[DESCONOCE AQUEL…]

Desconoce aquel
por qué tanta sangre derramada
Elizabeth Schön

#EnRojo
#ElGranDespecho

Por Gisela Kozak Rovero

El general de piel aceitunada, un metro y ochenta centímetros de estatura, ojos negros y grandes, espesas cejas, largas pestañas, nariz recta, cara larga y cabeza completamente afeitada, está a régimen para adelgazar diez kilos de sobrepeso. Se levanta a las cinco de la mañana, trota sostenidamente durante una hora vigilado por dos escoltas, regresa a su lindo apartamento en una urbanización del este de Caracas, desayuna pan tostado con requesón y mermelada de mora sin azúcar, café con leche descremada acompañado de edulcorante artificial y una ración generosa de fruta fresca. Se ducha con vigor y entusiasmo utilizando un jabón fuertemente antibacterial pero sin perfume; se afeita, observa en un espejo su cuerpo fuerte en el que los músculos no han perdido mucho sus líneas definidas y bien cinceladas, suspira ante su vientre ya no tan plano, se enorgullece de su sexo de buen tamaño y respuesta todavía satisfactoria aunque menos que antes. Antes de salir del baño se coloca una olorosa, discreta y varonil loción con un toque cítrico y otro almizclado que resalta su atractivo sexual para las féminas afectas a las sugerencias genéticas de los hombres fuertes y ya maduritos. Se viste con un traje blanco impecablemente planchado, se coloca una gorra y unos zapatos de fino cuero de igual color, se mira en el espejo y se saluda a sí mismo marcialmente. Ensaya una vez más la explicación a la población en la que deja claro que llevados por su sentido del honor y el deber, él y sus compañeros de armas se han visto obligados a dar un golpe de Estado. Mientras toma su teléfono celular y sus llaves colocados en la mesa de noche de su habitación se pregunta si su esposa ya salió de la casa; se sienta acto seguido en su sillón favorito, cruza la pierna izquierda sobre la derecha, prende el televisor con el control remoto, observa el canal de propaganda gubernamental y después otro afecto a ideas opositoras: nada nuevo. Se levanta, va a su habitación, se quita el uniforme de gala y se siente desengañado: cuántas veces ha imaginado la misma escena frente al mismo espejo. Dos lágrimas corren por sus impecablemente afeitadas mejillas, se las seca, se cambia el traje por un uniforme de uso cotidiano y se va al Ministerio del Poder Popular para la Defensa a cumplir con su trabajo diario. En su cabeza retumban una y otra vez las mismas frases cuyo origen no conoce: «nada nunca he tenido en mis manos, yo que odio la sangre derramada…».

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