EL CIRCO ROTO
Por Gisela Kozak Rovero
#EnRojo
#ElGranDespecho
La fiesta se ha apagado
las luces del teatro ya no existen.
Hanni Ossott
Es un hombre anciano, pequeño, menudo, pulcro hasta la exasperación, de cabello escaso aunque todavía oscuro, cejas muy pobladas, boca pequeña de labios cuyas comisuras apuntan hacia abajo, dientes blancos y cuidados, orejas grandes y ojos negros. Su hablar es pausado, de dicción perfecta y tono mesurado y prudente.
El anciano venerable parece salido del retrato de algún personaje importante colgado en la pared de la Casa del Libertador Simón Bolívar o de la Galería de Arte Nacional, pues todo en él recuerda a los cuadros de Martín Tovar y Tovar con colores marrón, negro, rojo vino tinto, dorado.
Es empresario, patriarca de su familia, apreciado por sus amigos y conocidos, padre ejemplar y buen esposo. En este momento está dormido; tiene una pesadilla en la que se abre una inmensa puerta y una alta y corpulenta figura le dice cómo está la vaina, ¿preparando todo? El digno anciano es levantado del piso, su espalda es golpeada y siente el aliento a dientes no muy perfectos y café negro tinto. El Presidente de la República le señala amistosamente una silla frente a la suya y le comenta: qué, ya mis opositores se creyeron el cuento de que los vas a salvar mi viejo. El anciano asiente con lentos movimientos de cabeza. Ya sabes, viejo, tú eres intocable, te escapas a una embajada y te vas. El anciano vuelve a asentir con gesto tan adusto que parece que va a castigar a un niño insolente mandándolo a arrodillarse en la esquina del salón de clases, como se estilaba cuando él era pequeño. No quiero sangre Presidente, solo mi dinero en el banco y garantías para mi familia; pero claro mi viejo, ese es el trato. Epa mi edecán que traigan unas arepas ahí que tengo hambre. ¿Tú quieres? No, no, no, responde su digno interlocutor mientras hace gestos con la mano derecha…
Despierta sobresaltado y se dirige al baño para acicalarse: se cepilla los dientes, se lava la cara, se perfuma, empieza a silbar la melodía final de Pompas y Circunstancias, del inglés Edward Elgar, una música emocionante digna de un rey; imagina una corona en su cabeza y recuerda conmovido que cuando era niño se colocaba una de plástico que imitaba la muy sobria del Príncipe Valiente, un héroe de comiquita, de armas tomar y novio de una catira bien bonita llamada Aleta. Sonríe con satisfacción, luego se pone serio, arregla una mirada intensa de varón ilustre, abre la puerta y se dirige a la sala en la que será declarado Presidente de la República y salvador de la patria. Ignora que tan alto destino solo durará unas horas, pero la maldición y el ridículo durarán años.
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