A UNOS GENOCIDAS LOS LLAMAMOS MONSTRUOS; PADRES DE LA PATRIA A OTROS

Por Xavier Padilla

Nadie tendría una estampita de Hitler pegada con un imán en la nevera. ¿Cierto? Y además sería bastante extravagante defenderla alegando que Hitler también tuvo virtudes, amó a su perro, pintaba acuarelas o fue producto de su tiempo. Después de Auschwitz, ciertas consideraciones biográficas no cuentan. Hitler exterminó seres humanos y basta; sus símbolos corrieron la suerte de su nombre.

La cara del Che Guevara, en cambio, lleva más de medio siglo en camisetas, afiches, tazas, llaveros y neveras, aunque fusiló gente en La Cabaña de su propia mano, la misma con que le daba cuerda a tribunales revolucionarios de juguete para fabricar las condenas. Todo eso se sabe y la estampita sigue allí, entre un imán de París y el teléfono del plomero. El fusilador se volvió decoración.

Pero Bolívar representa una anomalía todavía mayor. El 15 de junio de 1813 decidió que algunos serían exterminados aun siendo indiferentes. Meses después ordenó la ejecución de los prisioneros que se encontraban en Caracas y La Guaira.

Se podrá discutir la cifra (818, 1.253 o 2.400); lo que no está en discusión es qué estamos contando: prisioneros mandados a ejecutar por Bolívar, incluyendo a los enfermos del hospital, expresamente comprendidos en su orden del 8 de febrero de 1814.

A Hitler lo llamamos genocida mientras al Che lo encontramos decorando una nevera. A Bolívar, responsable de matanzas sistemáticas de prisioneros y autor de un decreto que condenaba a muerte por origen, lo llamamos «Libertador» y «Padre de la Patria».

¿Será que nos encanta un tirano? Pusimos a Bolívar sobre un caballo en el centro de nuestras ciudades. Su nombre lo llevan el país, la plaza, la moneda. Todo lo prémium lo lleva.

Cuando una estampita de Hitler en una nevera sigue siendo impensable, nosotros pasamos todos los días frente a una estatua ecuestre de Bolívar, campantes. 

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