EL POETA QUÍMICO

Por Mario Mendoza

El mexicano Jorge Cuesta es reconocido hoy en día como un extraordinario poeta y ensayista, pero en realidad era químico de profesión. Y esa visión científica sobre la materia fue la directriz de su vida. Consideraba su propio cuerpo una cosa, un objeto de estudio, algo disociado de sí mismo, de su psique, de su conciencia.

Fue el jefe del laboratorio de la Sociedad Nacional de Azúcar y Alcoholes, donde se la pasaba probando líquidos y mezclas raras ideadas por él: una bebida que impedía que el alcohol hiciera efecto en el cuerpo, una pócima que podía convertir el agua en vino, una sustancia que le produjo una catalepsia de pocos minutos. Todo lo probaba él mismo, como si fuera por un lado el científico y por otro el conejillo de Indias. Era callado, introspectivo, melancólico.

Poco a poco, esa extrañeza con respecto a la propia materia que lo componía lo hizo llegar a un punto que no dejó de asombrarlo: no podía sentir de verdad, no lograba que las pasiones lo afectaran así como a los demás. Los sentimientos le parecían sólo un derivado de la materia, una consecuencia, un efecto más. Los otros se enamoraban, sentían celos o envidia, deseos de venganza o ganas de matar, pero él era sólo un espectador de pasiones ajenas, alguien que estaba condenado a analizar a los otros desde lejos. Esa distancia le hizo daño, lo aisló, lo dejó a merced de sus propios delirios.

En un momento determinado, Cuesta empezó a experimentar con enzimas que debían incluso modificar el comportamiento de género. Se convertiría en un Adán Kadmón, en una deidad bisexual, en un viajero transexual que rompería para siempre esa división absurda entre lo femenino y lo masculino. Me parece extraordinaria la imagen del poeta inyectándose fórmulas preparadas por él mismo al fondo de su laboratorio, solo, mientras la luz desaparece lentamente a través de las ventanas. Es difícil encontrar a un escritor que haya tenido tan claro el hecho de que la literatura sucede, nace, se gesta en el cuerpo.

Un día, Cuesta sangró debido a unas hemorroides. Pensó que se trataba de su primera menstruación y se alegró. Terminó en el psiquiatra, y la familia y los amigos lo vigilarían de allí en adelante. Pero ya no había nada que hacer. El poeta se había saltado los límites hacía rato. Lo llevaron a un hospital mental, donde estuvo recluido un tiempo. En una de sus salidas sufrió una recaída brutal e intentó cercenarse los genitales. Lo recluyeron de nuevo en el sanatorio del doctor Lavista, en la colonia Tlalpan. Un día los enfermeros que tenían la orden de vigilarlo sin descanso se descuidaron y el poeta se ahorcó con las sábanas de su propia cama. Era agosto de 1942. Afuera, más allá de la clínica, el horror también se estaba apoderando del mundo entero. 

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