CRUSOE
#ElPlacerDeLaAventura
Por Mario Mendoza
#LaImportanciaDeMorirATiempo
Se llamaba Alexander Selkirk y vivió cuatro años y cuatro meses completamente solo en una isla del océano Pacífico. En él se basó Daniel Defoe para su famosa novela Robinson Crusoe. Según cuenta la leyenda, cuando lo encontraron parecía un animal salvaje, iba vestido con pieles de cabra, melenudo, barbado, y gruñía y emitía sonidos guturales. Selkirk regresó a Europa e intentó rehacer su vida como un individuo normal, pero no pudo. Extrañaba su isla, el mar, el cielo nocturno del Pacífico tachonado de estrellas, el viento contra los arrecifes.
Cuentan que en la ladera de una montaña, en su pueblo, Selkirk construyó dos refugios con maderas, lianas yjuncos, y que solía escaparse para allá y pasar días enteros durmiendo sobre el piso y a la luz de la luna.
Me encanta esa imagen del antiguo pirata, como un lobo nocturno, echado sobre la grama contemplando el firmamento. Hay algo en esa escena muy antiguo, una búsqueda profunda, un sentido religioso contenido que está muy cerca del arte y de la poesía. El aire, el sonido del viento contra los árboles, las siluetas del mundo insinuadas en medio de la oscuridad, los ruidos de los animales nocturnos, y el hombre ahí, frente a frente con los elementos, con la materia, con la vida que susurra su existencia ineluctable. Esa es la sabiduría del solitario.
Quizás por eso mismo, al final, Selkirk volvió a embarcarse y dejó atrás ese intento fallido de estabilidad. Y se murió como lo que era, un marino, un itinerante. Y lo enterraron donde él se merecía, en el mar, frente a costas africanas.
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