RAFAEL CADENAS JOVEN POETA

Éste es uno de esos escritos que cuestan amistades. A medida que van pasando los años, quienes han conservado como el primer deber de inteligencia y vida (y escribirlos en ese orden nos va a costar otra pelea con el poeta) el cultivo de los dones que quien sabe quién les dio desde la cuna, desarrollan también una intratable detestación de la torpeza de los primeros pasos. Más que las excentricidades que algunos imbéciles le atribuyen (y se atribuyen, cuando quieren pasar epidérmicamente por tales), es esa despiadada impulsión autocrítica lo que define al artista. Cualquier hombre de sensibilidad e inteligencia puede captarlo, y a ella se refería como «voluntad» en una de sus cartas finales Ernesto Guevara, quién se veía cultivando la propia «con delectación de artista». Por todo eso, tenemos la impresión de que muy difícilmente Rafael Cadenas nos perdone el haber venido a desempolvar viejos papeles, a recordar pecados juveniles.

En los epígrafes biográficos de las antologías, como en los deberes de los estudiantes de Letras, se señalan dos volúmenes como los únicos en su bibliografia: Los cuadernos del destierro, en la aventura treintañera de Tabla Redonda, y Falsas maniobras, botella al mar de un solitario en uno de los momentos de más profunda y casi irremidible separatiness de su robinsoniana biografía espiritual. Pero existe un tercer título, el cual en rigor es el primero: una plaquette de apenas trece páginas: Cantos iniciales, publicado en Barquisimeto por la Editorial Alas en 1946.

Si nuestras cuentas son buenas, Rafael Cadenas acaba de cumplir quince años. La actitud con la cual todo el mundo recibe entonces sus poemas, es la misma que a cada verso suyo publicado ahora; y la misma de sus lectores u oyentes cuando el niño-poeta recitaba sus madrigales bajo el pulido maguey que servía de asta a la bandera de la escuela «Bolívar», en la calle Miranda de Barquisimeto: considerar el acto poético en Cadenas como algo absolutamente natural, ante lo cual no se emite juicio alguno de valor, porque se siente superfluo: ¿acaso alguien pierde su tiempo comentando «que bien respira» este o aquel hombre?

De igual manera, en una prosa que mucho ha andado desde entonces, lo constata Salvador Garmendia en las parcas líneas del prólogo «[...] para este poeta de los Cantos iniciales, la poesía es vocación y norma de vida. Su juventud (apenas data de 1930) es siempre un fecundo reverdecer de poesía, lograda en trance de la más estrecha comunión interior [...]». Escrito con las torpezas y banalidades, con los poncifs del escritor primerizo, como lo era también él entonces, Salvador Garmendia se revela allí profético sin haberlo pretendido siquiera.

Podría haber escrito esas palabras hoy mismo, porque continúan siendo exactamente definidoras de la actitud de Rafael Cadenas, de su compenetración absoluta con la materia poética. Esa batalla implacable contra el ego, que hoy consume sus mejores energías, es tanto más desoladora cuanto absolutamente inútil: pocas veces, si alguna, hemos conocido alguien en quien sean tan inseparables vida privada y vida poética.

No cambiemos, sin embargo, de conversación. Estas líneas las escribimos para presentar aquellos viejos textos de Cadenas. No hay de qué avergonzarse, ni para el más autocrítico y maduro de los poetas. A los 15 años, Rafael Cadenas parecía llevar ya como hábito lo que hoy le señalan como inseparable característica críticos y simples lectores: la rigurosa austeridad de sus medios expresivos. Cadenas nunca será un poeta torrencial, y la corta edad del Garmendia pro-loguista no halla otro símil que el muy manoseado del «manantial de agua fresca, limpia, que corre y se derrama fluidamente sin asperezas ni tumbos».

Esa frescura, sin embargo, era más la de la casa umbría a donde se llegaba después de haber atravesado a pleno sol aquellas calles blancas y derechas, sin un árbol y con los aleros estrechos. Casa imponente, como silenciosa y, ya señorial: 

Mi casa está sola la dejamos un día entre lastimosas despedidas de madre tocamos y nadie contesta, mi casa está sola, nuestra casa hermano, está sola y ni sé qué habrá quedado allá adentro.

De paso, Cadenas revelaba que su escritura poética era, desde tan temprano, más que una simple insolación erótica: ya seguía los consejos de Rilke, evitando no siempre, desde luego: ¡son quince años! escribir poemas de amor. Ya presentía la soledad del artista:

Esta noche mi corazón -que es un corazón está solitario, solo el ruido del viento -mocetón nocturno- entre los árboles dormidos. En mi recinto, libros abiertos, una flor desgarrada y mi corazón, que es un corazón, está solitario.

Estos textos tienen hoy medio siglo. Rafael Cadenas ya conoce su madurez vital. La madurez poética, ¿no parecía traerla consigo desde aquellos versos de la recién estrenada pubertad?

⛲️ Defensa e ilustración de la pereza, Manuel Caballero 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El día que bajaron los cerros...

ELEGIA

Caracas Blues