¡ALÓ, PRESIDENTE!
CUANDO UN PAÍS SE CONVIRTIÓ EN EL PROGRAMA DE UN PAYASO
Por .@CubaOrtografia
Hugo Chávez logró algo que parecía imposible; convertir la presidencia de una república en un programa de variedades, la administración pública en un circo y los domingos de millones de venezolanos en un interminable castigo audiovisual.
Lo llamó ¡Aló, Presidente!, aunque perfectamente pudo titularlo Yo, mi ego y los demás que se jodan.
Aquello era una mezcla de sermón religioso, reunión de Partido Comunista, concurso de aficionados y espectáculo de un megalómano con micrófono. Chávez cantaba, declamaba, contaba anécdotas, insultaba a sus adversarios, daba lecciones de economía sin saber producir riqueza y explicaba cómo salvar al mundo mientras Venezuela dependía cada vez más de los ingresos petroleros. Todo con esa admirable seguridad que caracteriza a los ignorantes convencidos de que la historia comenzó el día en que ellos nacieron.
El coma-andante podía pasarse seis horas hablando de Bolívar, del imperialismo, de una vaca, de su infancia en Sabaneta o de cualquier disparate que se le atravesara por la cabeza. Y allí estaban sus ministros, obedientes y sonrientes, aplaudiendo las ocurrencias del jefe como si cada estupidez fuera una revelación divina. Porque en aquel circo había una regla sagrada: el único autorizado a pensar, hablar, interrumpir, bromear y tener razón era Chávez. Los demás estaban para asentir, reírse y procurar que no los despidieran delante de las cámaras.
El momento culminante llegaba cuando el caudillo decidía jugar al empresario con propiedades ajenas. Señalaba un negocio, soltaba su célebre «¡Exprópiese!» y los aduladores celebraban la ocurrencia como si acabaran de descubrir la penicilina. ¡Qué maravilla de modelo económico! Para producir riqueza hacían falta inversión, conocimientos y trabajo; para repartir lo que otros habían construido bastaban un dedo, una cámara y un imbécil convencido de ser el libertador de América.
Lo extraordinario es que aquel espectáculo no lo pagaba una productora privada ni un canal de entretenimiento. Lo financiaba el Estado. Entre 1999 y 2012, se emitieron 378 programas que acumularon, según cifras oficiales difundidas posteriormente, más de 1656 horas de Chávez hablando. Casi 69 días ininterrumpidos de protagonismo presidencial. Una auténtica hazaña; pocas veces un hombre había dedicado tanto tiempo a escuchar su propia voz mientras pretendía estar resolviendo los problemas de los demás.
¡Aló, Presidente! fue la expresión perfecta del populismo chavista: sustituir instituciones por ocurrencias, rendición de cuentas por propaganda y políticas públicas por discursos interminables. No había que demostrar resultados; bastaba con anunciar otra misión, prometer otra revolución y encontrar otro enemigo al que responsabilizar del desastre.
El programa se llamaba ¡Aló, Presidente!, pero la verdadera pregunta que Venezuela necesitaba hacerle era otra: «¡Aló, coño!, ¿y cuándo vas a ponerte a trabajar?».

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