Bananas para monos

Por Diego Fonseca 

«Not that like children Billy was incapable of conceiving what death really is. No, but he was wholly without irrational fear of it, a fear more prevalent in highly civilized communities than those so-called barbarous ones which in all respects stand nearer to unadulterate Nature.»

Herman Melville, Billy Budd, Sailor

La chica es rubia teñida. Hecha. Hecha quiere decir eso: hecha. Una linda de billetera. La nariz le costó diez mil dólares. Labios y pómulos otros diez. No veo la pechera, pero allí debe haber tirado ocho grandes. Siliconas de kilo y medio. Así se esconde un corazón.

No me fijé en ella por atracción personal. Indudablemente la posee, como muchas beach girls de California. La fiché por el auto. Se detuvo en el semáforo de 76th Street y 29th Avenue. La chica es latina, una de las miles de San José, pero quiere ser gringa. Quiere ser. Quiere mucho ser. Así que papi chulo debió echar mano al bolsillo y poner lo que debe.

Poner lo que debe se llama un chingo de lana. Un vagón de guita. Una perrada de mangos. Harta plata.

O se llama Mercho. Un C300 Sport Sedan. Un Mercedes Benz en perfecta regla. Flamante. Negro, con la trompa de zapato caro y motor de Stradivarius. Asientos de cuero, potencia de transbordador espacial y todas esas cosas bien sabidas en la publicidad. Es una obscenidad de dinero. ¿Cómo no quieren que les pasen cosas? Son bananas para monos.

Baste decir que el auto me tiró del rabillo del ojo. La chica venía de extra, como un GPS. No podía menos que mirarla. La saludé, me saludó. Todo normal. How-ya-doing.

Nunca tuve la intención de romperle la cara para robarle el carro. Jamás. No soy del tipo violento. Sólo que si se ponen histéricas, tú sabes, debes tomar el toro por los cuernos: control de daños.

En este caso eso significó quedarme con media cabellera en mis manos. (Sorry, babe.) Y cargarme por lo menos veinte mil dólares de la inversión del papi chulo cuando le partí el pómulo con la cruceta y la nariz de un trompazo. Psss... ¡Cóbrame la renta, mi amor! ¡Envíame el bill al Viejo Cuscatlán, baboso!

Esto es lo endemoniadamente chistoso: a la rubia le preocupó más su cara que ver al Mercho volando con mi socio al volante. Pedía a gritos que no la toque. Fucking bimbo. Bastaba que mantuviera el pico cerrado y se iba de allí dando saltitos sobre sus agujas de quince centímetros.

El seguro paga pero estas bestias no saben nada. Cuando pasan los veinte el botox —venenito de culebra para el serpentario— les hace puré el cerebro.

Así que gritaba y gritaba y ahí tuve que mandarle el barretazo a la nuca. Se desmayó al instante. Gracia de dios: por fin algo de silencio.

Se la pasé a mi otro socio, que la arrastró detrás de unas bardas. Le dije que hiciera lo que quisiera con ella. Todos sabemos qué es eso. A él le gustan pechugonas.

Llamé al compadre, que ya iba con el Mercedes camino al desguace. Fácil, el C300 da veinte mil. Otro Mercho más o un Jaguar y ya: hechos por el día. No es fácil ganarse el pan que papá diosito no da.

Dejo al socio arrancándole la ropa a la rubia detrás de los árboles de un Walgreens. Vuelvo al semáforo con la carita de pobretón demandante.

La facha ayuda, qué no. Negro, flaquísimo, tengo un piano como dentadura. Uso una T-shirt amarilla para que me vean bien de noche. Y un cartel escrito a mano que dice: «We are all the same six feets under».

¿Quién no va a darme algo? La gente es naturalmente buena y yo me los sé ganar. A los que no, basta el humor de la frase para sacarles un gesto. Si los pillo, ahí voy y completo el asunto. Converso un poco y me llevo unos pesos. Varios miles, I mean.

El semáforo está rojo otra vez. Aquí se asoma esta chicuela calzando sobre la pechera el logo de los Clippers. Bellísima. Ojos turquesa, blondie natural. Tiene un Nissan X-Terra. Abre la ventanilla, sonríe. How-ya-doing. Me da unos quarters. ¿Ven? La gente es buena.

No le haré nada. Esa SUV da poco. Un Mercho o un Gatito es lo que necesito. Creo que ahí viene uno. 

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