La Democrácia Geodésica

Los bichitos bailaban Charly García: De la Zimbawización al brócoli orgánico.

⛲️ panfletonegro / by mads75 / 20/08/2015

A finales de los años ochenta y a principios de los noventa, romper una puerta de acceso era una práctica común cada vez que algún artista se presentaba en el Poliedro de Caracas.

Esta violación del orden público, ocurría una o varias veces tanto antes como durante los espectáculos. El método, sencillo e ingenioso, consistía en lanzarle una bujía al vidrio del canal de acceso menos resguardado, naturalmente, por la represiva Policía Metropolitana. El fin último: entrar al concierto; gratis, en cambote, y evitando la transacción antiética de parte y parte de sobornar a un efectivo policial o a un guachimán.

Pocos conciertos quedaron inmunes a esta suerte de violencia democratizante propia del imaginario urbano caraqueño: Presentaciones de Todos los géneros, desde el desenfado pop de Cyndi Lauper, la galantería de Emmanuel, las melodías castizas de Hombres G o la oscuridad pseudo-intensa de Mecano; hasta las desfachateces poéticas de Fito Páez o Charly García, las reinvenciones de Soda Stereo o el esperpento Glam de Poison, fueron presenciadas por estos pequeños grupos de “privilegiados de abajo”, quienes luego de entrar por “puerta rota”, compartían “la olla” del domo geodésico con los que pagaban la entrada; los “privilegiados del medio” y los “privilegiados de arriba”.

La Capital Venezolana no se escapaba de la heterogeneidad estructural que caracterizaba y sigue caracterizando incluso más marcadamente a las sociedades latinoamericanas, sin embargo, bajo la cúpula del coso de La Rinconada, se trasmutaban las identidades y las conformidades de clase cuando el estruendo sónico llegaba a los oídos del público, como los “bichitos del Valle” que bailaban el Rap de las Hormigas de Charlie García, El temblor de Soda Stereo o la Chica de Humo de Enmanuel (después de llevar a cabo exitosamente del complot de la bujía) con un singular tumbao a medio camino entre el Italo Disco tardo-minitequero colegial y los New Romantics de los clubes londinenses de 1980, pero remojado en guarapita: moviendo las manos en círculos a la altura de la frente, hacia adelante y moviendo los pies lateralmente a ritmo 4×4.

Esta cadencia endógena de los “bichitos”, producto de la interpretación perspicaz de ritmos anglosajones ajenos a la cultura popular de las parroquias del oeste caraqueño; al ser pasmosamente rítmica y más animada que los pasos-pánfilos-clase-media y al mismo tiempo más original que los gritos histéricos de los “fanáticos oficiales” de la banda de turno, surgía en un contexto efímeramente democrático y socialmente enaltecedor.

Pasadas un par de décadas, con el espectro de la inclusión social convertido en un estado mental y no en un fenómeno cuantitativo políticamente demostrable más allá de la retórica oficial, la Zimbawización como proceso ha venido carcomiendo al Estado y a su estructura, así como también ha corroído la escaza templanza con la que entonces, aun cuando se violentaban accesos a recintos o se sobornaban autoridades, la sociedad, por un lado, y la economía por otro, se resistían a caer la primera en un irreversible piélago moral y la segunda en el abismo incontrolable de la hiperinflación.

Con el acrecentamiento de la nómina estatal y en sólo dos decenios, vinieron la sucesiones de culpabilidades y acusadores, los “nuevos bichitos” que lejos de bailar en el Poliedro, acuden a ese o cualquier otro recinto a corear los berreos cimarrones del presidente, gobernador o candidato de turno, como agentes que dan valor agregado a un proyecto que se dice es el cielo en la tierra, como esos intermediarios, enemigos del nuevo activismo pendejo bio-cuchi. Debe ser que el comer brócoli orgánico, socialista y patriota, de la tierra a la poceta, no hace cagar hediondo.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El día que bajaron los cerros...

ELEGIA

Caracas Blues