EL CORRECTOR

Por Julio Miranda 

Realmente, suena mucho mejor: cada puerta brotaban ramajes de toros palpitantes, «estremeciendo el aire de la noche». Visto así, el original parece pobre: «torsos», «torsos palpitantes». ¡Qué va! Toros. Se queda. La imagen es ligeramente atrevida, un toque de surrealismo en ese relato barriobajero, de chulos, obreros avinagrados buscando putas baratas, calles fangosas, marineros borrachos. Y entonces, ¡brotan ramajes de toros palpitantes, negras sombras, pasiones entintadas que estremecen la noche, eso!

Algo lorquiano, incluso.

Los autores no saben el bien que les hacemos. El linotipista o el tipeador se equivocan, es lógico. Introducen pequeños errores, mínimas variantes. Ahí entra el corrector: lee, compara, juzga. A veces, sopesando, deja pasar.

Y enriquece.

Pero, ¿lo saben o no lo saben?

A mí no me ha protestado nadie y llevo ya veinte años mejorando la literatura venezolana, discreta, humilde pero definitivamente. Irrevocablemente. Después de mí, nada vuelve a ser igual: soy un criterio de edición. Trabajo para la relativa eternidad. Pulo sus estatuas.

Recuerdo aquel director del Museo de Amberes, al que pescaron retocando los cuadros de Rubens. Se iba al museo, de noche, y que a dar un recorrido. Llevaba su maletín con todo Io necesario. Y fuácata, una cabeza de angelito aquí, un zarciIlito allá, un rojo más marcado en una nube, un ojo más brillante. Era preciso y rápido. Llevaba tiempo estudiando la cosa. ¿Y quién quita que no quedaran mejor así, eh, quién quita? ¿Convocaron a los críticos, a los especialistas, a los amateurs? No: directo al manicomio. ¡COÑO!

Por eso, yo me cuido. Opero sobre todo con la narrativa: hay más palabras, muchas anécdotas, pasan cosas, entra y sale gente, conversan, uno grita, otro se muere. ¿Quién va a fijarse en la nueva voluta de un discurso barroco? Y no me digan que: «el General se movía entre sus edecanes como un mueble vulnerable» no es más sustancioso que «como un mueble venerable». ¡Si ya sabemos que es viejo y respetado! Redunda. Ablanda la frase. ¡Pero ese vaivén estremecido, vigilante, del «mueble vulnerable» que se sabe odiado, que se siente amenazado, al que todos desean la muerte! Eso sí es literatura. Lo otro... , me callo.

Tampoco me crean un desaprensivo: pienso, medito, sufro cada transformación. Y tengo una regla de oro: me baso en las erratas. Hay veces que me entran ganas de innovar por las buenas, pero me contengo. Sólo cuando el llamémoslo así, viene en las galeradas.

El campo, de todos modos, es inmenso. ¡Aquella tipeadorcita loca, la del culito removiéndose constantemente en la silla! Loca ella y locos tenía a los demás. Nadie controlaba su trabajo. Confiaban en mí: «esto viene de Juanita, ¿sabes?», como advertencia. ¿Por qué no la botaban, ah? Porque estaba bien buena la carajita, por eso. Porque se acostaba con el jefe de taller, por eso. Porque alegraba a los muchachos meneándose en la sillita, por eso. ¡La hubieran puesto en una vitrina, coño! Pero, para mí, era una mina de oro.

Sus galeradas me ocupaban noches enteras: ¿lo dejo o no lo dejo? Una creatividad enloquecida, enloquecedora: el horno sapiens, El cementerio submarino de Valery, la Guía de pescadores de fray Luis, los madrigales y moteles renacentistas, ¡madre mía, estaba rescribiendo, ella solita, la historia de la cultura! Claro, demasiado obvio, tuve que corregir casi todo. Casi.

Debería confesar, sin embargo, que una vez, una única vez, trabajé sin la red de las erratas. ¡Y en poesía! Una cosa malísima, esa lírica boba de un «Canto a mi esposa» espeluznante: sus blancas manos, el dulce sosiego, la luz de su mirada... El propio catálogo de cursilerías, a media voz y con muchos encajitos, en el patio inevitable, cuajado de matas y jaulitas con pájaros. ¡No me joda! La verdad es que me arreché. Y le quité una letra, sólo una, ¿no? ¡Qué verso me quedó, qué fuerza, qué empujón le dio a toda aquella mierda! Fue:

«Escupiré tu cuerpo lentamente, escupiré tu cuerpo con ahínco, con furia y con amor hasta las lágrimas: escupiré tu cuerpo hasta el delirio y entonces serás mía!»

Claro, el muy insípido había escrito «esculpiré». Yo vi el cielo abierto, el gran ojo de Dios mirándome, advirtiéndome, regañándome de antemano, sabedor. Le metí el dedo en el ojo. Fue más fuerte que yo.

Le dieron el Nacional de Poesía, ¿qué les parece?

Y a mí nada.

En fin, me queda la satisfacción, la tranquila satisfacción del deber cumplido. No siempre, pues. ¡Habría tanto que hacer! Pero tampoco voy a echar por la borda mi profesión, mi salario, mis próximos veinte años de corrector, mi retiro... ¿Quién puede exigírmelo, en nombre de qué?

Hasta el futuro de nuestra literatura me conmina a la prudencia. ¿Hay alguien que me sustituya, que recoja la antorcha y la lleve más lejos? ¿Existirá? A veces me abandono a ese sueño: una legión de discípulos... Y entre ellos, !la correctora, mi alter ego, bonita y seria, trabajando a mi lado! Pero sé que es un sueño. Un delirio.

Además, ahí está Meléndez, esa fiera. Ese sí que lee, coño.

Y me tiene entre ceja y ceja, el perro.

¿No vino el otro día con que «Maestro, ¿cómo va la mano?» y con que «creandito, ¿no?»? Ese sabe, para mí que sabe. Y se divierte. Pero, ¿si habla, si lo escribe, si compara por escrito una edición con otra y saca a la luz mis embellecimientos? ¿Si pretende chantajearme?

Estoy nervioso. Ultimamente estoy nervioso y no lo soporto. «Una metáfora arriesgadísima la que encontré en las Completas de Sánchez, quién iba a decirlo, ¿no?, escribiendo así en los años veinte... Desde luego, la lectura retrospectiva enriquece, ¿no?», que me soltó, a gritos, nada más entrar. Yo casi pego un salto, pálido, «maestro, ¿qué le pasa? No se ponga así», sonreído, perdonador: «aquí nadie lee nada, maestro», clavando el hierro en la llaga, removiéndolo...

Le tengo echado el ojo. Al menor desliz, ¡lo juro, coño, por mi madre!, hago algo. A mí no me jode nadie y menos un critiquito de mierda, que ahora anda de lo más hinchado porque le dieron el premio de FUNDARTE.

A fin de cuentas, él pasará; mi obra no. Sus reseñitas se las llevará el viento; mis ediciones prevalecerán, se multiplicarán, intactas. Si a ver vamos, la literatura soy yo, no él. Yo y los autores. Sus borradores y mis perfeccionamientos. Yo.

Y, bueno, cualquiera se muere con la boca llena de plomo, ¿no? Cualquiera, ¿no? En el frío de estos talleres, en el estruendo, en el ajetreo, en los recovecos, ahí en el pasillito que lleva al almacén, ¿no? Donde hay menos luz, ¿no? Cualquiera, cualquier día, esta misma tarde.

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