisión... algo así.
«Qué buena vaina».
-Bueno, la verdad es que me da pena.
-Mentira, tú no eres Iván.
-Anda, vale, deja la pena, háblanos como locutor.

«Y seguimos con la jodienda». «Qué embarazosa la vaina».

-Es que me da pena. 
-Pero, tú no tienes voz de locutor.
-Es que por la otra voz, cobro, campeón.
-¡Mercenario!
-¡Pichirre!
-¡Farsante!
-Si es Iván, pero se cree una gran vaina, tal vez es que piensa que no merecemos que nos diga algo.
La situación se hizo insoportable y opté por irme.

En otros casos la cosa se torna espesa por piquete a la inversa.

-Pana, yo no sabía que tú escribías... He leído tus cuentos y me asombra que escribas.
-Bueno, sí el curso de la Misión Robinson me fue provechoso.
-¿En serio?
-¡Ah! ¡Pues!
-O sea, ¿que la vaina funciona?
-¿Cuál vaina?
-La Misión Robinson.
-¡Ah! ¡Sí!
-Pero, tú ¿ya sabías leer?
-Sí, pero no escribir.
-Qué vaina tan rara.
-¿Qué?
-Saber leer, pero no escribir.
-Semianalfabeta. Toda una novedad. Es como el bateador designado. Batea, pero no «fildea».
-¡Qué arrecho!, ¿verdad?
-Tú lo has dicho. - Le di la razón.
-O sea, que si yo quiero escribir en el periódico...

Se quedó pensando un segundo, que aproveché para redondearle la idea:

-...Métete en la Misión Robinson...
-Pero, yo ya sé escribir.
-Entonces, no te metas, campeón.
Así las cosas, como dice César Miguel Rondón.

Lo que al humorista no le ocurre, se le ocurre. Al fin y al cabo, es un creativo, para usar una palabra tan de moda como manida.

Hagamos un ejercicio:

Recuerdo el día que me separé como si fuera ayer mismo, de hecho fue ayer mismo... Domingo, siempre un domingo.

-Creo que esta relación se ha vuelto insostenible. -Le dije como para romper el silencio.
-No seas eufemista ¿tú lo que quieres decir es que la cosa se jodió?
-Bueno, no tanto así,
-No tanto, ¿cómo? ... Entonces ¿se medio jodió?
-Quiero decir que no nos llevamos bien.
-No nos llevamos bien, no... No nos llevamos y punto.
-No nos avenimos, pues. -Sentencié.
-No nos avenimos... ¡Eufemista...! Dilo bien claro: ¡Esta vaina es un infierno!
-Por el bien de los dos es mejor separarnos.
-Por el bien de los dos, no. Por el bien tuyo. Ya estás harto.
-Mira, Yaremis....
-Yo no me llamo Yaremis, pendejo. Tú siempre influido por lo que lees en la prensa o vez en la televisión. Yaremis es la del cuento de la semana pasada, la de tu amigo el pendejo que escribe en El Mundo.
-Perdón, Yamire... es que me pongo nervioso cuando discutimos.
-¿Y no será que tienes otra que se llama Yaremis?
«Ya con una Y me basta». «No me voy a joder con dos Y a la vez». Pensé.

«Yamire, ¡qué nombre!». «Ya -miré por todos lados la posibilidad de seguir juntos y es imposible».

Para abreviar el cuento y el dolor, les diré que reuní unas cuantas de mis ya poquitas cosas, me despedí con un portazo, y al llegar abajo del apartamentico que nos regaló su papá y el cual compartimos durante año y medio, me di cuenta que ni carro tengo, además de no saber adónde ir.

Intercomunicador.

Una vez di una serenata por intercomunicador. Cuando era serenatero de El Rosal.

-¿Quéee Quéee? Preguntaba a cada rato la novia del tipo que me contrató, y ahí me veía yo repitiendo mil veces la misma vaina:
-...Pero, sigo siendo el Reyyyyyyyy...
-Y ahora ¿qué coño se te olvidó? -Me preguntó Yamire con su siempre proverbial simpatía.
-No tengo carro... ¿Tú me puedes llevar a un hotel?
-¡Chulo de mierda! -Y trancó, por no decir que tiró el teléfono.

Ahora bien. ¿Será que me ocurrió esto? O es que acaso ¿Se me ocurrió esta mamarrachada?

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