LA MÍSTICA DE LAS ACERAS

Por Fedosy Santaella

#RetabloDePlegarias

Te sientas en una acera y por un instante lo sabes. 

Esa sensación de estar ocupando un espacio íntimo y al mismo tiempo inconmensurable, un hiato poético, discretamente sacro. 

Pobres de aquellos que no se han sentado a fumar sobre una acera y no se han quedado así, en plena tarde, suspendidos del mundo, en ese intervalo impreciso que dura un cigarrillo. 

Es lo bueno, a pesar de la causa, de algunas calles de Caracas. Las urbanizaciones están cercadas por paredes, por rejas, por las mismas casas que se vuelven sobre sí mismas. En la entrada de muchas de esas calles, una garita de vigilancia restringe la entrada. Son obra del miedo que se traduce en seguridad / paranoia. Una vez adentro, estás tranquilo, o relativamente tranquilo. Entonces es posible sentarte en una acera. Sales en la tarde, cuando el sol se empieza a poner, y te sientas en la acera frente a tu edificio, o un poco más allá. Enciendes un cigarrillo y te lo fumas en silencio. Si estás acompañado mejor, porque entonces los dos fuman en silencio, y conversan cualquier tontería, esas grandes cosas de la vida. Conversas y te despides, porque si bien el momento parece eterno, cada vez que fumas sentado en una acera con alguien, te estás despidiendo. Poco a poco nos vamos despidiendo. De los amigos, de los amores, de la vida. 

Es así. Sólo tienes que hacerlo y comprobarlo. Te sientas en una acera, fumas, miras el cielo, el inmenso cielo y las copas de los árboles (Caracas, si no te has dado cuenta es una ciudad llena de árboles). Nunca nos detenemos a mirar el cielo, nunca nos detenemos a mirar los árboles. Allí está esa electricidad que nos recorre. 

Bendito sea el cigarrillo que te fumas sentado en una acera. Benditas sean esas tardes de mística sin mística, de cigarrillos, de paz que refresca en medio de la debacle de un país. ✹

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