Atila
(c. 395 d. C - 453)
Por Alberto Granados
«El azote de Dios» es el terrible sobrenombre con el que se conocía al último caudillo de los hunos, no es de extrañar que lo incluyera en mi libro La historia más curiosa como uno de los «malos de la historia», y aunque repasemos de aquel ensayo algunos aspectos de su vida, en este capítulo de «grandes rutas históricas» nos centraremos también en los miles de kilómetros que recorrió aterrorizando enemigos y conquistando territorios.
Atila fue uno de los peores enemigos del Imperio romano, unificó todas las tribus bárbaras con el objetivo de doblegar a sus oponentes del otro lado del Danubio y gobernó el mayor imperio europeo de su tiempo, desde el 434 hasta su muerte en el 453.
Los enemigos no consideraban a los hunos «humanos», más bien eran para ellos la reencarnación del demonio. Se decía que no cocinaban la carne y que prácticamente vivían sobre sus caballos. No tenían casas, no utilizaban ropa limpia, apenas se aseaban y eran aterradores. Llegaban al campo de batalla cabalgando a toda velocidad pegados a sus bestias y portando arcos y flechas que utilizaban con total maestría, por lo que causaban el terror de sus adversarios rápidamente.
Su fama de crueles fue su mejor tarjeta de visita y los romanos, para evitar enfrentarse con sus ejércitos, no dejaban de negociar una y otra vez con el rey de los hunos, cambiando la paz por oro y riquezas. Roma se convirtió en el mejor suministrador de bienes para Atila, que con sus hombres llegó a las puertas de Roma. El propio papa León I tuvo que negociar con el bárbaro la paz a cambio de carromatos repletos de riquezas, pero en el camino habían muerto miles y miles de hombres de los dos bandos.
Los hunos procedían seguramente de las tribus bárbaras del noroeste de China y su ruta comenzaría en las llanuras del Danubio. Desde allí avanzarían hasta invadir Persia, recorriendo con posterioridad los Balcanes para terminar saqueando varias ciudades, entre ellas Sigindunum (la actual Belgrado). Más tarde tomaron Sérdica (la moderna Sofía), Filípolis (Plovdiv) y Arcadiópolis. Desde allí llegaron hasta las puertas de Constantinopla, la cual tuvieron sitiada hasta que la ciudad se rindió y los hunos consiguieron un buen acuerdo de paz (casi dos toneladas de oro).
Aquel botín los mantuvo algunos años tranquilos en sus dominios, pero pronto a Atila comenzó a rondarle la idea de extender su reino hasta la Galia y las costas del Atlántico. En el año 451 marchó con su ejército (que algunos escribas apuntan a que lo componían cerca de 500.000 bárbaros) hasta llegar a Bélgica. Una coalición godo-romana se enfrentaría a los hunos en la batalla de los Campos Cataláunicos, obligando a los hombres de Atila a replegarse hasta que un año después invadiría y saquearía Italia hasta el río Po. Allí varias negociaciones consiguieron que Atila se retirara.
Finalmente, cuando sus riquezas y su poder eran incuestionables, regresó a su tierra y comenzó a preparar una fastuosa boda con una hermosa joven germánica de la que se había encaprichado.
Tal y como se apuntaba en La historia más curiosa, Atila se casó con la bella joven cuando ya había cumplido los 50 años y lo celebró con un gran banquete, plagado de invitados, donde la comida y la bebida se sirvieron en grandes cantidades durante toda la noche. Misteriosamente, el rey de los hunos apareció muerto en su cama al día siguiente. Algunos relatos aseguran que después de comer y beber sin mesura tuvo una hemorragia nasal y que se ahogó en su propia sangre. Otros, en cambio, hablan de envenenamiento por parte de su joven esposa para vengarse del asesinato de su familia a manos de los bárbaros. Lo cierto es que a su muerte su ejército quedó consternado y como pensaban que el más grande guerrero de todos los tiempos no debía ser ofrendado con lágrimas de mujer sino con sangre de guerreros, sus hombres se cortaron el pelo y se hirieron entre ellos con las espadas. Era su forma de adorar al más valeroso y cruel bárbaro que ha dado la historia.
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