El Poder se va rezagando

por Héctor Torres

Noviembre 26, 2013

Si existe un oficio desacreditado en estos tiempos es el de profeta. Vaticinar el rumbo de la sociedad, cuando el diario recién salido de la imprenta ya es un inútil cúmulo de noticias masticadas en las redes a lo largo del día anterior, no parece una actividad que goce de mucho prestigio.

Visto a través de las pantallas, en el mundo todo se ve pasar pero nada se ve venir.

Son tiempos en que la historia se escribe con tanta velocidad que necesitaremos muchos años para leer correctamente los capítulos que nos tocó escribir.

Se suponía que con el advenimiento de computadores cada vez más portátiles y poderosos, y con el consiguiente desarrollo de una tecnología multimedia dirigida a todos los sentidos, el mundo entraría en una especie de analfabetismo, ya que los códigos alfabéticos caerían en desuso, suplantados por otros más visuales y universales.

Y los computadores se hicieron mucho más poderosos y portátiles de lo que se pudo soñar diez años atrás (de hecho, Ipads, Smartphones, tablets y lectores de libros digitales con conexión wifi, exceden el término “computador”), y sin embargo nos encontramos con una sociedad básicamente epistolar. Una sociedad que pasa el día comunicándose a través de la palabra escrita, enviando a diario millones de correos, tuits, SMS, comentarios y actualizaciones en redes sociales, blogs y sitios digitales.

En pocas palabras: vivimos, como nunca antes, un mundo escrito. En ese mundo, la gente se encuentra por sus afinidades, al margen de la distancia geográfica. De igual manera, se entera de la realidad en la que amanecieron con sólo echar un vistazo a su timeline de twitter o a su inicio de facebook, los cuales “armaron” a partir de la escogencia de las fuentes (no siempre periodísticas, por cierto) a las que decidieron seguir. Es decir, que esa inmensa masa humana que puebla el planeta, en tanto se vuelve más anónima y solitaria, más libertad hipotética tiene de expresarse y de conectarse por sus afinidades electivas y no accidentales (geográficas). Y así como la imprenta revolucionó la difusión de las ideas, y el telégrafo la relación tiempo/distancia para hacer llegar esas ideas, la web sintetizó ambas haciendo bastante horizontales las comunicaciones humanas.

¿Qué cambios se han producido, entonces, en esta sociedad en la que hay ahora tantas voces hablando al mismo tiempo? De seguro ha perdido capacidad de concentración, banalizando la información y profundizando su sentimiento de desamparo. Pero, a juzgar por lo que escriben, la gente en su vida cotidiana sigue sintiendo y conversando más o menos las mismas cosas que cuando Gutenberg y Morse.

¿Qué ha cambiado, entonces?

Indistintamente de sus resultados posteriores, la Primavera Árabe, las concentraciones convocadas por redes, las campañas globales a través de los hashtag, las tácticas de repliegue y retorno de las manifestaciones estudiantiles usando SMS, parecen indicar una cosa: en su relación con sus iguales la Humanidad parece ser la misma de siempre, pero su relación con el poder ha cambiado sensiblemente. Esas millones de voces que “leen” la realidad y participan de su vertiginosa escritura, comienzan a quitarle poder al Poder. Al de los gobiernos y al de las corporaciones.

Al menos en su rol de ser el forzoso intermediario de las comunicaciones.

Por tanto, que acusen de “delitos informáticos” a un ciudadano por usar las redes para hacer contraloría social, poniendo a la vista del electorado la actuación de un ministro abusador, demuestra lo poco que entiende el poder acerca de las sociedades de estos tiempos, y cuán atrás se está quedando respecto a las sociedades que “gobiernan”.

Pocos indicios permiten ver con claridad hacia dónde vamos. Pero una certidumbre parece asomarse: en este mundo en el que todos escribimos, el Poder tiene el inmenso reto, quiera o no, de irse acostumbrando también a leer (escuchar) al electorado y, como una inevitable consecuencia, a actuar con transparencia.

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