EL VIRUS DE LA ESPECULACIÓN
Por Enrique Pinti
De las crisis —por lo que yo conozco de los países más cercanos a nosotros en algunos casos o más importantes en otros— se sale trabajando y dándole a la gente un lugar donde trabajar. Ganando más o menos, ganando poco, ganando lo que sea, pero, de las crisis se sale trabajando. Dicen que Franco hacía que los españoles trabajaran en los pantanos, secaban pantanos o no sé qué mierda hacían los gallegos en la época de la crisis más tremenda después de la guerra. Pero les inventó cosas para hacer. En primer lugar, de esa manera la gente hasta está entretenida en algo; cualquier tirano lo sabe. En segundo lugar, eso, a la larga, produce. Un pesito vas a ganar. Y acá, en cambio, veo que de la crisis, que va in crescendo, se quieren salvar especulando.
Entonces, la gente especula. El desgraciado, el de la villa, el del barrio pobre, todos buscan sacar veinte dólares de algún lado para ponerlos en una caja de té, guardarlos y esperar que no crezca el agua en el próximo taponaje del arroyo Maldonado y se los lleve la corriente. La especulación existe desde el ’77 con Martínez de Hoz hasta ahora —más allá del deseo que tiene la gente de laburar y que no encuentra dónde, que es una realidad innegable—, cuando se van a cumplir casi treinta años de una mentalidad especuladora que está a la vista, que no permite crecer a la República Argentina, ni con el dólar alto, ni con el dólar bajo, ni con la paridad cambiaria, ni con la inflación, ni con la estabilidad, ni con todo privado, ni con todo estatal, ni con la venta del país, ni con el regalo del país, ni portándose bien con el Fondo Monetario Internacional, ni siendo felicitado todos los meses diciéndonos “Ustedes son los mejores”, ni en este confinamiento, aislamiento, en donde nos dicen “Ustedes son los peores, tienen la culpa de todo el desastre de Latinoamérica, anche del mundo”. Ninguna de esas soluciones, a lo largo de treinta años, ha podido estimular a la República Argentina, porque nos han metido un virus tremendo, como es el virus de la especulación.
Cualquier sorete cree que puede especular. No alcanzaron los desastres de las mesas de dinero de la época de Martínez de Hoz, no alcanzó el violento Rodrigazo, no alcanzó la hiperinflación de Alfonsín, no alcanzó la súper estabilidad de Cavallo, la pesificación y la devaluación de Duhalde. No alcanza para que la gente se dé cuenta de que, más allá de toda la trampa —y siempre te trampean— no hay que apostar más a hacer que la plata traiga plata, sino que hay que apostar a la producción, como hace la gente que entendió por el hambre, y dice: “Vamos a hacer una cooperativa, vamos a plantar tomates y cebollas, y, en última instancia, tenemos para comer”. La salvación pasa, evidentemente, por el lado productivo y no por el lado especulativo. Genera recursos y, en algunos casos, genera alimentos, para no tener que revolver los tachos de basura buscando comida podrida. Algo que salga de la tierra, una buena ensalada de tomates, una manzana, una naranja. Tenés una vaca, aunque sea una vaca, nada más, y ya tenés la leche, y tus hijos no se van a morir de hambre, no van a tener escorbuto o el mal de Chagas que la mala alimentación, de alguna manera, fomenta. ✹
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