Alan Brito

Por Jason Maldonado Skrainka

Faltaban diez segundos para que terminara el partido. Así lo indicaba el cronómetro, un viejo reloj de agujas al cual había que darle eventualmente unos golpecitos para que continuara andando. La chicharra no era tal, sino el agudo silbido de Pancho, que como pésimo jugador de baloncesto, era estupendo árbitro.

El tiempo se detuvo cuando cayó la dura falta sobre Alan Brito, a quien justo cuando ejecutaba el doble paso, uno del equipo contrario le dio un soberano carajazo en el antebrazo. Se prendió la trifulca aunque no pasó nada, no a esta altura del relato. El juego estaba empatado y desde la raya de tiros libres teníamos la oportunidad de ganar —de ganar y salir corriendo.

Alan Brito era una rata. Hay que decirlo. Era de los que se burlaba de todo el mundo. Bautizaba a diestra y siniestra con soeces apodos a la gente y sus vulgares piropos espantaban a las chicas que por mala suerte le pasaban por al lado. Una rata con todas las de la ley, el típico guapetón de barrio, el que bajaba la santamaría en el día y la subía en la noche.

Pancho separó a Rea cuando se le fue encima a Alan Brito. «Quédense quietos, a jugar». Rea le hizo una seña con la mano en forma de mágnum cañón corto o cualquier arma. «Vas a tener que… para que me ganes». Omito el verbo que va justo allí en los puntos suspensivos y el correspondiente y viril sustantivo.

Era flaco y esmirriado. Sus brazos y piernas aparentaban la ductilidad del alambre. Las múltiples golpizas no le estropearon nunca los huesos. La piel sí, la piel duele, duele y se marca con raspones y pretéritos trazos de puñal como dentelladas de tigre. Así sus brazos. El destino le colocó un nombre que se transformó en apodo. Alan Brito terminó siendo “Alambrito”. Con el tiempo se acostumbró. El día que por primera vez alguien le acuñó el pseudónimo, se bajó los pantalones cortos y sacudiendo con su mano derecha el miembro, dijo: «aquí está tu alambrito».

Rea se burlaba de él mientras preparaba el primer lanzamiento de tiro libre. Todas las ofensas iban en diminutivo haciendo rima con el metálico sobrenombre. Pasó el dorso mugriento de su mano para secarse el sudor de la frente. Escupió hacia un lado de la cancha con rudeza, rebotando el balón para que el sonido plástico de su eco opacara los insultos y amenazas. Tras cada intimidación acompañada con gestos de un puño golpeando la otra mano; de un antebrazo rebanando un cuello; de ojos entornados afinando puntería, Alambrito notaba empequeñecer el diámetro del aro, cerrando la oportunidad de sumar un miserable punto para irnos arriba en el marcador.

Falló. El quinteto rival estalló en carcajadas. El borde de la cancha se abarrotó de gente para ver el desenlace final. Alguien se levantó la camiseta blanca dejándonos ver, calzada entre el pantalón y la ingle, un arma. Luego la tapó con la sutileza de quien arropa a un niño para que siga durmiendo. En sus labios pude leer «pilas… si no, los quiebro».

Segundo y último lanzamiento. Cesta. Un punto arriba. Estamos ganando. Jugar de visitante en barrio ajeno es como nadar ensangrentado en una piscina de tiburones. Todos celebramos con recato, chocándonos las manos, mientras Alambrito se agarraba el miembro con la mano izquierda y con la derecha se lo señalaba con el dedo pulgar, como si le diera de beber con el dedo: «¡quítate esa maña, carajo!», recuerdo que le decía su abuela. Lo hacía con exagerado y vulgar paroxismo mientras iba caminado de retroceso a defender nuestra cancha en los últimos segundos.

El silencio incomoda, más aún si viene de bocas de lobos salivando rabia enmudecida, y múltiples miradas que navegan en sus escleróticas de cerveza y resentimiento. «Plankkk…» balón al piso y vuelve a la mano; «Plankkk…», va de nuevo Spalding contra el asfalto; «Plankkk…» y se detiene ante la marcación de Cachimbo, uno de nuestro equipo, duro en la defensa pero malo—malo en el ataque. Quiere quitarle a mister Spalding de las manos a Rea y éste se defiende. Le da un codazo a Cachimbo en la boca. Le parte el labio. Nadie protesta, hay miedo, se huele, se mezcla con el olor a cerveza que baila el tango de la vida junto a la muerte.

El balón en el aire detuvo el tiempo. Visitantes —nosotros— y locales contuvimos la respiración. Vimos la inmensa naranja de plástico cortar el aire, apartar de bruces las notas de alguna música caribeña que sonaba en el ambiente; vi el tablero agigantarse con descaro de trampa y supongo que ellos lo vieron empequeñecerse. Spalding giró varias veces sobre el aro y decidió a nuestro favor. Pancho silbó anunciando el final del partido. Mister Spalding seguía con su onomatopeya “Plankkk… Plankkk… Plankkk…” y de pronto se combinó con un “Pum…Pum…Pum”. Estaba mareado del golpe que recibí, pero logré salir junto al Madera del pequeño infierno deportivo. Él, que me levantó de sopetón del piso dándome la mano, recibió un disparo en el gemelo del lado derecho y supongo que me sirvió de pantalla. Alguien del público se levantó la camiseta dejando ver el metal y su consiguiente pólvora, el mismo que segundos antes me alertó sobre mi osadía que nunca fue.

Corrimos, todos corrimos excepto Alambrito, que como estaño, estaba siendo moldeado por infinidad de anónimas patadas. Me devolví corriendo para defenderlo y la detonación que caló en su humanidad me detuvo en seco. Spalding ya estaba en manos de los niños que querían imitar a los más grandes en la cancha. Recuerdo que el círculo humano que lo rodeó no me permitió verlo por última vez. Lo que quedó en mi mente fue de nuevo la voz de Spalding contra el asfalto, combinándose con la tos seca del arma que antes estaba tranquila tras un pantalón; un definitivo “Pum” sobre la virilidad de Brito, lo dejó hecho alambre del recuerdo.

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