COLISIÓN DE GALAXIAS

Por Fedosy Santaella


#RetabloDePlegarias

El escritor José Urriola postea en su cuenta de Facebook imágenes satelitales de planetas. Nos regala paisajes hermosísimos, vastas estepas de increíbles matices, mares imposibles, valles como de óleo alucinado, trazas gigantescas como ríos inimaginables. 

Suele decir Urriola que esas son sus opiniones sobre el tema político del momento en las redes, en el país, en el mundo. 

Hace algunos años, en el Museo de historia natural de Nueva York, entré a ver una película didáctica sobre el universo y allí fui testigo de la colisión de dos galaxias. El momento estaba recreado, por supuesto, pero resultó absolutamente vívido. Contemplar aquellas inmensidades, enfrentándose, entrecruzándose, desapareciendo en el más absoluto silencio cósmico fue revelador. Qué insignificantes somos, pensé. Mira el universo descomunal, mira su mecánica, su luz, su oscuridad, su poder, mira cómo lo verdaderamente descomunal se desvanece en un tris. 

No sé si uno deba detenerse en ello, si este pensamiento pueda llevar a la devastación espiritual. Alguien podría llegar a la conclusión de que su vida no vale nada, o algo por el estilo. Yo, por el contrario, intento recordarlo de vez en cuando y, por alguna razón, me sosiego. Y sí, tan poco de nuestra vida tiene verdadera importancia, pero eso no significa que nuestra vida no sea, para nosotros mismos, valiosa. Somos el universo en alguna parte de nosotros. ¿Suena tonto? No lo sé. Somos el universo y somos el mar, que es como un magnífico equivalente del universo ante nuestros pies. Le tememos al vacío, y el universo, tan increíblemente lleno, trae algo de vacío a nuestro espíritu. 

Quizás deberíamos hacer las paces con ese vacío, asumirnos en nuestra finitud. 

Leo a Gamoneda, La prisión transparente. Le leo su conciencia de eternidad, que él la llama «trunca», por causa, justamente, de la vida humana. Dice el poeta: 

«Nací, al parecer, en un desconocido que casualmente era yo. A causa de esta impertinencia espectral o mínima cosmicidad, yo estoy o no estoy en mi desconociéndome, negándome con especial agudeza, o con especial cansancio, no sé, y un día, un día cualquiera, va a cesar —ya está, creo, cesando— el vulgar accidente, la individual suspensión de la ya dicha trunca eternidad». 

Leo estas palabras y pienso en aquellas galaxias colisionado y las imágenes que postea Urriola en su página de Facebook. Los poderosos, los que se dejan tragar por el hambre del poder, quizás deberían pensar en ello un poco. El poder no es más grande que esa eternidad. El poder es apenas una trunca eternidad, una eternidad ficticia, un accidente. Pero no, los poderosos no miran hacia allá, y si lo hicieran, quizás dirían, sí, qué bonito eso de la trunca eternidad, nada más, y seguirían en lo suyo, aplastando. ✹

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