¡En este país nadie lee!

A L.R.

Por Héctor Torres 

#CaracasaMuerde 

Le encanta releer clásicos. Vuelve a ellos cuando sus contemporáneos comienzan a lucir repetidos. Una tarde, de regreso a casa del trabajo, entró en una panadería cercana. Un ejemplar de la Ilíada la acompañaba acunado en su brazo derecho. Compró pan, leche y queso y colocó el volumen sobre el estante para buscar el dinero en su cartera. Mientras esperaba por su vuelto, quedó un momento en silencio frente al muchacho que la había atendido; por los rasgos, obviamente portugués. El muchacho inclinó la cabeza y entrecerró los ojos, observando el libro con atención. Ella no sabe por qué, pero cuando esas cosas suceden se pone un poco a la defensiva.

—La Ilíada, leyó el muchacho en voz alta.

Ella asintió, un tanto incómoda, y rogó en silencio por que le entregaran su dinero pronto, por que a continuación no viniera un chiste, una pregunta estúpida, un comentario fuera de lugar.

El cajero trabajaba como el motor de un viejo tractor de película.

—A mí me gusta –comentó el portugués, asintiendo con un grave ademán–. Pero me gusta más La Odisea. Es más bonita. Esta es muy sangrienta.

Se podría argumentar que los textos de Homero son conocidos en el mundo. Pero lo que le ocurrió un par de años antes resulta mucho más curioso. Sospechoso, diría algún cultor de las teorías de la conspiración. En esa ocasión iba en un bus leyendo un libro de Augusto Mijares.

Lo afirmativo venezolano, si mal no recuerdo –evoca ella.

Aunque llegó a ser ministro de Educación, Mijares es poco conocido hasta por los venezolanos, lo cual no debe extrañarnos. Una amable agudeza suele acompañar sus reflexiones sobre la educación. Leerlo es escuchar consejos de un abuelo sabio que, más que regañar con cortesía, nos hace ver los errores con discreta erudición.

Muy cerca de la puerta de entrada iba ella con su libro y, en un momento inesperado, el conductor del bus, viendo de reojo, comentó, como hablando consigo mismo, suspirando mientras sus brazos ejecutaban una coreografía con el inmenso volante y la palanca de cambios:

—Augusto Mijares. ¡Qué importante es leer a ese señor! Si lo leyéramos más, este país no estaría como está.

Hay que vivirlo para saber lo que es un vagón del Metro a las siete de la mañana. Leía un ejemplar de País portátil de la edición de 1973. Toda una reliquia.

—Te lo presto si me lo cuidas –le dijo el que se lo prestó.
—Claro, vale, ¡por favor! No faltaba más –debió responder ella, pero no desconocía que su sonrisa era más eficaz que mil palabras para ablandar el corazón de los dueños de libros ajenos deseados. Por tanto, la ejecutó en silencio.

Atravesaba Caracas en un vagón de Metro, leyendo que Andrés Barazarte lo hacía en un autobús. De pronto, en medio del calor y el apretujamiento, sintió que las letras se evaporaban gradualmente. O, más bien, como si hicieran una veloz y continua degradación hacia un gris muy claro (hasta alcanzar 5% de negro, dirían los entendidos en artes gráficas). El frío empezó a subir por sus piernas. Los sonidos del entorno comenzaron a hacerse huecos, mientras su propia respiración los iba apagando. El frío dio paso a una placidez. Enorme. Total.

Despertó sentada en un asiento del vagón. Varias personas la rodeaban. Un funcionario del Metro la estudiaba en silencio.

—¡Despertó! –oyó que dijo alguien, y comprendió que se referían a ella.
—Desmayarse en el Metro –se quejó–. La forma más fácil de regalar tus cosas.

Sus ojos preguntaron por su bolso.
—Todo está aquí, mi niña –le dijo un moreno que se lo extendió con ternura.

Tratando de no ofender, hizo al tanteo un disimulado inventario de lo más importante: monedero, celular, llaves... ¿Y el libro?

Ella tiene una risa franca. Una risa limpia, sin recodos malintencionados. Pero en contadas ocasiones esa risa se vuelve misteriosa. Sucede, por ejemplo, cuando alguien quiere parecer inteligente en una conversación, y no se le ocurre otro recurso que acudir al clásico tópico de «en este país nadie lee».

En esos casos, su risa limpia adquiere un extraño matiz, un misterio lapidario que intimida al infeliz interlocutor, junto a un ligero vaivén de cabeza. Podría echar alguno de sus cuentos, pero se limita a decir:

—Hay de todo, no te creas.

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