«USTEDES SABÉIS»

Por Fernando Iwasaki

Cada vez que me encuentro con un paisano a quien no veo desde hace años, inexorablemente me espeta dos cosas en el siguiente orden: Primero, «qué gordo estás», y segundo, «ya tú hablas como español». Para contrarrestar lo primero siempre respondo que al menos me queda pelo en el cráneo, pero para bajarlo del segundo burro nunca encuentro argumentos. Y conste que ningún nativo de la península Ibérica ni siquiera creería que soy canario después de oírme hablar. Lo acabo de comprobar en una gasolinera de Calasparra (Murcia), donde el dependiente me dijo al ver la matrícula de Sevilla: «¿Así que usted es de allá, no?», aunque al responder que sí retrucó «¿Pero de más allá, no?».

A mí no me molesta que se note mi español limeño, porque debo advertir que solo en el Perú hay varios acentos y variantes que rozan el surrealismo lingüístico. Mis hijas, por ejemplo, se tronchan de risa cuando les cuento cómo es el español de la selva peruana, donde al hielo le llaman «del agua su duro», a la televisión «del cine su cría» y al ascensor «de la escalera su milagro». Sin embargo, me irrita que mis paisanos crean que hablo como español cuando sé que ellos solo tienen en la mente los acentos de Zaragoza o de Vallecas. ¿Por qué el flamenco es una seña mundial de identidad española y al mismo tiempo nadie tiene idea de la existencia de un español andaluz? La popularidad del arte flamenco es inversamente proporcional al conocimiento del habla andaluza.

Soy consciente de la diversidad de acentos del habla andaluza, ya que el habla de Almería no tiene nada que ver con la de Córdoba, ni la musicalidad del acento de Granada tiene el mismo soniquete que la de Cádiz. Incluso dentro de una misma ciudad pueden coexistir dejes distintos, pues el poeta Vicente Tortajada presumía de reconocer el habla de Triana y hasta el acento de la calle Relator. No obstante, me sigue sorprendiendo el desconocimiento del habla andaluza en toda la patria del idioma español. De hecho, de niño nunca imaginé que fueran andaluzas las voces del gato Jinx, del cuervo que le enseñó a volar a Dumbo y del buitre que ayudó a Mowgli a luchar contra el tigre Sherkan.

Después de muchos años de ausencia, la primera vez que viajé a mi tierra para que mis críos conocieran a sus tíos, primos y al resto de la parentesca, todo el mundo me recibió con lo gordo que estaba y con los consabidos reproches por hablar «como español»; pero ello me tuvo sin cuidado porque lo que más me preocupó fue la traducción simultánea para los niños, ya que allá la comida es el almuerzo y la cena la comida, la remolacha es la beterraga, el boniato es el camote, el alcaucil es la alcachofa y el aguacate la palta, aunque lo peor es que allá culo es malsonante y un pincho no es un sanguchito sino una polla.

¡La polla! A diferencia de España, una polla en Perú viene a ser una apuesta hípica o deportiva, y eventualmente el nombre de alguna carrera prestigiosa y señalada, como la polla del Presidente de la República. Si un ilustre personaje llega al Perú es usual agasajarle reservándole una polla especial, y así se han corrido en el hipódromo de Monterrico las pollas de John Kennedy, Charles de Gaulle y Fidel Castro. Así se comprenden los ímprobos esfuerzos que realizó la embajada española en Lima para impedir que se corriera la polla del Rey; pero sobre todo comprendo el soponcio que le dio a la ancianita de aquella administración de quinielas de Los Remedios, a quien en 1985 le dije con la mayor cortesía del mundo: «Señora, si me saco la polla le doy la mitad».

Han transcurrido más de treinta años desde entonces y pienso que no he perdido mi acento sino que he enriquecido mi habla. A lo mejor empleo un castellano compositum que para quien me oiga ya no es de ningún sitio, pero a mí me basta con saber de qué lugar de Huelva cogí aquel giro y con quién estaba en Jerez cuando me quedé con aquella copla. Nunca hablaré como andaluz, pero ya puedo hablar con arte. Ustedes sabéis. 

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