饾樇饾櫒饾櫔饾櫍饾櫓饾櫎 饾櫃饾櫄 饾櫀饾櫆饾櫎饾櫁饾櫈饾櫎饾櫒
Asunto de agobios
Por Alberto Hern谩ndez
#RelatosFascistas
–Estoy agotada de tanta basura a mi alrededor, de tanta rabia suelta.
Con estas palabras, Gisela entr贸 en la oficina. Al mismo tiempo lanz贸 el legajo de papeles que tra铆a en las manos. Se sent贸 detr谩s del escritorio y mir贸 en silencio el protector de pantalla en el que aparec铆a el rostro angelical de su peque帽a hija.
A煤n percib铆a en las fosas nasales los olores 谩cidos que se acumulaban en las calles. Sent铆a con miedo la mirada de los mendigos, los mismos que estiraban la mano para recibir una de las tantas limosnas que el d铆a les ten铆a reservadas.
–Somos miseria pura –pens贸.
Tom贸 con desgano el peri贸dico que estaba a su lado y lo hoje贸 tratando de olvidarse de la locura que acababa de dejar atr谩s en la ciudad, que ahora mira desde la ventana panor谩mica de su oficina en el d茅cimo quinto piso de su lugar de trabajo.
–A veces siento que el suicidio est谩 demasiado cerca. Si no fuera por ti, mi amor.
El reloj silencioso, adosado a la pared, marcaba las tres de la tarde. Un poco m谩s all谩 de esa hora, la monta帽a se descolgaba de las nubes. Gisela se levant贸, tom贸 agua y de nuevo sali贸 a la calle con la cartera al hombro.
Ir de una oficina a otra, de una sucursal a otra, a una distancia de seis cuadras para traer una caja, era un verdadero martirio. Cruz贸 la 煤ltima esquina antes de llegar a su destino, cuando la sobresalt贸 la corneta de un veh铆culo. Alguien, desde la opacidad de un vidrio ahumado, la salud贸, pero no se detuvo. “¿Qui茅n ser谩?”. Entr贸 al edificio y marc贸 el n煤mero del piso al que se dirig铆a.
–Hola, Cristina, ¿me tienes la caja lista?
–S铆, chama. Rec贸gela en la oficina de Gabi. La puerta no tiene llave. Nos vemos m谩s tarde.
–Est谩 bien. Ah, gracias.
Sali贸 de nuevo y el mundo le entr贸 por los ojos. Un cami贸n destartalado de la compa帽铆a recolectora de basura mostraba descoyuntado el cad谩ver de un perro. Un hombre sucio, con una gorra roja, corr铆a detr谩s del armatoste para depositar una caja en la parte m谩s baja donde los desechos son molidos para luego ser botados en el vertedero.
–¡Qu茅 asco! ¡Este pa铆s est谩 hecho una verdadera mierda! ¿A qu茅 hora llegar茅 hoy a mi casa para quitarme tanta porquer铆a de encima, ba帽arme y echarme a morir un sue帽ito hasta la llegada de Jorge con la ni帽a?
Sin darse cuenta ya estaba en su oficina. Coloc贸 la caja sobre el escritorio. Entr贸 al ba帽o y orin贸 pl谩cidamente, como suelen hacer los personajes de Salvador Garmendia. Entonces la asalt贸 una idea que consider贸 descabellada, raz贸n por la cual le sonri贸 al espejo y entr贸 de nuevo a la oficina.
–¿Y si renuncio a este trabajo y me dedico a pedir en las calles? Tomo a la ni帽a y la visto lo m谩s pobre posible y me voy de puerta en puerta, a pedir. ¡Qu茅 pendejada la m铆a!
Un fr谩gil carcajada emergi贸 de su garganta. Se sent贸, abri贸 una gaveta y vio el rev贸lver, el que hab铆a dejado olvidado el due帽o de la empresa de seguridad. Toc贸 con ligero temor la cacha y le pas贸 un dedo por el ca帽贸n. Cerr贸 violentamente la gaveta, tom贸 la cartera y se march贸. Antes asegur贸 la puerta y se despidi贸 de la soledad de una oficina de seguros a punto de quebrar.
–Bueno, podr铆a dedicarme a la puter铆a, pero soy demasiado puritana y devota de Santa Teresita de Jes煤s. ¡Qu茅 dir铆a mi mam谩! ¿C贸mo le explico al desempleado de mi marido que ya no damos para m谩s? ¿Qu茅 le digo si en verdad me dedico a entregar mi cuerpo a cualquier desesperado en la avenida Las Delicias? Pero nada, me est谩n viendo, me est谩n vigilando. Es m谩s, yo me vigilo.
La puerta del apartamento se abri贸 y apareci贸 un hombre alto con una ni帽a tomada de una de sus manos.
–¿Qu茅 pas贸, mi amor, por qu茅 tan temprano en casa?
–Es que tengo ganas de morirme y qu茅 mejor sitio que mi casa.
–T煤 siempre con tus salidas.
–No vale, hablo en serio. Me frena la ni帽a. ¡Es que tengo unas ganas de dormir y no despertar m谩s! Este pa铆s me molesta, me tiene enferma. Estoy podrida de este pa铆s, loca de Venezuela, demente de esta cosa que nos aplasta la patria contra las tetas.
–B煤scate un amante, pero que sea neutral. T煤 est谩s muy cansada, Gisela. Eso se llama estr茅s.
–¡Qu茅 estr茅s un carajo! Es el pa铆s el que me jode.
–Olv铆date de eso. La ni帽a tiene un poco de fiebre. En el zool贸gico ni siquiera la jirafa le llam贸 la atenci贸n. As铆 estar谩 de enfermita.
–Lo que nos faltaba. No le diste una pastillita, ¿nada?
–No, mi amor. Todas las farmacias que se me atravesaron en el camino, estaban cerradas.
–Es decir, en este pa铆s no hay farmacias de turno.
–Parece.
–Bueno, en la alacena de las medicinas hay unas, d谩sela. Despu茅s la acuestas.
–Est谩 bien, trata de descansar. Ya vengo.
Dej贸 el sill贸n donde estaba recostada y se asom贸 a la ciudad. Abajo, el hormiguero se abre paso entre los buhoneros. “El mal olor llega hasta aqu铆”.
El vac铆o la atrajo con tanta fuerza que se dio cuenta cuando su cuerpo cay贸 contra el pavimento. Alrededor, la basura. Las moscas se aproximaron r谩pidamente y cubrieron de los curiosos las desnudas piernas de Gisela.
~•••~
Comentarios
Publicar un comentario