EL AMANTE ESCONDIDO EN EL TONEL

Adúltera ingeniosa, engaña al marido

Un hombre que padecía estrecha pobreza, hacía trabajos de artesano y de este modo, con sus escasas ganancias, sostenía su vida. Tenía una esposa también pobre, pero muy conocida por su lascivia. Un día, cuando el marido marcha de mañana a su trabajo, un atrevido amante entró ocultamente en su casa. Y mientras se dedican sin preocupación al combate de Venus, el marido, ignorante de lo que pasaba y no sospechoso de ninguna cosa tal, vuelve inesperadamente a la casa. Y como la puerta estaba cerrada y atrancada, tras alabar la virtud de su esposa, llama a la puerta, anunciando al mismo tiempo su presencia con un silbido. Entonces la mujer, astuta y muy ingeniosa para esta clase de crímenes, esconde con disimulo al hombre, al que deja libre de sus fuertes abrazos, en un tonel que estaba medio enterrado, pero vacío, en un rincón; y abriendo la puerta recibe al marido que entra con ásperas palabras: «¿Vas a pasearte así, desocupado y ocioso, con las manos en el regazo, y no vas a mirar por nuestra vida realizando tu trabajo habitual y a buscar algo para nuestro sustento? Y en tanto la desdichada de mí de noche y de día hilo lana y me retuerzo los nervios, para que al menos luzca un candil en nuestro cuarto. ¡Cuánto más feliz es mi vecina Dafne, que ahíta de vino y de comida ya de mañana, se dedica a retozar con sus amantes!».


Así el confuso marido: «¿Qué es esto?», dijo. «Aunque nuestro patrón, retenido por un negocio en el foro, nos ha dado vacación, me he ocupado, sin embargo, de nuestra cena. Fíjate en ese tonel que, siempre vacío, ocupa tanto espacio inútilmente y lo único que hace es estorbarnos. Lo he vendido por cinco denarios a un hombre, que ahí está para llevarse su mercancía. Ponte pues a ello y échame una mano, para sacar el tonel y dárselo al comprador».


Ante esto, la mentirosa mujer, soltando una desvergonzada carcajada: «En este hombre», dice, «he encontrado un gran y duro negociador: un objeto que yo, una mujer encerrada en su casa, hace tiempo que vendí por siete denarios, lo ha dado por menos». Alegre el marido por el aumento de precio: «¿Y quién es ese», dice, «que lo ha comprado en tan buen precio?». Y ella: «Inútil», dice, «se ha metido en el tonel para comprobar bien su solidez».


Ni el otro dejó en mal lugar las palabras de la mujer, sino que saliendo resueltamente dijo: «¿Quieres saber la verdad, señora? Este tonel es demasiado viejo y está rajado con demasiadas junturas que se abren». Y volviéndose como si no lo conociera al marido de ella: «Quienquiera que seas, hombrecito», dice, «¿por qué no me traes enseguida un candil para que yo pueda raspar desde dentro diligentemente toda la porquería y ver si el tonel sirve para el uso, salvo que creas que yo gano el dinero con malas artes?».


Sin sospechar nada, aquel agudo y excelente marido, encendiendo el candil, le dijo: «Apártate, hermano, y quédate tranquilo ahí al lado, hasta que te entregue el tonel en buenas condiciones». Dicho y hecho: se desnudó y comenzó a raer los viejos sedimentos del corroído tonel. Y entre tanto, el amante, aquel bellísimo jovencito, según la esposa del operario se inclinaba para mirar el tonel, arrimándose por detrás, se la cepillaba tranquilamente. Ella, con la cabeza metida en el tonel, se burlaba, con su ingenio de puta, de su marido: señala con su dedo una parte y otra de nuevo que había que limpiar, hasta que, terminadas las dos operaciones, el desgraciado operario recibió los siete denarios y se vio obligado a ponerse la tinaja al cuello y llevarla a la casa del amante.

L 14: Apuleyo, Asno IX 5-7.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El día que bajaron los cerros...

ELEGIA

Caracas Blues