ESTOY ACABADO
Por Julio Miranda
Yo fui por lo del insomnio. No quería tomar pastillas y me lo recomendaron. El me puso a hablar, que le contara todo en detalle, empezando por el último mes. Le iba a referir algún sueño, yo sé que les gusta, pero me cortó: ese material no le interesaba. Sólo lo cotidiano, vaya, para la psicopatología de. Y entre unas cosas y otras, salió la bendita cremallera. Ahí me detuvo. Que si profundice. Que si relacione. Se obsesionó, pues.
A mí me parecía una pendejada, un accidente bobo que le pasa a cualquiera. Yo estaba distraído y al mismo tiempo nervioso, esperando a la ascensorista de la oficina. Tanto sube y baja y al fin dijo que sí, que vendría a charlar, a tomar un cafecito, algo inocente, como amigos —repetía pero se reía (ya estoy analizando yo también). Entonces tocaron a la puerta y pensé que era ella y con la prisa y, bueno, me lo enganché con la cremallera. Total, un rasguñito.
—Casi se circuncida, amigo.
—No exagere, doctor.
—Deje las resistencias. Está clarísimo: el lugar, el momento. No fue en el cuarto, vistiéndose, *no. Sino en el baño, sobre — subrayaba— la poceta (¿dónde querrá que?, pensaba yo) esperando a la mujer deseada!
—Vaya, pues.
—Envidia de la menstruación. Ocurre. Con más frecuencia de lo que se cree.
Me pareció inadmisible. Para colmo, !una regresión pregenital!
—Freud no habla de eso, doctor, usted perdone.
—Freud: Collected Papers, V, 197.
—¿Y en Biblioteca Nueva? —No recuerdo la página.
—Me está citando prácticamente una biblia anglicana, doctor. ¿Se da cuenta?
No quería darse cuenta. Además, Freud se refiere a otra cosa, se lo dije. El Viejo apenas tocaba ciertos asuntos.
—¿Y usted qué sabe?
—Soy corrector de pruebas, doctor, leo un poco de todo, lo que me mandan.
—¿Y qué está corrigiendo ahora?
—Lacan.
No debí haberlo dicho. Se levantó, daba vueltas, iba hasta la pared, retocaba un diploma algo torcido y volvía. A la carga: que si yo me vendía al mejor postor, que si me fuera a tratar con ellos, y así. Es verdad que yo me resistía. Pedí sus fuentes:
—Ferenczi.
—Ese era un húngaro loco y un chulo del transfert que se cogía a sus pacientes, doctor.
—Bueno: Wolff, Reik, Rangell, Bettelheim, Groddeck...
—Ah... Groddeck.
Fue un directo a la mandíbula. Me tambaleé. Busqué las cu.erdas. El me pasó la esponja:
—Ni se asuste ni se preocupe. ¿Su novia tiene envidia del pene?
—La verdad, no se lo he preguntado.
—Hágalo.
Pensé en cuál de mis novias aguantaría la pregunta. Quizás Sofía. Pero Sofía era capaz de interpretarlo literalmente. ¿Me iba a dar miedo a la castración ahora?
El siguió hablando. Yo ya no escuchaba. Me levanté y me fui. Al pasar, dejé una orquídea en su mesa. Mi insomnio es más fuerte que nunca.
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