LA NOCHE ES CADA VEZ MÁS OSCURA
Por Fedosy Santaella
#RetabloDePlegarias
Martes 6 de febrero de 2018.
Hubo un apagón en Caracas, catastrófico. El sistema de transporte colapsó.
En las calles, multitudes caminaban. Todos, en silencio, ánimas en pena, volvían a sus casas, ya sin fuerzas ni siquiera para indignarse. Era de tarde, pero la oscuridad se sentía, de los bordes, hacia adentro, una catarata de la vista, un ojo que se va apagando. Desde hace rato la oscuridad está, carcome. Mucho antes del apagón, este hombre llevaba en sus huesos, como un cáncer, sus síntomas):
Uno
La noche es cada vez más oscura. Su claridad nace de lo que ocurre o no ocurre dentro de ella. Él sale de aquel edificio, de sus talleres de escritura que ya no lo alivian, y camina a través de una pleura enrarecida, como si sobre él pendiera el ojo de una gran bestia.
Sube escaleras hacia otro edificio, macizo y severo en su silencio. Pasa entre de dos rejas de hierro forjado, altísimas, pesadas. En el vestíbulo, un vigilante tras un mostrador. La cabeza hacia atrás, la boca abierta.
Es apenas un hombre tras un mostrador. Al mundo le da igual si duerme o si está muerto.
Dos
Llega al sótano desolado, sus llaves repican, y en alguna parte, el zumbido de algún extractor de aire ador-mece las columnas, las paredes, la línea amarilla del piso. Hay rocío en los vidrios de los carros, todo está en sí mismo, todo descansa del día. Pero el reposo del sótano se ha vuelto miedo del hombre. Con todo, él piensa que quisiera vivir allí para siempre. «En un sótano, sí. Quisiera que llegara el fin del mundo. Quedar solo y arrancarme el emplaste. El hombre no sabe más que darle al hombre dolor».
Coda
Hace años, hace mil años, durmió en una cama en otro país. La casa quedaba en medio de un bosque.
Y la noche era cerrada. Con los ojos abiertos, era ciego. Se sentía muerto. Un tren pitaba —palpitaba— en la distancia. Eso también era estar muerto. Los de la casa habían perdido la llave de la cocina y solían dejar subido el portón del estacionamiento. Pero no les importaba que no hubiera llave y que el portón estuviese levantado y que la puerta de la cocina fuese sólo una formalidad. Él en cambio no podía dejar de pensar que del garaje a la cocina había tan sólo unos metros, que de la cocina a la sala unos pasos, que de la sala a las escaleras muchos menos y que de las escaleras al cuarto donde hacía amagos de dormir tan sólo un respiro. Así que por las noches bajaba, bajaba tanteando paredes y se detenía en la sala y se bebía la luz de las ventanas, como buscando algún alivio.
Se sentía enfermo de su país.
Coda de coda
Hace poco, de vuelta a ese otro país, estuvo frente a una máquina que servía refrescos. No la comprendió.
Un puto aparato que servía bebidas. Un aparato de estos tiempos, uno cualquiera que su país desconoce. Su país retrocedido en el tiempo, con un presente en el pasado. No supo cómo usar aquel aparato. Tuvo ganas de llorar. Se sintió de nuevo enfermo de su país.
Tres
Sale con su carro a la calle, hacia la desolación. En la avenida, guardianes encapuchados piden dinero para la resistencia. No es posible saber si son quienes dicen ser. Todo se encubre, se confunde, miente y vuelve a mentir. Los encapuchados le dicen que no puede seguir. Ve gente adelante, un camión atravesado sobre la avenida. Los carros giran, van en contra sentido.
Nadie concede amabilidades en los giros de la urgencia. Por fin lo logra la vuelta en U, gana otras rutas, la curva hacia la autopista. Son pocos los autos en la garganta de la autopista, las luces se queman en el aire, huyen sobre el negro asfalto.
Cuatro
Perfora el frío de la noche. Llega a su vecindario. Aún no son las nueve, pero ya no hay nadie en la calle.
Cada vez menos carros duermen junto a las aceras. ¿A dónde se han ido los carros? ¿Las personas?
Pasa junto a la panadería, la deja atrás, aplastada en sombras al otro lado de los cristales. De hace un tiempo para acá ha empezado a cerrar a las ocho. Y da igual si está abierta, cerrada hasta mañana o clausurada. Ya no hay, ya no venden pan en las panaderías.
Sigue junto al parque, también se encuentra cerrado.
Hace poco, una mañana, llegaron dos motos, y cuatro hombres con cascos y pistolas amenazaron y robaron a las ancianas y a las mujeres que hacían yoga. Una mañana fresca, una mañana de cielo y árboles. Una mañana llena de pájaros. Una mañana de yoga.
Cinco
La noche es cada vez más oscura, y él piensa en su niño, en su niña. Va en la noche hacia ellos, los necesita. Quiere el televisor y la lámpara de la mesita de noche. Va hacia su niño que está en la cama leyendo, hacia su niña que duerme. No la verá despierta cuando llegue, pero sabrá que está en su cuarto, resguardada. Y su mujer estará en la cama, y todo será tibio, y podrá por fin estar cansado y sacarse los zapatos.
Seis
Se asoma a la ventana, y piensa en la noche como un asecho. No, no la piensa. La noche es, en efecto, un asecho tan oscuro, tan denso, que pareciera inmóvil como una gran roca que con su mudez nos ahoga. Se asoma a la noche y no la ama. Piensa que le han quitado el amor a la noche serena. Ya nada se solaza en ella, no trae grillos ni corrientes lejanas, ni carros que pasan.
Ahora la noche tan sólo rezuma un rumor de gritos que vienen de abajo, de mucho más abajo, allá donde el miedo, esa gran roca.
Siete
La noche es cada vez más oscura. Su claridad nace de lo que ocurre, y no ocurre, dentro de ella. El miedo recoge temprano, cada vez se encienden menos luces en las calles, ya nadie camina ni ríe en la brisa. Nada ocurre, y cuando ocurre, lleva el plomo del mal. Nos está tragando, la oscuridad nos engulle. ✹
Comentarios
Publicar un comentario