De madrugada

por Héctor Torres




Si una palabra define a Caracas debería ser “sorpresa”. En Caracas nada está donde se le busca ni las cosas suelen ser lo que parecen. Y esto pasa, en buena medida, porque nuestros miedos y prejuicios nos tuercen con frecuencia el sentido de la realidad. Es decir, que como el miedo nos tiene ciegos, cometemos el error de confiar la percepción de la realidad a nuestros prejuicios. Y como se trata de prejuicios que hemos estado cocinando a fuego lento desde hace tiempo…
*

Pasó hace varios años. Era la Caracas en la que volver a casa al amanecer era irresponsable, pero no necesariamente suicida. No todavía. Serían las cuatro de la mañana. Esperaba “algo” que me llevara del elevado de la Andrés Bello a la avenida Sucre. Los pocos que, a esa hora, esperábamos ese algo, nos mirábamos unos a otros de cuando en cuando, con cautelosa desconfianza.

Por eso me inquietó ese tipo que, sin darme cuenta, se paró justo a mi lado. A tiro de conversación. Y, en efecto, eso comenzó a hacer. Me preguntó si todavía no pasaban autobuses. Que no. Que cuanto tiempo tenía en la parada. Que unos veinte minutos, más o menos. Que por qué no nos íbamos caminando hasta el otro lado del elevado, donde sería más fácil agarrar transporte. Que no, pana, gracias.

El tipo era delgado, bajo, negro, de unos cuarenta y tantos, e iba de camisa y pantalón de vestir. Sonreía mostrando todos los dientes. No tenía una estampa que inquietara. Lo que inquietaba era la situación. Interpretó mi negativa a caminar hasta el otro extremo del elevado como una decisión colectiva, por lo que permaneció a mi lado.

De pronto, uno de esos pocos carros que pasaban, se detuvo unos metros delante de nosotros, y de su interior salió, un grito primero, y una cara después. ¡Qué suerte!, me dijo el tipo, esos son amigos míos.

El carro retrocede y se ubica frente a nosotros. Conversan brevemente y el tipo abre la puerta y me invita a subir. Echo una mirada de reojo dentro del carro y veo lo que, por su aspecto, parece ser una banda de músicos negros viniendo de un “tigre”, instalados dos en el asiento de adelante y otro en el de atrás. Rechazo la invitación con cualquier excusa, pero él insiste. Una voz dentro del carro me dice que esa esquina es muy peligrosa y que me pueden dejar debajo del puente de Fuerzas Armadas. Insisto en mi negativa, pero repiten: “¡Móntate, vale!”.

Subo al carro contra mi voluntad y “mi acompañante” lo hace detrás de mí, dejándome en el centro. Esperé resignado que el carro cruzara hacia San Bernardino para concluir que estaba perdido.

Pero no lo hizo.

Seguimos rodando y descubrí, por sus conversaciones, que lo que yo había visto pero me había negado a aceptar era, en efecto, lo que era: una banda de músicos que venían de una dura jornada de matar tigres toda la noche en quién sabe qué centro nocturno. Eran cuatro (con mi acompañante) hombres que hablaban en jerga de las vicisitudes y chistes del oficio.

Al llegar debajo del puente de Fuerzas Armadas, me dijeron que ahí era más seguro esperar transporte porque, en efecto, esa parada estaba menos sola y más iluminada. Mi “acompañante” abre la puerta y sale para dejarme salir. Le doy la mano al que estaba a mi otro lado (que ahora veía con claridad lo que era: un artista que se gana la vida sobreviviendo a duras penas con su oficio), y me la retiene con cierta fuerza, para decirme: “Tú tenías amenos de montarte en el carro, ¿verdad?”.

¿Cómo reconocer, por sensato que fuese, que desconfié de tan amables personas que no quisieron dejar a un desconocido en medio de una calle solitaria? Sonreí e intenté negarlo, pero él, con una sonrisa condescendiente aunque ofendida, insistió: “Tú tenías amenos de montarte”, y me soltó la mano.

En Caracas, definitivamente, nada es lo que parece.

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