Gallegos
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#cronica
Por Manuel Felipe Sierra
Las cartas estaban sobre la mesa. El 19 de noviembre de 1948 el alto mando se reunió con el presidente Gallegos para enfrentar una crisis militar que había contaminado todos los niveles de la institución. En la calle, después de tres años de pugnacidad, existía la impresión de que era inevitable la caída del gobierno. En el patio del Cuartel Ambrosio Plaza, Gallegos oyó las peticiones de los jefes militares en la voz del Ministro de la Defensa teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud: "expulsión de Rómulo Betancourt; prohibición de re-gresar al país del comandante Mario Vargas; remoción del comandante Gámez Arellano jefe militar de Maracay; cambio de los edecanes del presidente y total desvinculación del gobierno con el partido Acción Democrática". Gallegos habló en tono firme y ratificó su decisión de no aceptar presiones. Antes de marcharse dijo: "Les dejo para que tomen una determinación conforme con mis respuestas. Mi suerte personal está echada y la de la República queda en manos de ustedes".
Era una gestión inútil. Meses atrás se extendía una vasta conspiración en las guarniciones y en la opinión pública crecía la certeza de que el derrumbe de Gallegos podría producirse en cualquier momento. Delgado y Pérez Jiménez visitaron los cuarteles para informar sobre el encuentro con resultados contraproducentes: la oficialidad una vez informada pensó que era el inicio de represalias y detenciones y que podrían activarse en cualquier momento las "milicias adecas", sobre las cuales advertía la prensa opositora. El comandante Mario Vargas (recluido en un sanatorio en Nueva York), regresó de urgencia para propiciar un arreglo, pero contrariamente ello impulsó a los golpistas a precipitar la acción. José Giaccopini Zárraga, llegó a Caracas desde Amazonas donde era gobernador para reunirse con Gallegos y la jerarquía militar. Las respuestas que obtuvo después de sus contactos fueron llevadas al mandatario, quien las rechazó.
Días antes, Gallegos le había confesado a Rafael Caldera: "el hombre de presa nos acecha". Betancourt, en la Conferencia de la OEA en Bogotá, el mes de abril, tuvo información de los manejos conspirativos del embajador de Perón en Caracas Juan Pedro Vignale, y de las conversaciones de un diplomático peruano con el grupo sedicioso. Desde el diario comunista "Tribuna Popular", Gustavo Machado alertaba sobre un inminente "golpe frío". El diario copeyano "El Gráfico" consideraba inevitable la fractura y los editoriales de Germán Borregales con el seudónimo de "Mr. X", exaltaban la acción castrense. El 24 de noviembre desde muy temprano Gallegos esperó en la quinta "Marisela" en Altamira un inminente desenlace. Después de la reunión del alto mando el 19, no había vuelto a su despacho. Una misión encargada a Carlos Andrés Pérez para formar un gobierno provisional en Maracay presidido por Valmore Rodriguez y el comandante Gámez Arellano, tampoco alentaba esperanzas. A las 12 del mediodía los insurrectos llegaron a Miraflores. Minutos antes habían ido al Palacio Leonardo Ruiz Pineda y Alberto Carnevali. Después de reunirse con el secretario de la presidencia Raúl Nass, convinieron en que todo estaba perdido. A los pocos años les tocaría a ambos dirigir la lucha contra la dictadura. Ruiz Pineda murió asesinado en 1952 y un año después Carnevali falleció preso en San Juan de los Morros. Ya desde la mañana, el mayor Tomás Mendoza encabezaba una sublevación en La Guaira y "La Voz Dominicana", la emisora de "Chapita" Trujillo en Santo Domingo, anunciaba el derrocamiento del gobierno. Minutos después Enrique Vera For-tique a través de la "Radio Nacional" dio la noticia: "en este momento se está consumando un golpe de Estado contra el gobierno de Rómulo Gallegos".
Era un resultado inevitable: se imponía el proyecto militarista dirigido por Pérez Jiménez y en marcha desde el 45; Gallegos, con una inconmovible visión principista, se negó a negociaciones y concesiones pragmáticas; Acción Democrática había ejercido el poder de manera sectaria y los partidos de oposición terminaron estimulando la aventura golpista. El 24 de noviembre de 1948 se produjo un golpe de Estado silencioso e incruento. Al día siguiente se anunció la Junta Militar de Gobierno integrada por los comandantes Carlos Delgado Chalbaud (presidente), Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez. El único gesto de rebeldía, salvo algunas manifestaciones aisladas, fue el izamiento de una bandera negra en las puertas de la vieja casona de la Universidad Central. Una de las interpretaciones más certeras del hecho es, sin duda, la que ofrece la historiadora Felícitas López Portillo: "la democracia no estaba en pañales sino en gestación". Faltaban diez años todavía para que ocurriera el alumbramiento, el 23 de enero de 1958.
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