Libro de historia
Por Alberto Hernández
#RelatosFascistas
Y las cucarachas comenzaron a buscar un héroe, con desfiles,
concentraciones, cerveza, carne asada, güisqui, todas las orquestas
y cantantes, busque que te busca. En esto estaban las cucarachas
de toda la tierra, cuando comenzó el baile de las gallinas.
Guillermo Morón
Corta el viento la espada. La fauna huye ante el ruido de los caballos, los gritos de los soldados con el torso desnudo. Las lanzas de madera aguijonean el aire al ritmo de los tambores de la retaguardia. Una página web ayuda en la comprensión de este episodio. El General se mesa los bigotes chorreados y da las órdenes. Un pocillo de café le calienta las tripas y piensa. Piensa mucho el General cuando se trata de una nueva batalla. Sabe que el sol cae sobre sus espaldas y mira con detenimiento los tábanos en las ancas llagadas de un potro bajo un roble. Sabe mucho el General cuando tiene que ensartar por el ombligo al enemigo. Muchas han sido las veces de su mano derecha ensangrentada y del alarido de quien luego cae del caballo envuelto por el polvo de la sabana. Para recibir un e–mail el guerrero debe deletrear las pequeñas letras en la pantalla. Se aproxima el choque de dos ejércitos que quieren despedazarse.
Al punto de sentirse la noche, el potro relincha y cae fulminado. Más tarde se sabría de una serpiente venenosa. Para el General, la muerte de la bestia es un mensaje. Sabe que los códigos de la modernidad han logrado sacarlo de un viejo libro de historia. Sabe que forma parte de un divertimento en el que la tecnología juega un papel importante. Aun así, continúa en la fragua de la lucha que se aproxima. Ya el sol es parte de otra historia. Una luna inmensa aparece por un lado de la pantalla. El cursor trata de empujarla hacia arriba. La luz cae vertical sobre los ojos del General, quien se espanta los jejenes con el sombrero.
–Nada es real. Nada es lo que creemos. Soy un soldado de la guerra federal que intenta entender la naturaleza de mi presencia ante los ojos de la persona que me ve desde afuera, desde la oficina donde un hombre me piensa y me coloca en las páginas de este libro, de esta historia que aún es presente.
El General habla solo. La espada, a un lado de su corpachón, se resiente del polvo y del sol de la tarde. Sabe que perderá la batalla, que regresará a los viejos baúles a releer el tiempo de sus antepasados, a buscar las razones de su tragedia. El General cree que ya está muerto. Se ve en la urna, rodeado de hombres sin sombrero, con las botas embarradas e impregnados de perfume barato o de olores corporales indescriptibles. Se sabe muerto, sin aliento, con los ojos semiabiertos, los labios pegados con goma escolar para que las palabras del más allá no se le escapen y empañen el cristal del féretro.
Se sacude el pensamiento y regresa el rostro al monitor desde donde parpadea e intenta identificar a quien lo inventa cada vez que una línea corre sobre el fondo flotante de la pantalla.
–Soy real porque me haces una imagen, un cuerpo.
El General recuerda su infancia. Casi anciano, a la edad que tropieza con los ahogos, con los achaques propios de quien ha andado mucho a caballo. La ventana del caserón donde vive refleja la luz amarilla del bombillo de la calle. Un viejo carro carraspea en la esquina y un caballo del pasado lo regresa en un relincho. La espada corta el aire. Un movimiento vivaz muestra el cuello cercenado del enemigo. Recoge prendas, armas y ropa de los caídos. Siente a sus espaldas la presencia de alguien que lo perfora con los ojos. Se equivoca al creer que es quien lo escribe. Entonces voltea y trata de identificar a quien lo encara contra el sol. Achica los párpados y finalmente le ve la mueca al otro General. Perfilado, de bigote poblado bajo el resuello. Se le acerca y lo saluda con la punta de los dedos sucios sobre la frente. Una pequeña falla de electricidad desfigura el rostro de ambos hombres. Formateada la máquina, el General golpea las botas y ve con disimulo los pies descalzos del General a caballo. Le ofrece las arrancadas a los pies enemigos. Las extiende hacia arriba. El otro las toma. El caballo bufa. El sol pellizca descuidadamente la espalda rota del jinete.
Entonces ocurre: el General de nariz pronunciada saca la espada y le quita la cabeza a quien antes le había regalado las botas. Un salto de la tecla, un ligero espasmo para que no muera en el acto el personaje. Regreso a las líneas de arriba: el General de nariz pronunciada levanta la espada para atacar a quien antes le había regalado las botas. El de a pie, el que hace la historia, saca un arma automática y le perfora la sien izquierda al montado sobre la bestia.
–Ser parte de una historia es como no haber existido. Es como tener muchas vidas por las tantas versiones que de la verdadera se ha tenido. Los historiadores no existen. Son fabuladores, cuenteros.
Se acerca al cadáver y le arranca las insignias y se las coloca él:
–Debió saber, don Ezequiel, que estamos en tiempos de revolución.
Subió al caballo y se alejó hacia el fondo de la pantalla. Por el hueco negro de la imaginación.
Ahora, a imprimir.
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