IMPERATIVO
Por Gisela Kozak Rovero
#EnRojo
#ElGranDespecho
¡Silencio!
Se escucha la voz del pueblo.
Yolanda Pantin
Se levanta de excelente humor como siempre, prende el radio a todo volumen y canturrea «Cheche colé, qué bueno é, che che colita muerto de la risa», la esposa le dice baja eso, él se encoge de hombros y se va al baño. Se tarda una hora entre la ducha, un pajazo en honor a las tetas de una compañera de trabajo, la afeitada, la defecación, sin pararle a las protestas del hijo mayor que tiene que ir a la universidad. Se toma cuatro tazas de café negro y, luego, discute con la mujer por asuntos de dinero mientras se come tres arepas rellenas de cochino que le mandó su mamá y tres jugos de naranja con zanahoria. Suena la señal que indica la llegada de un mensaje de texto: es la noviecita del canal. Lo borra mientras finge un ceño fruncido. Tiene mucho trabajo hoy, qué vaina. Veinticinco años como camarógrafo no son poca cosa, piensa orgulloso.
Sale del apartamentico situado en unas torres grandísimas y da golpes en la puerta del ascensor para que los vecinos abusadores lo dejen libre; cuando llega coloca el morral para que no se cierre y se devuelve a su casa para volver a orinar. Se monta y observa las caras largas de los vecinos apurados para llegar al trabajo; va oyendo en su MP3 un reggaetón cualquiera a todo volumen.
Abre la reja de la entrada del edificio y pasa sin ver al tipo que carga una inmensa caja con un televisor y casi se cae al tratar de entrar. Quita los dispositivos de seguridad de la moto, se monta sintiéndose vaquero como siempre, arranca, hace un trecho de diez metros por la acera y le grita vieja pendeja a una mujer más joven que él, blanca, delgada, pequeña y con lentes, acompañada por un niño de unos tres años que tiene tomado de la mano. La vieja pendeja esa se atrevió a decirle que las aceras son para la gente, qué se cree la vieja puta. Golpea con el casco negro un carrito rojo en el que va una tipa a la que ni ve pero adivina que no se la cogieron esta mañana porque le reclamó que le rayó el carro al pasar. Llega al canal de televisión, saluda a todo el mundo; la gente se ríe, siempre tan chistoso y simpático él. Hay unas tomas en el escenario de la casita. Una mujer de unos treinta años —de piel color miel, pobremente vestida con una falda marrón claro, una franela manga corta de rayas blancas y marrones, unas sandalias raídas de color dudosamente blanco y el pelo liso color castaño recogido en una cola—, destaca en la puerta de la casita nueva. Mi amor, le dice el director de la propaganda, tienes que parecer más creíble. Ella asiente, sonríe nerviosamente, cierra los ojos por un largo minuto mientras inspira y expira el aire. Piensa en ese camarógrafo alto, atlético aunque con barriguita incipiente, moreno, de ojos achinados, de cabello rizado y peinado hacia atrás con el copete alborotado y debidamente abrillantado con gelatina. Ella sabe que no va a dejar a la esposa pero la tiene loca, loquita. Mira hacia arriba, pone los ojos en blanco y unas lágrimas humedecen sus ojos mientras con aire de estar drogada afirma que gracias a tal gobernante ella tiene su hogar para sus hijos, dios lo bendiga y lo conserve para siempre en el poder. ¡Cooooorten! Por fin, carajo, grita el director de la propaganda. El camarógrafo le lanza besos disimulados y guiñadas de ojo, ella recuerda lo rico que es en ciertos lugares, se enciende, disimulan, salen del canal, un hotelito, rico sin condón tranquila mami, él tiene que seguir, número uno habla ahora más tarde. Quedó chévere la propaganda. Sí, dice él orgulloso, yo hice una en 1990 sobre un tipo que agradecía la beca alimentaria para sus ocho chamos, sí, no se lo digas a nadie, tú sabes que yo estoy cuadrado y claro. Bueno, nada, el número uno habla hoy al pueblo desde cerro arriba: cobro un verguero de horas extras. Vuelve al canal, habla un buen rato con los panas de las oficinas, se va para el barrio La Bombilla con el equipo, filma y filma, está cansado, tiene hambre y sueño, se muere por una cerveza. En eso unos ojos pequeños en una cara porcina lo enfocan y una voz tonante le dice:
—Tú, sí tú. Andas cobrando horas extras en el canal cuando vienes a trabajar para mí. ¿No sabes que hay que ahorrar y hay que controlar los gastos del gobierno?
Él no dice nada, sonríe eso sí, zumbado porque sabe que lo están enfocando con la cámara y que los panas lo van a ver. Le tiemblan las piernas, le duele el estómago (¿las arepas de cochino?), sabe lo que le viene, sabe, sabe, sabe. Pero también sabe que él seguirá siendo camarógrafo después de todo, lo sabe, lo sabe muy bien.
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