BARBITÚRICOS CIUDADANOS

Por Karina Sainz Borgo

#CronicasBarbituricas

Una maleta nunca es la misma, cobra una nueva existencia en cada equipaje. Vive de lo que alguien aprisiona en sus correas. Late con el pulso de su carga. Puede vérselas tropezar en sus coreografías como barrigas de peces que caen sobre las terminales de los aeropuertos. Todo lo que contienen es frágil, aunque eso no las exime de acumular el sobrepeso de las buenas intenciones. Sus dueños las observan, las protegen. Luego las dejan ir, no sin antes pasar lista a la combinación del cerrojo: esa despedida implícita de las cerraduras.

Una maleta nunca es la misma. Son ese vuelo a punto de partir, ese montón de ganas envueltas en plástico. En eso pensaba mientras me vestía con el chaleco fluorescente de los que tienen algo que declarar. Llevaba conmigo toda la furia del mundo, la fiebre más alta de todas las que haya padecido alguien jamás. Pero mis párpados sobreactúan. Parecen más valientes que mi voluntad. Por eso dejé mi pasaporte en el mostrador y bajé a la pista. Obedezco fácilmente.

Allí estaba, de pie, frente a mi ultrajada maleta con aspecto de ballena, viendo cómo un funcionario de la Guardia Nacional venezolana se daba el último gusto del día al tiempo que levantaba los cerrojos con saña. Tac, tac. El funcionario me apuntaba con su uniforme verde, con su orgía de medallas en el pecho, el arma en el cinto y el país desangrado en la cartuchera de su pistola.

El distinguido auscultaba, husmeaba solo como suele hacerlo la autoridad cuando está muy ocupada, precisamente, en ser la autoridad. «¿Por qué tantos libros?», increpó. Quise decirle que llevaba toda la cocaína del mundo en esas páginas. Me contuve. Miré mis cosas revueltas: libros, cajas de cigarrillos, suéteres que no sirven para combatir el frío, objetos inútiles, lugares portátiles. En medio de la pista del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar vi apiladas las escasas pertenencias que habrían de atravesar el Atlántico conmigo. Sentí estar ante el vientre abierto de una ballena que se deja tocar las vísceras.

Sentí pudor, quise cubrirla y cubrirme. Barrunté muchas cosas, pero no hice ninguna. No pateé a los perros antidroga, no escupí al distinguido, ni arrebaté de sus manos mis sujetadores y camisas. No le pedí ni una sola explicación al Guardia Nacional. No alcé mi dedo. No pregunté cuántas balas suyas llevan nuestro nombre escrito. No reproché nada. Obedecí, solo eso. Todos a mi alrededor actuaban igual. Nos comportábamos con la docilidad de las minorías, esa gente a la que se puede apilar como a los troncos o los cadáveres.

Una maleta nunca es la misma, su pasajero tampoco. Compartimos una indefensión de pescadería. Alguien nos descuartiza, nos abre en canal, nos jurunga, nos ultraja. El día que cogí mi primer avión a Madrid entendí de qué están hechas ciertas despedidas. La mía fue eso: aquel puñado de mierda y vísceras, aquel litoral acabado; ese país insolvente al que no pude devolverle ni siquiera una lágrima.

—¿Pollo o carne?
—Pescado, por favor —respondí a la azafata.

Octubre, 2006

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