RAP

Por Mario Mendoza 

#LaImportanciaDeMorirATiempo

Y la calle ahí, siempre dispuesta a sorprendernos, a lanzarnos a aventuras imprevistas o a masacrarnos en cualquier descuido. La calle no es un lugar, un espacio, sino un estado del cuerpo y de la mente, una actitud, una rebelión. El andén como sublevación, como resistencia, como un modo de ser en medio de una época que tanto valora el confort, la sosa comodidad de la clase media, la quietud mortuoria de la pequeña burguesía emergente.

Una ciudad puede ser un entrecruzamiento de líneas, de calles y carreras, de avenidas y diagonales, sí, una cuadrícula tediosa y aburrida, pero también puede ser una entrada en otro mundo, un laberinto misterioso, un pasadizo que nos lleve al otro lado del espejo. Cuántas veces no nos hemos extraviado en este espejismo multidimensional que es nuestra ciudad. Hay carros y peatones, sí; droguerías y restaurantes, sí; banqueros y oficinistas, sí, pero también hay monstruos y ángeles, alienígenas y guerreros, aventureros y magos, posesos y zombis.

Y de repente, en medio de esa inmovilidad perversa del espacio privado, un cuerpo comienza a moverse en el parque, en la esquina, en la cancha, y una voz empieza a rapear con toda la potencia de su desesperación, de su rabia, de su marginalidad: la voz del poeta que se conecta con el misterio, con la otredad, con la cara oculta de la realidad. Esas voces nos recuerdan las pruebas en medio del desierto para los derviches, los cantos chamánicos, las letanías de los practicantes sufíes entre sus instrumentos y sus danzas sagradas, las voces de blues de los esclavos negros bajo el sol implacable de las plantaciones sureñas.

Me gusta verlos en parche, siempre juntos, tragándose la ciudad como nómadas antiguos desplazándose por la estepa o como monjes zen recién rapados. En una época en que se hace la apología de la individualidad, del triunfo solitario, del éxito personal, ellos nos dan una lección tremenda: solo no eres nadie, no existes, no aguantas y terminarás reventándote. Lo único que te puede salvar es la tribu, los tuyos, tu ejército…

Los carros devienen letras de hip hop y de rap, el pavimento se transforma en ritmos pausados, la angustia urbana es metamorfoseada en versos que se elevan entre la lluvia y que enuncian la esencia misma de la ciudad: el caos, el vértigo, las fuerzas de la locura llamándonos una y otra vez hacia el abismo…

Como en todo arte verdadero, lo mejor y lo peor de nosotros están en esas letras y esos ritmos. Bienvenidos esos jóvenes que cantan y aúllan entre los muros de Ciudad Gótica sus historias potentes de fuerza y de resistencia colectiva. De algún modo, todos estamos en deuda con ellos.

Gracias, muchachos. No saben cuántas veces me he recargado y he resucitado en sus canciones, en sus consignas, en sus gritos de guerra… ☘

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