Siete en punto
Por José Isabel
Las sombras lo envuelven todo. Solo unos pocos bombillos emanan luz. El largo corredor se torna oscuro en ambos extremos. Yo me encuentro en medio de ellos. Algunas personas bajan las escaleras. Unas despacio y otras rápidamente. Están apuradas por lo que veo. Un grupo se coloca a la izquierda y otro a la derecha. Ambos esperan pacientemente. Están a la espera de algo.
La voz de alguien retumba por todo el espacio. Proviene de unas cornetas. Se esparce con un potente eco. Dice cosas sin importancia o, al menos, sin importancia para mí. Luego de sus pocas líneas, suena una melodía. Al parecer no tiene letra alguna. Me parece un tanto familiar ¿la habré escuchado en otra parte? Realmente, ni siquiera estoy seguro de que la canción me sea conocida. El ruido de todas las personas hablando al mismo tiempo perturba mis oídos. No me puedo concentrar en descifrar aquella canción.
Unos niños corren de un lado a otro. Sus madres hablan sin cesar. Se ponen al día con los chismes de la calle. Pasado unos minutos, se percatan de que sus críos están correteando. Ambas pellizcan los brazos de los niños. Empiezan a llorar. Ahora el ruido principal no es de las cuaimas ni de las risas infantiles, sino de su lloriqueo. Los carajitos adquieren una actitud sumisa. Están tomando las manos de sus madres. Lo hacen mientras secan sus lágrimas. La gente les mira. Murmuran cosas. No dicen nada.
Un par de hombres conversa en voz alta. Lo hacen como si quisieran ser escuchados por todos. Como si trataran de presumir. Hablan cosas diversas. Un momento dialogan sobre política y al otro conversan sobre fútbol o béisbol.
Otro sujeto un poco retirado habla por teléfono. Usa su teléfono de última generación. Solo le falta volar para ser el móvil definitivo. Alza la voz. Pregona su estado bancario. La gente mira. Nadie dice nada.
Mucho más retirado, un hombre grita desesperado. Le han robado su billetera. Se gira desesperado por hallar al causante. La gente no le deja ver. Hay demasiados como para seguirle el rastro. Murmura improperios para aliviar su impotencia.
Llega un grupo de estudiantes. Tienen camisa azul. Dicen idioteces y se ríen por cualquier cosa que hacen. Creen tener a Dios agarrado de las manos. Creen estar comiéndose el mundo. Gritan groserías una tras otra. La gente ahora lleva su atención al grupo. Nuevamente siguen sin decir nada. Uno de los liceístas saca una caja de cigarrillos. Enciende uno de los tantos que tiene con su encendedor. Un hombre maduro se acerca al joven. Le dice amigablemente que deje de fumar. El crío se enfurece. Saca una navaja. La acerca al cuello del hombre. La piel de este se torna pálida. Comienza a sudar frío. La voz infantil del liceísta consigue intimidarle de alguna manera. Quizá se debe a que tiene un cuchillo entre manos. La gente mira la escena un poco aterrorizada. La mirada de las personas maduras es de decepción. Otros simplemente se lamentan mientras llevan su vista al periódico con noticias no muy diferentes a lo que acaba de ocurrir.
Una abuela se me acerca. Lleva unas bolsas consigo. Seguramente está de regreso a casa luego de comprar en el mercado. Me pide la hora.
—Son las siete —respondo en el acto.
—¿Cómo supo la hora? —pregunta la señora intrigada —. Ni siquiera ha revisado.
El metro se acerca a gran velocidad. Puedo escuchar el eco que generan sus ruedas contra los rieles. Transita por un gran camino subterráneo. Oscuro. Sin luz. Me recuerda el basilisco de Harry Potter que yacía en la Cámara Secreta, serpenteando por entre la cueva. Pasan unos segundos. Alcanzo a ver los destellos amarillos de sus grandes ojos. Viene a gran ritmo y lentamente comienza a disminuir su paso. Pese a eso, no deja de ser veloz.
—Son las siete. Lo sé porque mi boleto de salida ha llegado. Es puntual como siempre —respondo con una sonrisa.
Me lanzo a sus fauces finalmente…
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