ΡΕΝΤΙΤΟ

Por Julio Miranda 

Paolo vende palillos de dientes en la costiera amalfitana. Es un buen lugar. Pero es un mal oficio.

En Roma, a comienzos de los sesenta, inventó el hiperrealismo por su cuenta. Pintaba aquellas trattorias con toda su mugre, cada espagueto nítidamente diferenciado del de al lado, las manchas de salsa en los manteles. La cosa era todavía nueva. Gustó. Expuso. «La impávida ferocidad del ojo», escribió un crítico. «Paolo Venturini toma partido por la materia», dijo el de L'Unitá. Se vio con plata, con mujeres. Siguió viviendo en Campo dei fiori porque le encantaba el alboroto y era lo suyo, a fin de cuentas, su gente.

Luego vino mayo —del 68, por supuesto— y lo partió un rayo. Se pasó al grafismo: cubrió de letreros, con impecable caligrafía, no sé cuántas calles. Le supo a poco. Subió a Milán: fue rojobrigadista. Al primer atentado se rajó. No era cobarde, sencillamente no entendía eso de reventarle las piernas a balazos a un enemigo de tercera fila.

Bajó a Nápoles: fue «indio metropolitano», como quien dice hippie del subdesarrollo —un subdesarrollo con columnas rotas pero subdesarrollo al fin. Demasiado folklore. Se convirtió en «perro solitario», ya saben: cada uno es su propio movimiento, su propio líder y seguidor, su propia llaga viva porque si son dos, seguirán siendo perros pero solitarios no. Para comer, «recuperaba» objetos, quitándole al sistema apenas una porción mínima de toda esa plusvalía.

Se enteró de que lo buscaban y, para no terminar en «pentito» —los italianos son tan católicos que hasta a la delación la llaman arrepentimiento, se confiesan ante el Estado y El los absuelve, se fue del país. Rebotando, cayó en Caracas.

Me contó todo esto frente a innumerables pizzas. Cataba una por una. Pensó hacer una guía. A ver si la acabo yo.

Lo enloquecieron las mulatas, el ron, el mar con cocoteros —creo que en ese orden. Tendía a la síntesis: una mulata en la playa, de noche, bajo las palmeras, bebiendo ron en coco. Sintetizó con frecuencia.

Le advertí que recuperar, así a lo pobre, era aquí peligroso. Que te partían el alma por llevarte una lata de atún, un paquete de arroz, la menor cosa. Lo pensó bien. Se puso a dibujar.

Su antiguo hiperrealismo, en el terreno erótico, producía resultados espeluznantes. Si ya nuestras mujeres son hiperreales naturalmente, imagínenselas retratadas por Paolo. Sus dibujos se los quitaban de las manos. Pero los malvendía: 200, 300 bolos. Algún amateur le proponía que fuera a su casa: «Interior con mi esposa» y temas de esa índole. No le gustaba. Prefería los bares, donde ya lo conocían. A veces, hacía trueque: le pagaban con tragos. Así, ni tocaba el dinero, ¡ah, mayo! «Eres un ácrata del porno, un pornácrata», le dije. Sonreía. Pero estaba harto.

Entonces se fue a Mérida. Cambió el ron por los hongos. Pintó paisajes: montañas y montañas y montañas. Alucinó. «Se ve todo más limpio, más preciso», contaba. vibrante». «Hasta la muerte vibra». Había tenido una experiencia fuerte, dialogó con Ella, pidió seguir viviendo, se lo concedieron.

—¿Cómo era?
—Blanca, toda blanca.
—¿Y vibrante?
—Sí, una blanca extensión, hecha como de placas vibrantes. —iCoño, Paolo, eso sí que no me lo calo: una muerte cinética! ¿Te imaginas qué desesperación, qué castigo eterno? Lo que tú viste fue el infierno.

Sonreía, Paolo siempre sonreía. Pero igual estaba harto.

Tuvo líos con la DIEX. Se le había vencido la visa y por algún motivo no se la renovaban. Tampoco tenía dinero para arreglarlo. De Italia le escribían que todo estaba tranquilo. Metió cuanta botella de ron le cupo en la maleta y ciao.

Luego me han ido llegando sus postales: que si Paestum, que si Amalfi, que si Ravello, que si Positano. Muy bonito, de acuerdo. Pero Paolo vende palillos y, en lo poco que escribe al dorso, sólo me habla de la vibrante muerte blanca, el mar con cocoteros, el ron y las mulatas —creo que en ese orden.

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