¡TIBURÓN!

#Tardesfelices

Por Salvador Fleján 

Muchos años después, frente a la bahía monótona del club Marina Grande, recordé aquella tarde remota en que mi padre me llevó a ver Tiburón.

En el año 75, San Bernardino era una tranquila urbanización caraqueña poblada por la comunidad judía y por algunos hippies malolientes que le daban algo de color a la zona. Vivíamos en las Residencias Parque Terepaima, una de las pocas edificaciones que aún conservaba intacto todo el esplendor arquitectónico por el que alguna vez mereció el Premio Nacional de Arquitectura en los años sesenta. No por nada aquel diseño había recibido semejante distinción: su urbanismo interno, acabados en áreas comunes, jardines y piscina lo convertían en una verdadera joya de la avenida Manuel Felipe Tovar de San Bernardino.

En aquella piscina habíamos aprendido a nadar todos los niños que habitábamos el conjunto residencial. Pero también los adultos solían hacer unas sonoras rumbas y parrilladas que, por lo general, terminaban con algún invitado lanzado en volandas a la piscina con ropa y zapatos puestos.

La piscina del Terepaima no era muy grande, pero tenía su zona «baja» y su parte «honda»; territorio este último exclusivo de los adolescentes del conjunto. Unos chamos que, ahora que me lo pienso detenidamente, parecían sacados del set de That ’70s Show.

Sumergido en aquella piscina, sería la primera vez que escuché hablar de Tiburón.

Mi papá había leído en ¿Meridiano? un largo reportaje sobre la producción de la película. Supongo que sería una de esas notas de prensa pagadas por los estudios Universal, la cual estaba ilustrada con una galería de espeluznantes fotografías con los momentos más shocking del filme.

—Los voy a llevar a ver Tiburón —nos amenazó nuestro amado padre, una tarde en que regresábamos de la piscina y él de su trabajo con el Meridiano enrollado bajo el brazo.

La piscina, por otra parte, era el point para compartir experiencias, confidencias y chismes; una suerte de Facebook acuático. Las dos escalerillas de aluminio que poseía servían de púlpito para el oficiante de turno. Con los pies sumergidos en aquel azul «clorificado», nos enterábamos de las últimas novedades de nuestra floreciente cultura pop. Así como también nos llegaban noticias de los blockbusters cinematográficos de la época: La aventura del Poseidón, Terremoto, Infierno en la torre, Aeropuerto y, el más reciente, Tiburón, cuyo relato me espantó fuera del agua como si acabara de ver una aleta en la «parte honda» de la piscina.

Y finalmente llegó el domingo fatídico que cambiaría para siempre mi relación con el mar.

Hasta hace poco no lograba recordar por qué mi mamá no nos acompañó a aquella función de matiné en el Teatro Los Cedros. En días recientes llamé a mi hermana en Florida para que me despejara la duda:

—El sábado mi papá se echó unos palitos y llegó tarde a la casa. Mi mamá estaba bravísima y no nos quiso acompañar. Mi papá llamó a un taxi y nos llevó al cine para ver si se ganaba unos puntos.

Cuando llegamos al Teatro Los Cedros, la cola casi salía del cine. En la fila hasta nos conseguimos a algunos vecinos del conjunto, quienes tenían rato sudando bajo el sol de mediodía. Mientras mi papá hacía la cola, mi hermana y yo corrimos a refugiarnos en el lobby del teatro. El olor a cotufa apenas entramos nos recordó que habíamos salido de la casa sin desayunar. Pero mi papá había prometido llevarnos al Cubanito después de la función y la sola evocación de aquellos sándwiches de ese local calmó, más que el hambre, la ansiedad de enfrentarnos a Tiburón.

Antes de entrar a la sala, me le quedé mirando fijamente al cartel de la película. Le detallé las piernas a la rubia que nadaba despreocupada en el tope del póster. También le conté los dientes al gran tiburón blanco que la acechaba en una posición inverosímil para un ataque escualo: tenía 59 dientes perfectamente afilados, por lo menos en el afiche. Muchos años después fue que me enteré del significado de la palabra enigmática que encabezaba el cartel: JAWS.

Mi hermana y yo salimos de la sala casi temblando. Mi papa paró un taxi en la Libertador y, efectivamente, volvió a cumplir su promesa: fuimos al Cubanito. En estos días regresé al local y pude constatar su resistencia épica al paso del tiempo: los mesoneros eran los mismos, aunque los sándwiches cubanos ya no estaban equipados de pepinillos y otros lujos sauditas de la Venezuela petrolera de los 70.

De vuelta al Terepaima, a mi viejo se le antojó un chapuzón en la piscina. Eran como las seis y media de la tarde y no había nadie que amenazara su deseo. Subimos a ponernos los trajes de baño y cuando bajamos ya había oscurecido. La piscina estaba sumida en una extraña penumbra como en la primera escena de la película, esa donde el tiburón se cena a la rubia.

«¡Tiburón!», gritó mi hermana resguardada en el último tramo de una de las escalerillas mientras yo chapoteaba de lo más despreocupado. En eso sentí un jalón en una pierna. Solo faltaba que sonara el aterrorizante «tantantantantán» de John Williams. De pronto algo se liberó de mi cuerpo y tiñó todo a mi alrededor. Mi papa emergió de entre aquellas aguas turbias. Por el fétido olor que traía impregnado, supe que no había perdido una pierna. 

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