RECOLETOS

Por Karina Sainz Borgo

#CronicasBarbituricas

Cada vez que subo por el Paseo de Recoletos las veo. Aún no he logrado entender por qué aparecen. He llegado a pensar que Cibeles las conduce hasta aquí. No creo que una diosa que atraviesa Alcalá en un carro tirado por leones tenga algo que ver con esto, aunque tampoco sé si es ella la primera y más triste de las mujeres que cruzan hacia Colón. Nunca me he detenido a preguntárselo. A la diosa, quiero decir. Me conformo con que sus leones sigan allí, con la boca bien abierta.

No más atravesar el paso de cebra siento que cruza, como una ola a mis espaldas, un pelotón de altas y espigadas caminantes a quienes alguien debe una explicación. Me parece que salen a la calle no porque quieran obtenerla: lo hacen para olvidar que la necesitan.

Es difícil caminar entre mujeres tristes. Nunca se sabe si uno encabeza la marcha o huye de ellas. A veces es mejor no preguntarse quién lleva la delantera. Mucho menos en Madrid, tan poco propensa a la mala educación sentimental. Pero no miento: así como hay fantasmas en el Palacio de Linares, existen mujeres tristes cual amasijos de botones y amuletos. Existen. Las he visto, las veo caminar perdidas mientras el letrero del edificio Metrópolis tartamudea sobre la noche de Alcalá. Se las suele reconocer por ese sonido de pato perdido en la tela de sus faldas, por la curvatura infantil de los ojos delineados, el flequillo infaltable o esas uñas trasquiladas por dientes nerviosos. Todas visten igual y hasta podría pensarse que sus ojos son los mismos. Nada puede detenerlas. Se las ve cruzar las calles, atravesar un metro, dejar olvidado un periódico, cambiar de dedo sus opacos anillos o ajustar los cascos de su MP3. Son pasajeras de cabelleras grasosas y cejas dispares. Su silencio no tiene consecuencias. Si dejasen de hablar para siempre, nadie se enteraría.

Otras, en cambio, regresan de otro tiempo; se atornillan en la esquina de Correos a la espera de taxis que nunca viajan libres. Se mantienen de pie como un recuerdo relavado. Y a mi mente vienen por igual suicidas y sobrevivientes, jóvenes y viejas, criaturas viajeras que parecen flotar en el ambiente, como ensartadas por la diosa y su carruaje.

Si me tocara cruzar la calle junto a ellas preferiría esperar al próximo turno, no sea que su paso me lleve, que al darme la vuelta descubra un parentesco, un lunar que nos delate y acerque. Pero de las mujeres tristes no se huye, tampoco de los árboles pelados o de las lluvias. Ha de ser por eso que, a veces, siento que una ola empuja mis pasos, descose los botones de mi abrigo y descuelga mis propios amuletos. Es ese viento de las mujeres tristes. Son los leones; acaso la diosa. Es esta manada que atraviesa Recoletos.

Octubre, 2006-2018

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