PABLO PICASSO
PABLO PICASSO
(1881-1973)
Minotauro violador de jovencitas
“Todo hombre viene al mundo con los polvos contados”, escribió García Márquez. Pero el pintor malagueño fue una excepción, y las mujeres que pasaron por su lecho son incontables, amén de las que constan en su biografía. Para ello, Picasso se fue parapetando tras diferentes personajes que actuaban como álter ego, y ahí cabe destacar al minotauro. En el grabado Minotauro observando a una muchacha dormida nos presenta la mujer dormida ante la pasión animal que se dispone a tomarla por la fuerza. Picasso dibujó este monstruo como un hombre musculoso, con cuernos y cabeza de toro, del que comentó: “La está estudiando, intentando leer sus pensamientos, tratando de averiguar si ella le ama «porque» es un monstruo […]. Es difícil afirmar si quiere despertarla o matarla”. Más o menos así fue su relación con su joven amante Marie-Thérèse Walter, mientras seguía casado con Olga Koklova, madre del pequeño Pablo. Él tenía 50 años y ella era menor. Una de las frases más célebres atribuidas a Picasso, “Un hombre tiene siempre la edad de la mujer que ama”, pertenece a la época de su relación simultánea con su esposa y Marie-Thérèse. “Soy Marie-Thérèse Walter. Cuando Picasso me atrapó, yo tenía solo 17 años. Estuve siete con él y le di una hija, Maya. Dicen que fui la más sensual, cariñosa y dulce”, dejó escrito en sus memorias. El primer verano que pasaron juntos ella trabajaba de monitora deportiva en un campamento y Picasso acudía a verla cada noche. Se amaban en la tienda de campaña, pero pronto la disfrazó de chófer para viajar con ella a todas partes. Suiza, rubia, saludable, deportista, desinteresada y nada exigente, era la presa perfecta para el minotauro y todo lo contrario de Olga. Además, Jaime Sabartés, poeta y amigo íntimo del pintor, resalta que cada etapa pictórica lleva nombre de mujer, y cuenta más de una treintena diferentes. Armando de Armas añade: “Arrabal decía riéndose que Picasso era un imbécil genial, enfermo de priapismo, que se despatarraba en una poltrona y sentaba a las mujeres, todas las que pudiera, sobre su enorme polla, sin mover otro músculo, otro que no fuera su polla, sin prodigar una caricia, se entiende”.
Roser Amills
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