Cine Bijoux: ¿Cuánto pagarías por ir al cine?

Conversations Overheard at the Mad Hatter's Tea Party

Por Toto Aguerrevere 

¿Pagarías una cena para dos en cualquier restaurante por Bs. 1.130,00? Seguramente sí. Como están los precios en Venezuela, una cuenta por menos de eso en cualquier local donde puedas hacer lo que verdaderamente importa –ver y dejarte ver- viene de perla. Ahora, ¿si tuvieras que cancelar esa misma tarifa, llevarías a tu pareja al cine? Probablemente no.

Esto no es lo que piensa CINEX. Asociado con una empresa surcoreana encargada del desarrollo de la tecnología 4DX, la cadena de cines abrió esta sala el diciembre pasado en el Centro Comercial San Ignacio.

La cuarta dimensión ofrece al espectador una manera novedosa de ver cine más allá de los ya vintage lentes 3D. Conforme a lo que suceda en pantalla, la sala estimula los cinco sentidos, ya sea con un movimiento de butacas, simulación de rayos, brotes de aire, rocíos de agua y, cuando una escena cursi lo amerite, burbujas flotantes.

Toda esta experiencia fílmica la puedes tener si estás dispuesto a deslizar tu tarjeta por 85,00 Bolívares. Nada mal. Excepto que son Bs. 480,00 de comisión. Pero como somos todos unos inseguros con necesidad de aceptación que ni por error iríamos solos al cine, debemos invitar a otra persona. Eso da Bs. 1.130,00. Cotufas y refrescos no incluidos en el precio.

¿Vale la pena pagar esto por un circo de sensaciones? Sin adquirir las entradas, puse una foto de la pantalla de compra de CINEX en mi cuenta de Instagram. Ahí soy seguido por seudo intelectuales asiduos de la noche capitalina y madres que recurren al Instagram como escapatoria de su vida mundana de coches Bugalou. Los comentarios fueron instantáneos. “Por eso estamos como estamos”; “¿Y con qué culo se sienta la cucaracha?”; “Ya ni al cine se puede ir en este país”.

Aupado por la curiosidad y la delicia de las reacciones en mi red social, compré dos entradas y me fui a ver Frozen, la nueva película animada de Disney en esta sala 4DX. El bullicio visual de Seguros La Vitalicia, más presente en el centro comercial que una nueva rica haciendo window shopping, nos llevó a mí y a mi invitada a la sala de cine, esperando encontrarla vacía. Allí descubrimos que más de la mitad de los puestos estaban copadas. Entonces, lo cierto es que la gente sí iría a ese cine.

Las butacas son amplias y lo suficientemente cómodas como para pensar que las líneas aéreas nos timan de sobremanera. Tiene un respaldar de pies con sensores y en el apoyabrazos hay un botón iluminado que dice: “Apagar agua”. De resto es una sala de cine normal, con la sola excepción del comportamiento de los caraqueños quienes ante lo nuevo nos quedamos tan quietos como un primo comulgante entrando a su primera confesión.

Ahora bien, eso es antes del comienzo de la película. Nada te prepara como espectador para sentir las vibraciones de la butaca, verdaderas bailarinas de la acción, ni para escudarte contra un chorro de rocío en alguna escena donde cae nieve. En escenas lúgubres, la sala vuelve helada con vientos que ameritan el siempre deseado abrazo en la oscuridad. No tan agradable son los olores que emanan para activar el olfato. Eso porque una rosa en spray no huele a rosa en ninguna parte del planeta.

Al salir, me puse a pensar si recomendaría esta experiencia. Sobre todo ante el rumor de que Cines Unidos planifica traer la tecnología IMAX al país. Mi conclusión es, depende de la película. Ver una Blue Jasmine de Woody Allen sería una pérdida, mientras que Frozen, The Hobbit o la muy esperada Maléfica con Angelina Jolie constituyen perfectos casos para ver cine de esta manera. Cierto, en esta economía maniatada el precio de la entrada ameritaría un vale en una joyería. Pero también es cierto que la única otra opción de entretenimiento que queda es la pirata.

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