La verdad, su reflejo
Por Ida Vitale
Piedra de fuego, el verano se engasta en el jardín, que pierde clorofila como sangre un herido. No hay más defensa que anegar la galería de grandes baldosas para que la evaporación cree una quimera de frescura. Cuando se levanta por azar alguna brisa hace latir el charco artificioso. También el reflejo de las hiedras que cuelgan en un muro cercano y hasta un espacio de cielo en el que alguna nube quieta, perdida, parece moverse hacia atrás y hacia adelante en virtud de una contradictoria pamperada. Cuando el aire pasa y refresca la piel, la señora Negro goza del alivio y a la vez se deja encantar por las palpitaciones del agua. Tiene su mecedora contra la puerta de la sala. Del lado de afuera suele estar seco, para evitar riesgos de inundación hacia la alfombra. En esa orilla se forman rías y diques. Quedan anómalas islas secas por debajo del nivel del agua. Sus bordes, redondeados, se mantienen en su sitio casual por la fuerza de cohesión de sus moléculas, explicable pero misteriosa a la vista. Tiene que arreciar mucho la brisa, es decir, pasar de brisa a viento, para que el agua supere sus propios límites y se trague una isla. Eso sucede después de una leve palpitación como de asesinato furtivo, de estertor silencioso.
La señora Negro mira las enredaderas que cuelgan, achicharradas en sus tiestos ardientes y piensa que el reflejo en el piso mojado las resucita, las pone frescas, nuevas. En los reflejos todo es liso, vivaz. La señora ya no es joven. Sus anchos años han abarcado muchas cosas, buenas y malas, han desgastado sus células, espesado su sangre y agrietado su epidermis. La señora Negro no ha logrado acostumbrarse a ello, sobre todo porque con los ojos de su imaginación sigue viéndose decorosa y fina como a sus veinte años. Ya no le alcanza con haber conseguido este espacio agradable y el aire fresco que la ilusionaba. Quiere ahora que su propia piel sea lo fresco, lo liso, lo húmedo.
La señora terminará pasando todas las siestas de ese tórrido verano a pleno sol, trepada a un muro de su patio. Un momento antes de escalarlo hasta ese punto que ella sabe que se reflejará en las baldosas, se ha preocupado de inundarlas, fraguando un precario estanque. La sola subida es una azarosa hazaña y quienes la divisan se angustian aunque no se atrevan a intentar disuadirla. Pero ella sabe que allí, movida por la brisa, su imagen existirá, aunque para nadie, lisa, juvenil, podría pensarse que eterna. Ni ella misma la ve, porque ha elegido sostener su cabeza en el ángulo en que más la favorece el reflejo: mirando hacia el cielo insoportablemente azul.
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