SOBREVIVIENTES

Por Julio Miranda 

El tipo sigue gritando.

Yo estoy haciendo mil acrobacias para tratar de ver algo. Pero este maldito apartamento es autista, cerrado sobre sí mismo como una caja, como una celda. Por la ventana del cuarto —y a ésa no quiero acercarme mucho porque mi carajita bella está durmiendo— apenas se ven dos metros de acera, justo donde ponen la basura. Ahí no hay nada. La del comedor da al patio del abasto: de día, un despertador animadísimo en que los portugueses, tan sanos ellos, tan llenos de vida, rompen botellas, se tiran tomates y lanzan guacales al aire desde las 6 de la mañana. Ahorita es pura negrura, quieta. La cocina comunica prácticamente con la cocina siguiente, un trozo de calor más allá. Si sacáramos la mano mi vecina y yo nos tocaríamos. Ella seguro no querrá y es una verdadera lástima porque está bien buena, una de esas madres jovencitas, tiernísimas, con el marido siempre trabajando. Queda la ventana del baño. Sería mucho esfuerzo.

El tipo sigue gritando.

Ya estoy quitando los vidrios, empinado sobre la poceta. Vidrio a vidrio con cuidadito: se me cae uno y arde troya. Temo por la carajita. No, temo por mí. Bueno, por los dos. Es que es muy arrecha. ¿No salió disparada hace unos días al escuchar el alboroto en el pasillo? Y no era nada, por suerte, una pelea de novios. ¿Pero si llega a ser otra cosa? Se me despierta y es capaz de bajar en plan super niña, con su capita y todo, a poner orden. Las tipas son así, como más locas o más valientes. En cualquier caso, peligrosas. Muy peligrosas.

El tipo sigue gritando y ahí dejo el último vidrio, suavemente, en el suelo. Me asomo por el boquete. La calle, al fin. Resulta un buen mirador. Me trepo, tengo medio cuerpo afuera, debo parecer un puto suicida y no se ve nada. Será en la esquina, en el cruce con la transversal.

Pero se le oye clarito, eso es lo malo. «Me quieren matar, estos tipos me quieren matar, llamen a la policía». Supongo que alguien ya habrá llamado a la policía. Alguien debe haber llamado. Tiene que haber llamado.

A lo mejor es una broma, desde luego siniestra. Los otros, ¿dos o tres?, no dicen más que: «cállate, vale», «cállate, vale». Casi un susurro. Escalofriante. Pero el otro sigue con el «me quieren matar.» Y sigue.

Se han apagado todas las luces. Sospecho bultos en las ventanas, en los balcones. Dos mil, tres mil vecinos agazapados, escuchando en silencio. Una sola, enorme respiración contenida. Un enorme ejército tembloroso. Una mierda, eso somos.

Todos deseando que el tipo se calle. No que lo maten, claro, pero que se calle de una vez. Que sea un juego. Que esté borracho (aunque no tiene voz de borracho). Que se lo lleven. Creo que estamos a punto de entonar, a coro: iCállate, vale! Déjanos dormir, beber, fumar, leer, irnos a la cama con nuestras carajitas bellas. iDéjanos vivir!

Y se calló.

Se calló y es casi peor.

Vuelvo a poner los vidrios sabiendo lo que pasará mañana. Nadie se mirará en los ascensores. En la acera no habrá cadáveres ni manchas de sangre. Exploraremos los periódicos centímetro a centímetro y ni una palabra. Esta noche me acuesto en el sofá.
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