EL RÚSTICO Y SU MUJER
Otra adúltera ingeniosa que se salva
Como un rústico vio a su mujer que caminaba hacia el bosque junto con su amante, se fue hacia allí encendido de ira terriblemente. Y como huyera el adúltero y se escapara por los vericuetos de los montes, el rústico comenzó a increpar duramente a su mujer. Y ella, como admirándose, le preguntó la causa de tantos reproches. Y al responder el marido que había visto que un adúltero iba con ella, exclamó la mujer a grandes voces: «¡Desgraciada de mí, miserable! Ahora sé de muy cierto que moriré en tres días, porque lo mismo a mi madre que a mi abuela les sucedió que poco antes de morir las acompañaba un joven aunque ellas lo ignoraban completamente. No me atrevo a continuar más tiempo en el estado secular. Te pido por ello que todos nuestros bienes los repartamos por igual entre los dos, porque quiero entrar enseguida en religión con todo lo que me pertenece».
Oyendo lo cual el avaro rústico le dijo: «No quieras, amiga mía, no quieras hacer esto. Te digo de muy cierto que no vi contigo a ningún hombre». «No me atrevo», dijo la mujer, «a quedarme; debo pensar en la salud de mi alma. Temo además que siempre vas a reprocharme ese crimen inventado.» «Jamás», dijo el rústico, «voy a decirte ningún improperio; además, no vi en ti ninguna cosa mala, las palabras que pronuncié las inventé por broma.» «Pues júrame», dijo la mujer, «delante de tus padres que no viste a nadie y que nunca me seguirás a donde yo vaya ni me dirás ninguna cosa impropia.» «Con gusto», dijo el rústico, «haré lo que pides.» Entonces fueron a cierto monasterio y en él, tocando las sagradas reliquias, cumplió todo lo que había prometido.
Se dice que la mujer tiene todas las artes del diablo y además un arte: engaña sobre lo visto y sobre lo no visto.
L 26: Rómulo Anglico, Derivado parcial 9.

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