Pormenores de una cola
Por Iván Loscher
#IndiosincraciaPura
Apenas hizo el primer comentario, supe que había sido un error darle la cola; bueno, la verdad es que entonces, nada más lo presentí.
-¡La vida sí que es! -dijo con un tono de reflexión grandilocuente.
-¡Sí que es qué? -quise saber.
-Sí que es... ¿no te parece? -me aclaró e inquirió mi solidaridad.
-Si puede ser -le dije.
-No, ¡puede ser, no!... ¡Es!
-¡Claro! -le dije solidariamente. -¿Dónde te dejo? -necesité saber.
-Donde tú quieras, ¡total!: no hay escapatoria... en todos los sitios estamos a solas con nosotros mismos -sentenció.
En eso andábamos cuando le sonó el celular, y comenzó a buscarlo en todos sus bolsillos, los del pantalón y la chaqueta.....
-Aló, sí, aló... se cayó esta vaina -dijo lamentándose.
-Es que tienes muchos bolsillos -le comenté.
-Coño, parezco una tienda por departamentos.
-Sí, la postmodernidad es complicada -dije al azar, como para mí mismo.
-Si... tú te das cuenta de que esa frase de oro que escribieron hace miles de años algunos sabios, lo de «que la vida del hombre es un proceso de búsqueda infinito», nosotros, los postmodernos la volvimos peatonal.
-¿Cómo peatonal? -evidentemente ya me había enganchado en su conversa.
-Nosotros vivimos un proceso de búsqueda infinita, pero de puras pendejadas: el celular, los anteojos, el yesquero...
-Pedestre, querrás decir -le aclaré.
-Pedestre, no, yo uso yesquero.
-No, que no es peatonal, sino pedestre le aclaré de nuevo.
-Pedestre, peatonal, es la misma vaina.
-Sí, habría que reinventarlo todo otra vez... arrancar de niños -sugerí.
-Niños... Coño ¡los niños están diseñados para joderlo a uno, más si son tus hijos y estás divorciado! -sentenció con cierta amargura.
-¿Cómo así?
-Vengo precisamente de dejar a los míos en casa de su mamá... ¿por qué crees tú que estaba pidiendo cola?
-No sé -y me encogi de hombros.
-Porque estoy pelando... me dejaron sin un centavo.
-¿En el divorcio?
-Bueno, entonces también, pero aquello fue más grave, pues me dejaron sin un centavo y sin nevera, comedor, cama... sin un carajo. Ahora sólo me quedé limpio, mientras tanto.
-¿O sea lo de ahora es coyuntural y lo del divorcio fue estructural? -le pregunté casi afirmándole como para deslindar ambos hechos.
-Si lo quieres decir asi... yo diría que son dos formas de joderme.
-Ajá -asentí con acento de andino involuntario. Cada vez que digo «ajá» me sale andino.
-Mis hijos comen como si se vengaran de mi por haberme divorciado. No sólo la pensión alimenticia me vale un ojo de la cara, si no que, cuando los saco a comer los fines de semana, se vengan en mis propias narices: «por pendejo de irte a divorciar de mamá», piensan mientras me ven y engullen, en lugar de comer, cuanta vaina recomienda el mesonero como «sugerencias del chef».
-¿Y por qué no los llevas a sitios de comida rápida? -volví a preguntar aconsejándole subrepticiamente.
-¡No, qué va!... Cada vez que vamos a salir, la madre me ordena «a mis hijos no les des comida chatarra», como si los fuera a llevar a comer a una chivera, o esta variante: «no lleves a los niños a comer basura», como si fuéramos a buscar en los pipotes o en el camión que los recoge.
-Bueno, llévalos al cine y les das cotufas; yo llevo a los míos los fines de semana -comenté.
-¿Y no les has agarrado arrechera cinematográfica?
-¿Cómo así?
-Las peores películas de mi vida me las he tenido que calar con mis hijos... Parece que lo hicieran a propósito. Como si la madre les dijera «díganle a su papi que los lleve a ver las aventuras de los Rugrats»... y ahí me veo en la sala con catorce carajitos chillando en la pantalla y ciento y pico más en la sala... le estoy agarrando rabia fílmica a los niños. A todos en general, lo cual no es grave, lo grave es que también a los míos.
-Qué broma. -Y me encogí de hombros de nuevo.
-Yo me divierto muchísimo con los míos y me calo todas las películas.
-Allá tú. -Me dijo como única respuesta.
-Mira, mira esa mujer... -Y señaló con el índice a una mujer joven y guapa en la acera de la derecha.
-¿La embarazada?
-¡Sí!, ¡la preñada...! ¡Otro deudor en potencia!... ¡Un niño hipotecado antes de nacer!... ¡Debo luego existo! -Y dejó caer la última frase como un aforismo de Nietzsche.
-Bueno, también hay otras virtudes en el vivir, además de las deudas -le respondi con aire entusiasta.
-¿Qué hace uno cuando se aburre de sí mismo? -me preguntó directamente.
-No sé, yo me río mucho conmigo -le confesé.
-¿Y tú de qué vives?, ¿eres cómico o algo de eso?
-Soy locutor.
-Ajá -me respondió secamente, y cosa curiosa, a él no le salió como andino.
-Ah... claro tú eres Alfredo... ¡Alfredo... Garrido!
-¡No!
-¿No?
-¡No!
-¿Cuál es tu nombre?
-Iván...
-Iván... ¿lván... Iván...? Bueno Iván, déjame aquí... -Abrió la puerta antes de que el auto se detuviera. Se bajó, dio un portazo, y al asomarse por la ventana del pasajero, volvió a sentenciar «La vida sí que es, ¿verdad Ivan?», para confundirse de inmediato en la multitud de la Francisco de Miranda.
Dᴇʟ ʟɪʙʀᴏ: "Eʟʟᴀ ᴇʀᴀ ᴛᴀɴ ʙᴇʟʟᴀ ϙᴜᴇ ʟᴇᴠᴀɴᴛᴀʙᴀ sᴏsᴘᴇᴄʜᴀs"
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