EL SURFISTA NUREYEV

Por Toto Aguerrevere

En agosto de 1981, el bailarín Rudolf Nureyev vino a Caracas a bailar “Giselle”, durante las celebraciones por el centenario del Teatro Municipal.
 
Salvador Itriago, presidente de la Fundación Teresa Carreño, estuvo a cargo de su visita y le pidió a Trina, su hija de diecisiete años, que lo acompañara. Los dos entablaron una bonita amistad y junto a ella, Nureyev recorrió la construcción del Teatro Teresa Carreño y bajó a La Guaira a bañarse en el mar. 

Todos en el club de playa al que fueron querían un autógrafo del bailarín. Él, en cambio, solo deseaba aprender a surfear. Trina lo complació y convenció a un surfista para que le diera una clase. Emocionado por la oportunidad, Nureyev se quitó su boína de cuero y se lanzó al agua.

Al poco tiempo llegó el Dr. Itriago a la playa. Al ver al soviético erigirse sobre una tabla, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a silbarle a Trina para que se acercara a la orilla.

—¿Tú te volviste loca? —le gritó a su hija—. Ese hombre baila mañana. Dile que se baje ahora mismo. ¡Se va a romper una pata! 

La noche siguiente, el Teatro Municipal se vino abajo en aplausos al ver a Nureyev hacer su entrada. Desde la primera fila, el Dr. Itriago respiró aliviado al comprobar que las piernas del bailarín más famoso del mundo estaban intactas. 

Años después, Trina describiría la presencia de Nureyev sobre el escenario como magnética. Cuando le pregunté si su papá la había perdonado, me contestó: 

—Te lo pongo de esta manera. Mi papá murió en 2004 y yo sigo castigada.

⳼fin⳹

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