País de rojillos
(Mail desde Miami)
Por Iván Loscher
#IndiosincraciaPura
Mi muy dilecto amigo Loscher, le escribo desde Miami, donde resido ya un tiempo atrás.
Tuve que venir aquí huyendo de mi país... un país de rojillos, como dice el título de este mail.
¿Por qué un país de rojillos?, se preguntará usted.
Y como buen incauto que es, se dirá «Porque el presidente es comunista».
Perdone que lo llame incauto, más bien debería llamarlo medio incauto, pues si bien el presidente es comunista, el país entero, desde hace años, tenía ya la propensión soterrada, pero firme, de convertirse en una dictadura del proletariado.
Me explico:
¿En qué país del mundo existe una dictadura de los de abajo?, valga decir: cachifas y motorizados.
¿Usted se da cuenta de que en el seno de las familias decentes -o sea aquellas que pueden tener cachifas o muchachas de servicio, llamadas eufemísticamente amas de llaves-, son éstas precisamente las que gobiernan la casa?
Uno está en manos de la cachifa.
Si acaso les da la gana -o nota- como se quiera ver, aparecen los lunes como una cortesía para con la familia, y, para que sea notoria esta presencia cortés, lo hacen con un aire de triunfalismo, como haciendo ver: «Ja, ¿qué les parece? Tuve la condescendencia de aparecer hoy lunes y no tomarme el día y joderles la rutina familiar».
Su faena laboral está signada por la incesante búsqueda de desequilibrar el orden impuesto por la señora de la casa.
Dicho de otra forma: no hay vaina que una cachifa no esconda.
Asi que uno se pasa el dia buscando cuanta vaina sea de menester en el hogar
-Dígame una cosa Josefina: ¿dónde me escondió la corbata azul?
-¿Cuál corbata azul?
-Mi corbata azul con pepitas amarillas.
-¡Ah! Esa corbata azul... Se la di al tintorero.
-¿Y por qué se la dio al tintorero?
-Porque tenía tiempo sin lavar nada de la casa, y de algo tiene que vivir el pobre hombre.
-¡Ah! ¿si? y ¿por qué no le dio un vestido suyo?
-Ay, señor, porque yo no estoy en disposición de pagar una tintorería. Yo mi ropa la lavo aquí.
-¡Ah! O sea que ¿la lavada de su ropa la pago yo?
-Sí, señor, se pondría decir así. O más bien, usted paga el jabón y la electricidad con que funciona la lavadora, pero la que se jode lavando mi ropa y la de todos aquí en la casa, soy yo. -Sentenció, y dándose media vuelta dio por concluida la conversación.
Y ahí me quedé como un pendejo, regañado por la mujer de servicio, a quien debo soportar obligatoriamente, porque ha llegado a un punto la situación familiar, en el cual, si ella no contribuye, entre otras cosas, aquí nadie encuentra ninguna de sus pertenencias, por decir lo menos.
Y qué decir de los motorizados.
Si usted cree que en la oficina manda el presidente, está totalmente desinformado, amigo Loscher.
Yo fuí presidente de una oficina allá en Caracas. Tuvimos varios motorizados: Aurelio, Joaquín, Fulgencio, El martillo, otro que se hacía Ilamar Rayo veloz, de todas clases y motos diferentes.
-Rayo veloz, te llama el jefe -Le dijo mi secretaria de entonces.
-Mande patroncito. -Me dijo apenas se asomó por mi oficina, con ese dejo burlón que mostraba Cantinflas para con sus superiores, fingiendo humildad.
Cantinflas fue el primer comunista latinoamericano: siempre burlándose de la clase superior, simulando docilidad.
-Rayo veloz, ¿dónde están los cheques que debías cobrar el lunes pasado? -Le pregunté con la inquietud propia de un presidente de compañía con responsabilidades económicas.
-!Ah vaina! Se me olvidó, patroncito.
-Yo te ruego, una vez más, que no me llames patroncito.
-Pero, bueno, patroncito... si usted es el jefe aquí... el patrón, pues.
Y se dio media vuelta, igual que Josefina en la casa, y me dejó ahí plantado como un pendejo, a mí, el patroncito, o presidente de aquella pujante empresa que tuve que cerrar en mi propio país, y huir a esta reconfortante ciudad, donde mi esposa, hijas y yo montamos un puestecito para vender panelitas de San Joaquín y chicha andina.
Lo que se llama bien, no nos va.
A cada potencial cliente que transita por el pasillo de este mall donde tenemos instalado el puestecito de «delicias del terruño dejado atrás, o sea: la patria amada», le invertimos como quince minutos en explicarle qué es una panelita de San Joaquín, dónde queda San Joaquin, aunque no estamos seguros si es en Carabobo o Aragua, y las bondades de la chicha andina, proveniente de la hermosa cordillera que se extiende a todo lo largo de América del Sur, y nos quedamos largo rato hablando de las hermosas playas de nuestro país, de la selva amazónica, de los médanos de Coro, de Morrocoy y sus bellos canales navegables, y de todas las nostalgias que nos produce estar fuera del país que tanto amamos, tomado desde hace tiempo por la dictadura del proletariado, cuya principal avanzada fue la instauración en el poder de cachifas y motorizados en el interior de los hogares, las primeras, y las pujantes empresas que otrora hubo en el suelo patrio, por los segundos.
Ella era tan bella que levantaba sospechas
pp. 29-31
Iván Loscher
Buen relato.
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