El pequeño poder

 Por Héctor Torres 


Power to the people, we don't want it, we want pleasure.

REGINA SPEKTOR

COMO EN LA MENTE DE LOS SOLITARIOS, en las calles de Caracas siempre pasa algo. Incluso cuando parece que no. Ya desde ese preciso momento en que la ciudad, con negligente ausencia, comienza a calentar las turbinas, están pasando cosas.

Todavía no eran las ocho de la mañana y el silencio y la quietud de los pasillos daban a los maniquíes de las tiendas un aire espectral. Como de personas atrapadas en un viejo recuerdo. Aún estaba lejos esa hora en que el centro comercial adquiere ese punto, un poco después del mediodía, en que parece un patio de colegio.

En la soledad de los pasillos dos tipos van hacia uno de los baños. Se pueden oír los ecos de sus pisadas. Al llegar encuentran que el paso está obstaculizado por un cartel amarillo que les indicó que el baño estaba «closed», junto a otras palabras como «caution».

Al oír que están dispuestos a ignorar el cartel, una ubicua voz de mujer bramó desde el baño de las damas que «estoy limpiando, usen el otro». El primero de los tipos, el más joven, mintió, con la audacia que da la edad, «no, ya del otro me mandaron para acá». Y lo hizo con un tono y una seguridad que no dieron espacio al contraataque, logrando lo impensable: hacer titubear a la señora por una orden que emitió en su propio feudo.

Ese segundo de duda bastó para que el tipo, de una zancada, salvara el obstáculo y, satisfecho, se encaminara a los baños. El que iba atrás, de unos cincuenta años, aunque más taimado, no desaprovechó la ocasión y lo secundó sin decir palabra.

Una vez adentro, en ese baño inmaculado como solo puede estarlo a esa hora (cuando uno los ve tan brillantes, entiende que a las señoras que los limpian les moleste saber que van a ser usados, por lo que hacen todo lo posible por evitarlo), el tipo celebró verlo tan pulcro, para él que no suele recibir atenciones especiales en la vida. No pudo evitar exteriorizar su triunfo con un «estrenando, pues», y se dirigió a uno de los dos cubículos. El señor que lo secundó se disponía a entrar al otro, pero descubrió que no había papel sanitario dentro. Animado por el aplomo con el cual su compañero había manejado la situación con la dueña de los baños, se asomó al pasillo y le hizo su solicitud, imitando su tono (no su aplomo) para que ella, que estaba en el baño de damas, lo escuchase.

Pero no era tan fácil. Ya aquella se había repuesto del asalto por sorpresa que le produjo un momentáneo descalabro a su autoridad, por lo que, vengándose en el más débil, retomó su aire de dueña y señora de sus tierras para ponerlo en su lugar, diciéndole con deliberada retrechería:

¡No hay! El que pone el papel no ha llegado. Pídale a su compañero, que estoy ocupada.

Hay tanto silencio a esa hora que, desde su cubículo, el compañero (líder de la revuelta) pudo seguir su fracasado intento en mostrar autoridad, su despechado gruñido, el suspiro frustrado. Aquel regresaba derrotado de su intento de emanciparse del yugo de la dueña de los baños cuando escuchó el piadoso grito de Jefe! iTome!, a la vez que vio una mano asomarse con un desordenado puñado de papel, como un estrafalario títere, por encima de la puerta del cubículo ocupado.

Agradeció el gesto y se apresuró a tomar el papel que le ofrecían con un «gracias», resignado y por lo bajo, encerrándose en su cubículo a mascullar su derrota, mientras la señora, hermana de los porteros de las discotecas, prima de las secretarias del jefe y tía política de los cuidacarros, retomó su trabajo y, satisfecha de haber reconquistado su poder, comenzó a tararear alegremente una canción de moda, atenta a la posible contraofensiva venida del baño de los caballeros.

El hombre, que hubiese estado dispuesto a pasar agachado en su derrota, lo tomó como una provocación, por lo que, tratando de buscar solidaridad en la resistencia, comentó desde su encierro, todo lo duro que pudo:

Esa mujer sí es grosera. ¡Qué le costaba buscar el papel! ¿Verdad? Un poco por solidaridad, y otro también porque intuía el contraataque, su compañero coincidió en la tesis de la provocación, por lo que le secundó el comentario, y se quedaron ofreciéndose ejemplos, a viva voz, cada uno en su cubículo, de lo odiosas que son las dueñas de los baños.

El poder, ya se sabe, no produce placer. Produce adicción. Una adicción tan incrustada en nuestra sangre como el milenario arte de señalar con la boca.

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