Combo para tres
Por Ana Cristina Bracho
#cuento #urbano
Ni siquiera la motivaba la idea de que por fin aparecería en las notas sociales de Paréntesis. ¿Cómo escribirían? Marbella, Marbellita, la Beba Antenucci. Ya no la emocionaba. Le daba miedo, o asco, o ambas cosas lo que habría de suceder. Por eso sus dudas, por eso ese pequeño segundo de silencio antes de decir sí, un sí tímido, asustado; pero ni al sacerdote pareció importarle y menos aún a su novio (debería aprender ahora a decir su esposo), Carlos Morales Morales. Lo único que de seguro tenía en mente el gordo ése era lo que pasaría en la noche, cuando por fin, después de cuatro años de espera, descubriera los tesoros tanto tiempo guardados (para él) por la Beba Antenucci. Eso era lo que estaba pensando, se le notaba en la mirada ávida y golosa, en la forma cómo se frotó las manos, en el beso que le dio después del sí, más baboso que de costumbre, como si estuviera chupándose un mamón.
Con una copa en la mano, detenida a la altura de la barbilla, y el otro brazo caído a lo largo del muchísimas veces alabado traje, pensativa, cerca de la mesa de unos canapés (que parecían hechos más para adornar que para comer) y tratando de apartarse de la gente lo más posible, la Beba Antenucci deseaba morirse en el viaje luna de miel antes de que el gordo Carlos la tocara (y descubriera algunas cosas también). Y para colmo de males, la agencia encargada de organizar la recepción de la boda había contratado a un chofer que más bien parecía un modelo, parecía el hombre Marlboro, con todo y la sombra de la barba de dos días. Aún debajo de aquel severo uniforme se adivinaba un semental, un hombre de verdad. El chofer había venido viéndola, a través del retrovisor, a lo largo del recorrido, desde que salieron de la Iglesia de la Begoña hasta que llegaron al salón de Fiestas del CC Las Chimeneas. Ella lo notó, mientras fingía mirar por la ventana y abandonaba la mano al apretón húmedo y viscoso del gordo.
En estos pensamientos estaba la Beba cuando una voz interrumpió su ensimismamiento:
– No parece usted la novia más feliz del mundo- el que así hablaba era el hombre Marlboro, que se había colado por la puerta de la cocina, y gracias a la elegancia del uniforme (que más bien parecía un traje de gala) y a la cantidad de invitados había logrado pasar inadvertido; aunque no tanto, ya que las mujeres no podían dejar de notar su estatura y atractivo.
La Beba, temerosa, miró primero hacia donde estaba su esposo, riendo las bromas estúpidas y los chistes, rodeado de sus amigotes, más bien de su séquito de chupamedias que le seguían a todas partes, aprovechándose de su dinero, de su generosidad, de su dispendio y de su estupidez. El gordo Morales es una babosa en frac cola de pingüino, rodeada de hormigas que él cree atentas y serviles pero que sólo lo ven como un bocado. Qué futuro me espera, suspiró, y luego respondió al chofer:
– Es usted algo indiscreto, señor. Combo para tres
Ni siquiera la motivaba la idea de que por fin aparecería en las notas sociales de Paréntesis. ¿Cómo escribirían? Marbella, Marbellita, la Beba Antenucci. Ya no la emocionaba. Le daba miedo, o asco, o ambas cosas lo que habría de suceder. Por eso sus dudas, por eso ese pequeño segundo de silencio antes de decir sí, un sí tímido, asustado; pero ni al sacerdote pareció importarle y menos aún a su novio (debería aprender ahora a decir su esposo), Carlos Morales Morales. Lo único que de seguro tenía en mente el gordo ése era lo que pasaría en la noche, cuando por fin, después de cuatro años de espera, descubriera los tesoros tanto tiempo guardados (para él) por la Beba Antenucci. Eso era lo que estaba pensando, se le notaba en la mirada ávida y golosa, en la forma cómo se frotó las manos, en el beso que le dio después del sí, más baboso que de costumbre, como si estuviera chupándose un mamón.
Con una copa en la mano, detenida a la altura de la barbilla, y el otro brazo caído a lo largo del muchísimas veces alabado traje, pensativa, cerca de la mesa de unos canapés (que parecían hechos más para adornar que para comer) y tratando de apartarse de la gente lo más posible, la Beba Antenucci deseaba morirse en el viaje luna de miel antes de que el gordo Carlos la tocara (y descubriera algunas cosas también). Y para colmo de males, la agencia encargada de organizar la recepción de la boda había contratado a un chofer que más bien parecía un modelo, parecía el hombre Marlboro, con todo y la sombra de la barba de dos días. Aún debajo de aquel severo uniforme se adivinaba un semental, un hombre de verdad. El chofer había venido viéndola, a través del retrovisor, a lo largo del recorrido, desde que salieron de la Iglesia de la Begoña hasta que llegaron al salón de Fiestas del CC Las Chimeneas. Ella lo notó, mientras fingía mirar por la ventana y abandonaba la mano al apretón húmedo y viscoso del gordo.
En estos pensamientos estaba la Beba cuando una voz interrumpió su ensimismamiento:
– No parece usted la novia más feliz del mundo- el que así hablaba era el hombre Marlboro, que se había colado por la puerta de la cocina, y gracias a la elegancia del uniforme (que más bien parecía un traje de gala) y a la cantidad de invitados había logrado pasar inadvertido; aunque no tanto, ya que las mujeres no podían dejar de notar su estatura y atractivo.
La Beba, temerosa, miró primero hacia donde estaba su esposo, riendo las bromas estúpidas y los chistes, rodeado de sus amigotes, más bien de su séquito de chupamedias que le seguían a todas partes, aprovechándose de su dinero, de su generosidad, de su dispendio y de su estupidez. El gordo Morales es una babosa en frac cola de pingüino, rodeada de hormigas que él cree atentas y serviles pero que sólo lo ven como un bocado. Qué futuro me espera, suspiró, y luego respondió al chofer:
– Es usted algo indiscreto, señor.
– Y usted demasiado linda para ese patán, señora.
La Beba no tuvo palabras para contradecir al atrevido galán. Al contrario, volvió a suspirar y aventuró una respuesta a la primera pregunta, o insinuación:
– Sepa usted que es normal que el día de su boda cualquier señorita se sienta algo insegura y temerosa, y que parezca distraída.
– Sí, pero no arrepentida.
– ¿Qué le hace pensar eso?
– No, por nada. Pero, ¿lo estás? ¿Te sientes arrepentida?
La primera vez pudo esquivar el ataque, pero éste era más frontal; no parecía haber respuesta: o mentía o decía la verdad, que ya estaba temiendo que comenzara a ser obvia para todo el mundo. Además, el repentino tuteo la tenía azorada. Ya se temía algo. La Beba pareció como despertar y, sin despedirse del insolente, volvió a su grupo de amigas y se confundió en una conversación inicua sobre el lugar donde habían ido de luna de miel las tantas que se habían casado (muchas de ellas ya divorciadas, pero hablar de eso era tabú en una fiesta de matrimonio): Cancún, Florida, lo mejor es un crucero por las indias occidentales, no chica, el Mediterráneo…
Más tarde, cuando volvió a alejarse un poco de algunos grupos, particularmente escandalosos, reapareció el hombre Marlboro, saliendo como de la nada, semioculto por una columna, y continuó su acometida:
– Pero no te preocupes, eso tiene solución; para todo hay solución, hasta para el arrepentimiento.
Los ojos de la Beba brillaron por un instante; no resistió y preguntó:
– ¿Sí? ¿Cuál es esa solución? ¿Qué se puede hacer en estos casos?
– Pues lo que hacen todos los presos del mundo, y también los que están a punto de ser apresados a perpetuidad como es su caso: fugarse.
La Beba rió, casi grita:
– ¿Qué? ¿Qué me está proponiendo usted?
– No propongo, ofrezco mi colaboración, mis servicios. Yo sólo la ayudo a fugarse y después usted verá cómo me paga.
Detrás de aquel ofrecimiento estaba la sonrisa del hombre Marlboro: la sonrisa de un diablo que parecía saberlo todo, hasta sus más recónditos pensamientos; más allá de aquella sonrisa le esperaba el infierno, o quizás ya estaba en él. La Beba volvió a mirar hacia su esposo: se había desanudado la corbata; el traje se le veía ajado, los ojos inyectados en alcohol, el cabello desordenado, la sonrisa estúpida y babeante; el gordo Carlos era un alcohólico enzimático: con dos tragos ya era Mr. Hyde. Ante ella, el hombre Marlboro parecía un maniquí de la Quinta Avenida.
– Sólo por saber, ¿cómo es el plan?
– Nada del otro mundo, todo sumamente sencillo. Se supone que la novia y el novio salen, en algún momento, no siempre juntos. Nadie los va a distraer ni a detener. Yo estoy esperando en el carro. Usted llega. Nos vamos. Pero no esperamos al novio.
– ¿Y después?
– ¿Después? Después nada o después todo, libertad, saber qué se siente cuando se ha estado a punto de perderla.
– Hablas como todo un experto, como si ya lo hubieras hecho muchas veces.
– Quién sabe.
Hay una pausa. Se oye una canción de Juan Luis Guerra: “yo sé que soy de tu agrado, no niegues el darme el sí”. Es una señal.
– Te espero en el carro- dice el hombre Marlboro.
– ¿Cómo te llamas?
– Joaquín.
La Beba no había querido probar ni un pasapalo en la fiesta. No era su fiesta, no estaba a gusto. Pero ahora sí. Los besos. Recordó cuando tenía quince y se había fugado del liceo con su primer novio, un árabe, hijo de árabes en realidad, llamado Julio, de grandes ojeras. Habían pasado la tarde en el Club Ítalo. Se habían besado muchas veces (sin que pasara nada más), casi tantas como hoy con Joaquín, y había sentido la misma hambre. Se lo hizo saber; sólo la parte del hambre.
– Por aquí cerca queda una estación de servicio donde hay un Burger King.
Allí, en esa estación de servicio detrás de la cual está el Gimnasio Nautilus y frente a lo que hoy es el hipermercado Éxito, estaba yo, casualmente, cuando llegaron y pidieron dos combos. Era imposible no darse cuenta de que algo raro pasaba: no todos los días uno ve a una mujer con vestido de novia comiéndose un king de pollo mediano con papas y refresco. Tiempo después indagué y reconstruí la historia. Llegué a hablar esa noche incluso con el recién cornudo, quien apareció más o menos a la media hora de haberse ido Joaquín con la Beba. El gordo Carlos venía solo; no había permitido que sus amigos lo acompañaran; era algo que sólo él debía afrontar. Tenía el traje aun más ajado. Se notaba que había llorado.
Había seguido el itinerario de la pareja fugitiva. El carro era muy particular y ver a una novia sentada en el puesto de adelante, besándose con el chofer, más particular aún. Donde se paraba y preguntaba, todos le decían, por solidaridad, por lástima, por compasión, por tener algo que contar mañana a los amigos. Cuando llegó al Burger King lo pude escuchar preguntarle a la cajera. Ella respondió:
– Sí, sí estuvieron aquí; ella andaba con el vestido de novia. Él es un tipo alto… – se abstuvo de decir “buen mozo” por decencia.
– ¿Hace cuánto?
– Hace como 25 ó 30 minutos.
El gordo consultó el reloj. Luego preguntó:
– ¿Y qué pidieron?
– Los dos pidieron lo mismo: un king de pollo mediano con papas y refresco.
El gordo estuvo pensativo un instante.
– Deme uno a mí también.
– ¿Lo quiere para llevar o para comer aquí?
El gordo volvió a consultar su reloj. – Démelo para comer aquí.
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