Béla Kun, el agitador húngaro que sembró el caos bolchevique en 133 días

Por Cuba con H de ortografía 
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El radical húngaro exhibió un fanatismo despiadado y destructivo al frente de una de las primeras aventuras comunistas fuera de Rusia. Capturado por los rusos en la Primera Guerra Mundial, Kun se contagió del virus leninista en los campos de prisioneros y regresó a Hungría en noviembre de 1918 dispuesto a replicar el modelo soviético. El 21 de marzo de 1919, proclamó junto a sus aliados la República Soviética Húngara, un régimen que duró exactamente 133 días y que combinó promesas igualitarias con violencia inmediata.

Kun, como comisario de Asuntos Exteriores y figura dominante, impulsó la creación de tribunales revolucionarios y grupos paramilitares como los «Lenin Boys», bandas que ejecutaron a cientos de personas entre marzo y agosto de 1919. Las cifras oscilan entre 370-600 asesinatos selectivos contra opositores políticos, sacerdotes, terratenientes y cualquiera que representara resistencia al nuevo orden. Nacionalizó fábricas, bancos y tierras sin llegar a entregarlas realmente a los campesinos, generó una hiperinflación galopante y provocó escasez masiva mientras lanzaba ofensivas militares fallidas contra rumanos y checoslovacos. El experimento se derrumbó el 1 de agosto de 1919 ante el avance del ejército rumano, momento en que Kun escapó primero a Viena y después a Moscú.

En la Unión Soviética continuó su trayectoria siniestra dentro del Comintern, organizando intentos revolucionarios fracasados en Alemania y Austria durante los años 20. Peor aún, participó activamente en la represión en Crimea, donde junto a otros comisarios ordenó la ejecución masiva de prisioneros blancos y civiles, con estimaciones que superan los miles de muertos tras promesas falsas de amnistía. La izquierda europea y global minimizó siempre estas atrocidades, presentando a Kun como una víctima del contexto o un idealista incomprendido, ocultando cómo su régimen dejó Hungría empobrecida y traumatizada.

El mismo monstruo que alimentó terminó tragándoselo: Stalin lo mandó a detener en junio de 1937 acusado de trotskismo, lo torturó y lo fusiló el 29 de agosto de 1938 en un campo de tiro cerca de Moscú. Hungría y el mundo entero cargaron durante décadas con las secuelas de esa fiebre comunista temprana, un recordatorio brutal de cómo las ideas socialistas atraen a los más ambiciosos y terminan dejando solo ruinas, cadáveres y mentiras repetidas por sus defensores hasta hoy.

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