Desazones de un escribano

Por José Zuleta

Tiene 17 y está viviendo en N.Y. Aunque hablamos con frecuencia, la siento cada vez más distante; distante de lo que soy y del amor que le tengo. Ello ha llegado a lastimar ese amor, a quitarle su incandescencia. Me sorprende que a veces ni piense en ella. Es el corazón protegiéndose, me digo. Y luego sobrevienen unas ráfagas de tristeza mezcladas con amor y desesperanza. Es tan distinta, sus gustos son tan contrarios a los míos, como si la música que escucha y lo que admira fuera una negación de lo que soy. Cada vez me es más difícil hablar con ella, eso que era natural y fluido se convirtió en algo lleno de tropiezos, intermitencias y torpezas. Cuando estuvo acá le regalé mi último libro y lo dejó olvidado, ni siquiera se ha dado cuenta de que lo dejó. Entonces me consuelo y me digo: es solo una muchacha y es otra persona, y sí, es mi hija, pero es ella. Y veo la crueldad de mi consuelo y esa crueldad se hace reproche y busco mis yerros, hurgo entre la poca claridad que me queda sobre cómo llevar lo que soy, lo que queda de mí. A pesar de todo, sé que mi hija es mi hija, que en sus pies va mi camino, y que sus manos, sus manos sujetan mi mundo. Recuerdo estas adivinanzas que escribimos juntos:

Muchos son pocos:
(Los besos )
Cuando las descubres hieren:
(Las mentiras )
Un lugar donde eres dos:
(El espejo )
Cuando el cuerpo reposa, tú te escapas:
(El sueño)
Cuando es ya no es:
(El pescado)

Imágenes que ella suscita

De las pugnas regresas a esta suerte de campo, a esta intemperie. Duermo a tu lado y llega la música, el arrullo lejano de los trenes. Gratuito como el sol, fue el fuego de aquel sábado, aquel huracán que destechó nuestras cabezas. Luego el silencio del hielo allá afuera. Sobre el zigzag de una trenza llegué a la página, la escritura entonces vino a ser una suerte de trazo, de jardinería, recobrando aquello que cocinamos a fuego intermitente: lo vivido. Pon tu parte aquí en la marmita y espérame.

En la noche oigo golpear a mi puerta, aguardo tu risa curva, clara que lo enrumba todo. Si supiera bailar callaría, iría hasta tu mesa y te ofrecería mi mano, entonces seguirías mis pasos a la pista y solo los cuerpos hablarían, si supiera bailar. Quiero ir al campo a besar las frutas, a escuchar la luz asir el agua.

Hola, ojos de la luz y de la risa del agua, de la verdad de los sueños, de los pasos hendidos en el cielo cruzado por los pájaros. Hola. Sé que vivo una alegría calma y continua, una plácida fuerza centrada en tu ser. Amor grande que mis manos expresan como pueden.

¡Qué viaje!, ¡qué ciudad deliciosa Barcelona!, qué azafatas las de Air France, que todo sea un tiempo nuevo, una amorosa atadura. Deseo correr por las calles del mundo. Verte dormir, decirte oliendo tu cuello que soy, que estás en este mundo.

Alégrate de haber reído, del sabor que habitó en tu gusto, de las palabras candentes, de la siesta dormida en la lluvia, de la mano que te soltó una noche y que ahora te toma, de la canción que cantamos un día camino de Sevilla, de la tarde en que caminamos por el río y vimos al pescador en el torrente y el pez volando hacia la piedra. Alégrate de la ciruela que fuiste en la rama de mis dientes, de la risa repetida en tu risa.

Cuando llegue deseo oír la música de tus pies descalzos rondando por la casa. Buscar tu oscuridad, danzar en ella, llegar a la luz de tu presencia, mirar sobre el aire el vuelo de los días, la ruda distancia, lo perdido olvidado; ensartar estas cuentas en el collar de la risa y entrar en tu alegría.

Una visión, una tarde

Era octubre, llegamos a la plaza del antiguo pueblo Lerici sobre el Mediterráneo en la provincia della Espezia.

En el aire apareció una bandada de pájaros, se movía como un cardumen, era un globo danzando, cambiaba de forma mientras avanzaba. Cuando se acercó escuchamos el trino-griterío tumultuoso y sereno. Volaron sobre la plaza, y como obedeciendo una orden, se precipitaron sobre un gran árbol. El árbol pareció devorarlos, miramos su redonda silueta y no pudimos ver ni uno de los pájaros. Sentí que se movían en el vientre, en el interior de aquel follaje, mientras declinaba la luz se fueron extinguiendo sus trinos hasta que la oscuridad silenció por completo aquella nube dormida de aves migratorias. 

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