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ESA ZARZUELA DE CHURROS CON CHOCOLATE
Por Karina Sainz Borgo
#CronicasBarbituricas
El oto帽o no ha llegado a煤n al Caf茅 Comercial. No al de ahora, sino al de antes. El que entonces fue el de siempre: el local m谩s longevo de la capital, el competidor natural del Gij贸n en la antigua tertulia madrile帽a. Un term贸metro marca 18 grados a las siete menos cuarto de una tarde con lluvia y cinco hombres sentados ante una mesa recuerdan. Al fondo, un golpe de fichas difumina sus voces y su enfisema —entonces se pod铆a fumar en los bares y cafeter铆as—. Hablan unos por encima de otros y, aunque todos est谩n de acuerdo, parecen discutir; si no… ¿por qu茅 gritan de esa manera?
Zapatero los encabrona; y mucho. En ese entonces pasaba todos los d铆as: la gente se enfadaba. Parec铆a aburrida de su propio bienestar. Las hipotecas las regalaban; si dejabas un trabajo, consegu铆as otro la semana siguiente; ETA daba patadas de ahogado y nada hab铆a comenzado todav铆a a derrumbarse, aunque ya comenzara a caerse a pedazos. Se viv铆a como Dios, pero nadie parec铆a satisfecho… estos abuelos tampoco.
M谩s que el presidente de Gobierno, lo que parece molestar a este grupo de jubilados es la vocaci贸n del entonces presidente socialista por recordar la Guerra Civil. La ley de Memoria Hist贸rica propuesta por el PSOE los enfurece a煤n m谩s que la propia contienda. Les incomoda que todos se sientan autorizados a recordar, porque —aunque parezca— la memoria no es un privilegio al que todos puedan acceder, al menos a juzgar por el alt铆simo list贸n que estos ancianos adjudican al pasado: ese terreno minado al que van a parar las colillas como esquirlas. Aquello no fue as铆. Fue as谩.
Los cinco hombres piden churros, tambi茅n chocolate. Remueven el bebedizo con cucharillas astilladas. Pringan el churro en el cacao y lo mordisquean con mordiscos vigorosos. Ejercen su jubilaci贸n impunemente, con gusto. Defienden, si no la desmemoria, al menos s铆 el derecho al recuerdo que unos detentan por encima de otros. Parecen preferir el olvido, como quien escoge una almohada de p煤as para recostarse. «Cuando se nos escarba, sacamos lo nuestro», dice uno.
El actual ej茅rcito les parece una verg眉enza, una «pandilla de ni帽as» —entonces el lenguaje inclusivo y sus linchamientos era algo remoto—. «Si hubiesen visto el ej茅rcito del General铆simo… —asegura—. Eso s铆 era un poder militar», refunfu帽an con su humor de pantuflas. Un camarero trae otra taza de chocolate espeso y humeante. El mayor de la mesa subraya su derecho de palabra y desde帽a al resto por considerarlos solo testigos. 脡l s铆 que estuvo, 茅l s铆 pele贸. 脡l tiene m谩s y mejores recuerdos.
Investido con sus medallas imaginarias, el hombre chasquea la lengua. General铆simo s铆, pero tampoco tanto. Su condici贸n de actor y testigo lo autoriza a interrumpir la gallera decr茅pita: «Os voy a contar algo. El campo de tiro nuestro se llamaba Matabueyes. All铆 llegaban los tanques de Segovia. No hab铆a ninguna coordinaci贸n, el 煤nico que sab铆a qu茅 hacer era el cura. ¡No ten铆amos ni agua para afeitarnos!».
Para no quedarse atr谩s, alguien exagera el volumen de su voz con la clara intenci贸n de interrumpir, esa manera de hablar que se parece al derribo y que agota al mismo tiempo que vitaliza. «En el desfile de la Victoria desfilaron 200.000 hombres. Comenz贸 a las nueve de la ma帽ana y termin贸 a las ocho de la tarde. Hubo gente… —lo repite tres veces, para abrirse paso en la alharaca y evitar ser interrumpido—. Te digo que hubo gente que marchaba codo con codo para poder entrar, todo completo hasta el Palacio Real».
Pierdo sinton铆a, un sonido de copas deshilacha las frases. Alzo la vista. En la glorieta de Bilbao el cielo ha oscurecido. Luces de coches encienden y apagan la tarde. Regreso sobre las p谩ginas de una novela que me aburre y que leo por llenar el tiempo hasta la siguiente. He tra铆do muchos libros y compro otros m谩s en mis largos paseos por las calles de Arg眉elles. Mi caf茅 no llega y me impaciento. Enciendo otro cigarro. De pronto vuelven las voces. «Ese soldado de infanter铆a analfabeta ya no existe, Franco los educ贸». Algo en sus voces parece decir: cuidado con lo que recuerdas. En dictadura viv铆amos mejor.
Hay una paz que solo incumbe a la gente muerta. Los sobrevivientes administran el privilegio que pierden los difuntos. Ahora alguien recuerda por ellos, ordena el tiempo seg煤n les parece y distribuye la historia como peones alrededor de una partida de ajedrez. Diestros y siniestros se acomodan para sorber su chocolate espeso y zampar sus churros calientes. Saborean el oto帽o como un tiempo pasado, algo que almacenan en sus vidas, cual despensa hist贸rica.
El pasado: esa cosa que amarillea, como los d铆as de Miguel Hern谩ndez. El problema no es lo que se recuerda, sino la autoridad de quien lo hace. Los motivos est谩n de m谩s. Siempre que haya churros habr谩 democracia, aunque ya no lo noten. Y aunque su taza civil se enfr铆e, ya no notar谩n la diferencia, porque alguien vendr谩 a reponerla. En el Caf茅 Comercial las fichas han dejado de sonar, las voces de los cinco hombres tambi茅n. Todos sorben, hambrientos a煤n de qui茅n sabe qu茅.
Octubre, 2006-2018
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